Páginas vistas en total

lunes, septiembre 21, 2015

El drama sobre el éxito

Claro que destaca. Llama la atención sobre el resto de la corrida por lo trágico del suceso. La gravísima cornada que Boticario infligió a Miguel Ángel Perera puso el corazón en un puño a quien lo vio en directo. Transmitió miedo, impotencia. Congoja, vaya. Temor por su salud, o peor, por su vida, por la zona en que se produjo la cornada y el golpe posterior que pudo rematar al torero. Entró consciente en la enfermería con una cornada de dos trayectorias en el vientre y otra en el muslo. Ambas se produjeron en la tercera verónica de hinojos en el recibo capotero del tercer toro de la tarde. Vio el astado al extremeño y directo fue a por él. Lo levantó del suelo como un trapo y lo arrojó al callejón. Quizás eso le salvó de una mayor paliza contra las tablas.

Pero esto del toreo es cruz y cara, cara y cruz. Ambas alternan azarosamente, tal que nunca es posible saber cuál tocará. Si la cruz de hoy fue para Perera, la cara fue para Castella, aparente triunfador de la feria tras abrir la Puerta Grande dos días seguidos. A decir verdad, sólo la abrió uno de ellos, porque en gesto de vergüenza torera rechazó la muestra del más glorioso triunfo en señal de respeto al compañero gravemente herido.

Fue ese el más torero gesto de una tarde bastante completa del francés. Con sus carencias, claro. Entendió bien a su primero, segundo de la tarde en orden lógico, gazapón muy incómodo, a cuyas dificultades se sumó el incesante viento. Anduvo, pues, por encima de este Piador, que no transmitió apenas en sus embestidas sosas y a la postre rajadas. Como por encima anduvo del cuarto toro, ya corrido turno. Loquito había de hacer quinto en la tarde, pero el destino le había preparado un revés a Perera. De cualquier modo, el astado fue importante, por su humillación con recorrido y su admirable fijeza. Tal fue la misma que, tras un desplante de Castella tirando la muleta, quedó mirando el trapo sin moverse del sitio. Quieto. Sin amagar. Y ante él, el de Béziers no supo ver que lo primero era darle sitio, porque la prontitud del astado permitía dejarle siete metros de carrera que se transformaran en empuje y mayor transmisión. Dando la distancia como errónea, y asumiendo ya su posición final, las cercanías más ojedistas posibles, anduvo Castella redondo, soberbio, firme, templado. Valgan dos orejas como prueba. Aunque fueran las de una plaza ya nostálgica que veía acabar el groso de la feria.

El cierraplaza, sorteado por el francés, fue más que interesante. Se movió con brío, alegría y viveza a pesar de la mansedumbre que apuntó en los primeros tercios. El soluto casta bajó en concentración cuando un costalazo actuó como desafortunado disolvente. Pero jamás, ni tras esa costalada, quiso rajarse el toro, más bien al contrario: buscó los trapos con ahínco y prontitud, quizá con la casta justa, pero qué sería de nosotros sin dificultades en los toros. Dudó Castella con Deprimido, porque tardó en ver el buen toro que era, si es que lo llegó a ver. No se encontró nunca cómodo, y lo tradujo del francés al idioma del toreo en muletazos rápidos para aliviarse. Destemplados.

Al menos se puso. No lo hizo así El Juli en el abreplaza, escaso de fuerza y manso rajado, que persiguió la diana de los toriles desde que asomó por los mismos, como pidiendo que abrieran de nuevo la puerta. Julián, tanto torear como Morante, pegó una espantada muy morantista, o mejor, morantiana, es decir: macheteó al bicho (el madrileño lo hizo con menos arte) y regaló un sainete a espadas bajo intensa bronca. La espada fue tan poco efectiva que, no pudiendo sacarla, lo hizo un pseudotorero sin valor ni vergüenza desde dentro del callejón. Sin riesgo.


Quiso compensar Julián -no era para menos. Con el tercero entre manos y un público aún consternado, inició por abajo una faena que apuntó alto por la condición de encastado del oponente. Boticario pareció moverse con brío, hasta quedar exhausto de perseguir la poderosa muleta de Juli. Poderosa y ventajista. Hubo al menos más verticalidad que de costumbre. El impresentable quinto, un novillo de pueblo mediterráneo, protestó mucho durante la faena, sintiéndose incapaz dada su justa fuerza. Punteo, cara suelta, derrotes molestos y defensa en la embestida. Nula entrega. Julián vendió como buena una faena de medianías -fútil a más no poder- y mató de estocada en el sitio, lo que le valió para cortar una oreja. No había sido su día.

Anhelo de elogiar

No es fácil para el lector comprender que al cronista no le agrada dar palos a diestro y siniestro. Que, aunque parezca que algunos nos limitamos a destruir, y aunque los profesionales nos acusen de hacerlo, criticar es deber moral y no pasatiempos superficial. Y que, cuando hay motivos para elogiar, los cronistas -hablaré mejor por mí- aprovechamos la oportunidad y alabamos a quien lo merece.

Lo merece Juan Ignacio Pérez-Tabernero. La cuarta del abono de Salamanca fue una corrida excepcional de Montalvo a la que faltó, a lo sumo, algo de fondo, de duración. Suyos fueron cuatro toros, completados con los dos de Capea que Pablo Hermoso de Mendoza rejoneó y mató sin pena ni gloria. Con la intrascendencia de quien pierde en toda comparación con sus compañeros de cartel, porque ellos sí se juegan el tipo, sí se enfrentan a pitones astifinos. Mató el navarro ejemplares cuajados pero desmochados, mutilados casi ofensivamente. El rejoneo es aquello a lo que se dirige México y lo que algunos ansían para España: triunfalismo simplista, espectacularidad banal. Aunque hoy lo fuera menos, por un Pablo Hermoso dispuesto pero paradójicamente frío, incapaz de sorprender ni al neófito, porque hasta aquél conoce los movimientos venideros.

Lo importante fue a pie. El torero de la casa, el salmantino Juan Del Álamo, salió a hombros acompañado por un exultante Sebastián Castella. Lo hizo tras cortar dos orejas a su primero, el tercero de la tarde. El enmorrillado humilló y embistió con templanza desde los primeros pasajes al capote, en los que se gustó Juan, con la barbilla en el pecho, asentada como una estaca, meciendo la capa con suavidad exquisita, gusto memorable. Intercaló dos chicuelinas de pulso suave y remató con una revolera un recibo capotero que cambió la dinámica de la feria de golpe y plumazo. Tal cual. 
Cogió el astado a Agustín Serrano en el primer par de banderillas, al que acudió con brío y alegría. Los mismos que conservó en la muleta de Del Álamo, desplazándose con nobleza, humillación y prontitud. Y no terminó de redondear el torero local, porque abusó de la periferia y muletazos hacia fuera, siguiendo esa tauromaquia moderna de la que se ha impregnado, pero tal fue su actitud y tan ajustadas las manoletinas finales que el bajonazo sucedido de muerte encastada no evitó el momento de pañuelos al aire y silbidos a mansalva. Hubo quien pidió incluso una exagerada vuelta al ruedo al burel -se repuchó del puyazo y perdió fuelle en la franela del matador-.

Dos orejas a Juan impulsaron a Castella para dar la vuelta a la tortilla. Porque el segundo de la tarde, su primero, había sido otro toro de categoría, más justo de fuerza y por ello protestón, pero noble y boyante a partes iguales, que el francés no había terminado de entender, y para cuando lo había logrado el astado se había venido abajo, como desinflado por tanto muletazo sin sentimiento, sin alma, con frialdad y destemple. El quinto fue un manso de carreta: huidizo y temeroso, se mantuvo cerca de toriles durante los primeros tercios, huyendo de capotes, evitando al picador. Enloqueció el tendido joven y comenzó a pedir la devolución del manso, antirreglamentaria de libro. El presidente no cedió y mantuvo en el ruedo al toro que, tras ser picado en la querencia y banderilleado de aquella manera, se entregó en la muleta del de Béziers con el recorrido que da la mansedumbre, porque de manso se abría y salía despedido hacia fuera, alargando los muletazos y al mismo tiempo obligando a Castella a dejar la muleta en la cara. Y lo hizo Castella en una tanda de naturales de soberbio trazo, de temple superior. Brotaron los olés en el tendido. Éste, entusiasmado, pidió dos orejas que fueron concedidas tras una estocada caída mas efectiva.

Quedaba uno: el cierraplaza, peor presentado que sus hermanos, todos ellos serios, cuajados, bajos, bien hechos. Cortesano fue largo, escurrido y bizco de un pitón que, para más inri, se lesionó, quedando alarmantemente gacho. Recortó en busca de las avivadoras y se entregó con apabullante casta en la muleta de Del Álamo. Abusó el salmantino de abrir el compás y aliviarse hacia fuera -impoluto quedó el blanco y plata tras dos horas y media de festejo-. Circulares invertidos de protocolo y arrimones abusivos que ahogaron al toro precedieron a un metisaca incomprensiblemente ovacionado -se nos han ido de las manos las celebraciones de cualquier cosa que no sea un pinchazo- y un espadazo en todo lo alto que no obstante se escupió solo. Oreja para sumar tres y rumbo a Albacete. Que mañana será otro día.

Dos toros de Capea: primero mocho y chico; cuarto alto, grande; y cuatro toros de Montalvo: segundo astifino, enmorrillado; tercero cerrado de pitones, cuajado; quinto bajo, bien hecho; sexto largo, suelto de carnes.
Pablo Hermoso de Mendoza: Silencio, ovación con leve petición.
Sebastián Castella (azul marino y oro): Ovación tras dos avisos, dos orejas.

Juan del Álamo (blanco y plata): Dos orejas, oreja.

lunes, septiembre 14, 2015

Desafío a la paciencia

Lluvia cadenciosa. Lluvia plomiza, homogénea y constante para marcar el entorno pesimista de un desafío sin remedio. La competición de la flojera. Lluvia norteña para enhebrar los hilos del fracaso, de la ilusión sin recompensa. Ilusiones charras por la borda con una corrida asentada en el suelo fijo de las ideas con futuro: ideas como juntar seis ganaderías de distintos encastes y dos toreros de la tierra salmantina, como pintar los hierros que llevan por delante los protagonistas -los toros- en los burladeros, como anunciar los datos de cada burel por la megafonía antes de que saltara al ruedo. Ideas que ayudan a construir un futuro en torno al toro, porque ese es el único futuro que existe.

Se aplica a la perfección: el hombre dispone y el toro descompone. O como sea. El caso es que el hombre, don Chopera, cualquiera de ellos, propone ideas que renuevan como se debe renovar en esto del toro: volviendo hacia atrás. Retrocediendo quince pasos para luego avanzar cincuenta. Y el toro se cae, protesta, se rebrinca, se repucha del jaco, pega un par de cabezazos y claudica. Pide el armisticio y marcha a toriles, sin saberse condenado de antemano.

Y el público se cansa. La paciencia se agota a medida que salen inválidos y mueren sin escuchar un olé, sin regalar a su matador lo mínimo de una embestida, arrebatándole toda materia prima con la que trabajar. El desafío entre ganaderías se convierte en un desafío a la paciencia del aficionado. O del público. De cualquiera que presencie ese espectáculo soporífero, sempiterno y helador, como consecuencia de esa lluvia pesimista.
Hubo poco que remarcar en el desafío charro que hizo tercera de abono salmantino. No ganaron toros ni toreros. Porque el premio Manolo Chopera, otorgado a la ganadería victoriosa del desafío, quedó desierto, y también lo haría el hipotético trofeo al mejor matador. Anduvo Eduardo Gallo a medias. El precioso segundo, de sangre murubeña vía Castillejo de Huebra, careció de la fuerza necesaria para embestir con brío; lo hizo, muy al contrario, con el trote cochino del inválido que debió conocer corral. Cuando se gustó Gallo con la mano derecha, incluso a pesar de numerosos enganchones, se rajó Sargento. Cantó la gallina.

Sorteó Eduardo Gallo el cuarto bis, Montalvo que vino a sustituir a un José Cruz -auténtica pintura- que, para infortunio, se lesionó la médula. El pupilo de Juan Ignacio Pérez-Tabernero apenas fue picado, y llegó a la muleta con la casta y repetición que llevan a la emoción, pero también con la inteligencia y falta de nobleza que torturan a un matador con poco bagaje. No pudo decir nada Eduardo, porque en cada pase se veía prendido y levantaba las plantas. Medios muletazos y nulo acople.

Cambió la película en el sexto. Cuando salió el cuajado Valdefresno, asomó el sol e iluminó los tendidos. Se combinó Lorenzo con esa lluvia racheada aún presente, dejando un arcoiris reflejo del ruedo, esto es, de la única estampa de verdadero colorido de la tarde. Porque Joyero, aun sin casta ni chicha, se movió con bondad, temple, suavidad. Y permitió a Gallo dejar buenos derechazos que se diluyeron cuando el toro se rajó. Para seguir la costumbre de lo hasta el momento visto.

Tuvo menos lote (aún) Javier Castaño. Recogió una ovación tras torear con corrección al abreplaza, de Paco Galache, inválido como él solo. Casi cojo. Quería Gandestillo coger los vuelos, pero no podía, no tenía fuerza para hacerlo. Así que se limitó a protestar cuando se sintió podido (incluso levantó del piso al matador, sin consecuencias) y a esperar la muerte tras faena larga, varios pinchazos y una media estocada no del todo certera. El mirón tercero puso en apuros a Castaño. Aun sin fuerza, la nula fijeza del bicho de La Ventana incomodó a Castaño, quien sólo pudo justificarse con firmeza y torear en la periferia, no vaya a ser.

También fue mirón el quinto. El de Adelaida fue hasta protestón, porque se supo podido por la muleta de Castaño y comenzó a soltar la cara a troche y moche, especialmente cuando el leonés de adopción salmantina le dejaba la muleta en la cara para repetir. Por ahí no pasaba Fumoso. Tras buenos muletazos y firmeza propia de quien está ya rodado, una estocada tendida terminó con este quinto. La película con el sexto ya se la saben.


II Desafío Charro: toros de Paco Galache, playero; Castillejo de Huebra, bajo, muy bien hecho; La Ventana, largo, gordo, acapachado; José Cruz, muy rematado; Montalvo (4to bis), ofensivo, enseñando las puntas; Adelaida Rodríguez, serio, bien armado; y Valdefresno, cuajado.
Javier Castaño (vestido tradicional charro): ovación, ovación tras aviso y silencio tras aviso.

Eduardo Gallo (vestido tradicional charro): ovación con petición, ovación tras aviso, silencio tras aviso.

Uno de seis

Qué dilema. Cuando cantan que existen más y mejores novilleros que nunca, se encuentra uno con la dificultad de elegir a tres. Tres son pocos; menos desde luego que los que merecen torear. Así que invento al canto: seis novillos, seis novilleros. La partida a una carta. Con la posibilidad de que pierdan los seis.

Porque esto del toreo es como jugar al solitario: lo que le pase a uno no afecta al otro. Nada asegura que salga un buen novillo. Puede ocurrir que una novillada que no embista se tope con seis chavales con ganas pero sin lote. O sin novillo, a secas.

Y pasó. Pasó que José Cruz echó una novillada floja a La Glorieta salmantina. Provocó el aburrimiento de los espectadores en una tarde larga. Interminable. Seis chavales con muchas ganas alargando las faenas hasta la posteridad. Es comprensible que lo hagan, pero no tiene ningún sentido. Objetivamente.

Salvó uno. Fue Alejandro Marcos, que desorejó al noble quinto a base de raza y pundonor. Y de una templada mano derecha capaz de mandar sobre las embestidas de un toro justo de fuerza pero lleno de movilidad, rebosante de prontitud. Esa mano dejó derechazos por abajo rematados tras la cadera, con la intención de torear como se debe. Sólo faltó hacer lo propio con la izquierda. Con la de los billetes. Con la que ejecuta el toreo al natural, el más puro de los cites, el que más expone y más recoge. Porque quien siembra peligro colecta ovaciones. Con esa mano llegó una fea voltereta que apuntó a cornalón cerca del estómago, pero quedó en susto y mareo. Mareo ostensible para todos salvo para él, que volvió a la cara del toro por el mismo pitón. Y que nadie le lleve la contraria. Remató con una estocada trasera y baja a la par que sorprendentemente efectiva, y como ya se sabe que estocada entera equivale a júbilo inconsciente, levantó al público del asiento y activó los resortes de los pañuelos. Se agitarían hasta ver dos orejas concedidas.

En el abreplaza, destacó la soltura con el capote de Posada de Maravillas, que quitó con clase y suavidad a un bicho que empujó dormido y apuntó al manso que fue. Posada arrancó la faena con excelso temple, suavidad en ambas manos. Tardó en hacerlo, pero tras varias tandas encontró el terreno apropiado -los medios-, la altura de la muleta y el ritmo de la embestida de Lorito. Cuando le cogió el aire, en ligada tanda al natural, no lo dejó escapar y enlazó otra por el mismo pitón y una serie de derechazos que ya no fueron lo mismo. Cuando se hubo rajado el toro, Posada le dio carpetazo. Salió el segundo, basto y escurrido, que maneó en exceso y careció de casta. Su mansedumbre le guiaba a toriles en cuanto estaban a la vista, dificultando la labor a Álvaro Lorenzo. A esto aplicó inteligencia el novillero, y tapó la salida a Calabrés pase tras pase. Pecó de echarse sobre un animal que no quiso distancia corta. Disposición y ganas no fueron suficiente para matar a un toro pasado de faena. Dos avisos y a correr. Apuros.

Varea corrió el tercer turno. Suponemos que se sigue llamando Varea. Desdibujado, perdido. Frío como el hielo. Azul claro en la escala térmica. Existen esquimales con mayor temperatura corporal. La inexpresividad del de Castellón le condena progresivamente, y el tiempo pasa mientras no entiende lo necesario del cambio de apoderamiento. Santiago López te enchufa, pero quizá no te enseñe. Enganchones, inseguridad, pico, periferia y nulo sentido en la construcción de la faena son la prueba.

Cuarto fue Incitador, sorteado por Alberto Escudero. Muy bien picado y bien toreado. A secas. Fue geniudo el burel, protestón, defensivo. Quiso incluso apagarse. Pero pidió mano baja y en esos casos entregó buenas embestidas. No fue compatible con el toreo hacia el cielo de Escudero, que violentó al toro y entorpeció la faena. Manoletinas con mucha exposición cerraron una faena que quedó en ovación tras sainete con la espada.

Cerró el de la tierra. Alexis Sendín, que venía a sustituir a Roca Rey. Difícil papeleta. No estuvo a la altura un Sendín con el valor escaso y pulso nervioso. Nunca asentó las plantas, enganchó a Virrey y lo toreó con suavidad, con cadencia. Toreó a la velocidad a la que despegan los aviones a un soso que no dijo nada. Y que no se quería comer a nadie, aunque acabara pegando una voltereta al joven tras horrendos circulares. Apuros con la espada precedieron el arrastre y la Puerta Grande de Alejandro Marcos.

Seis novillos de José Cruz para:
Posada de Maravillas: Silencio.
Álvaro Lorenzo: Ovación tras dos avisos.
Varea: Silencio tras dos avisos.
Alberto Escudero: Ovación tras aviso.
Alejandro Marcos: Dos orejas.

Alexis Sendín: Silencio tras aviso.

Agoreros

Caray. Parece que la fiesta vaya a desaparecer por la ausencia de jóvenes en los tendidos. Una catástrofe, vaya. Que no. Que la fiesta desaparecerá por otros motivos. Quizás por carteles que repiten más que la cebolla, por empresarios mangantes que roban la afición o por el empobrecimiento paulatino de un espectáculo rico en detalles que se vuelve constante y homogéneo. Quizás porque nos roban dos de los tres tercios que existen desde qué sé yo cuándo, porque los artistas torean una vez al año y estafan las otras 364 o porque el místico de cornada por corrida se expone a cogidas para ganar la fama de temerario y recoger cientos de miles de euros por tarde.

La fiesta desaparecerá, claro. No le queda mucho, porque ser antitaurino es chic. Si no eres anti, no eres guay, sino un sádico de mierda que disfruta con subnormales pegando cuchillazos a un toro. O eso dicen. Lo dicen los que dedican su vida a odiar y despreciar a otros humanos. Los que no distinguen animales salvajes de domésticos, y comparan a su perro con un toro, los muy jodidos.

Es la deriva natural de una sociedad llena de urbanitas que desconocen cualquier principio del campo y capaces de dejarse llevar por las modas. Pantalones remangados, camisas atadas hasta arriba... y antitaurinos. Hay muchos jóvenes antitaurinos, más que adultos. Dos son los motivos: la vulnerabilidad de los niños, que aceptan y defienden con uñas y dientes cualquier mensaje que la tele introduce en sus pequeñas cabezas, y el infantilismo reinante que sólo se supera (de media) llegados los treinta años, o algo por el estilo. Quizás el antitaurinismo sea cuestión de madurez. Igual hacen falta primaveras para distinguir gustos de derechos. Por aquello de que si yo prohíbo lo que no me gusta, me cargo el baloncesto. Que me parece un coñazo.

Hay pocos jóvenes en los toros, pero hay más que nunca. La tauromaquia siempre fue afición de quien encuentra trabajo estable y una mujer con la que criar niños gritones. Los veinteañeros siempre estuvieron (y aún están) más a la uni o la fiesta. Sobre todo a lo segundo. Y es normal. El ochenta por ciento de los asistentes a las corridas de toros son ocasionales, y se pasean por allí para lucir la nueva americana y los zapatos más horteras de la tienda. El problema no es que vayan pocos jóvenes. Porque nunca fueron.

El problema de la fiesta es la pedagogía basura que la prensa del sector ejerce hacia los jóvenes. Esos portales tradicionales vendidos a las exigencias de los que hacen el paseíllo, haciendo la pelota a quien les unta y criticando a quien opta por la honradez. Portales con pseudo-periodistas mentirosos. También los hay listos y profesionales, pero esos mienten sabiendo que lo hacen. Y oye, mentir está feo, pero si ese es el único modo de ganarse la vida, yo les entiendo. Aunque no les justifique.

Hay otro cáncer en los que salen por la tele. Hacen reportajes del campo magníficos, pero rozan el ridículo cuando omiten petardos escandalosos, evitan denunciar injusticias o abusos de toreros y empresarios, etc. Los del plató también son responsables de hablar mucho de las figuras y poco de los matadores de alternativa reciente. Y los muy cachondos denuncian en coloquios la escasa repercusión que se les da a los toreros nuevos. Pues aplíquense el cuento, que ya va siendo hora.


No es un problema que en los toros haya pocos jóvenes. Las iglesias están llenas de octogenarios, y también tienen detractores, pero nadie cuestiona que la religión tiene el futuro asegurado. El problema, el que podría matar a la fiesta, es la escasa afición de los pocos jóvenes que van. La prensa del sector taurino es culpable de ello.

Bilbao, el quiero y no puedo

Bilbao. La decadencia. El quiero y no puedo. El fui y no soy.

Bilbao se convirtió. Perdió su esencia, la que tanto prestigio le dio. Será el Guggenheim, será la globalización. Quizás la tele, el triunfalismo de Tendido Cero, el populismo de las figuras o la banalidad con que gentes varias asumen la fiesta. Por una cosa o por otra, la Bilbao aficionada ha sido sustituida por la Bilbao espectadora.

Espectadora de un espectáculo con cuestionable razón de ser. De la conversión de una fiesta llena de matices culturales y trágicos por una tarde de divertimento. Del alcohol y puro. Y de no entender lo que ocurre en el ruedo, ni preocuparse por ello.

El triunfalismo vende, y qué decir del populismo. Ambas las aúnan las declaraciones de los responsables de la vertiginosa debacle. El presidente de la plaza o diversos miembros de la Junta Administrativa, que analizan el petardo de Bañuelos como un simple borrón. No, señores, eso no fue un borrón. Bañuelos fue lo más bajo de un valle. El cauce de un río. Un río de mierda bajo el cual subyace enterrado el respeto al toro. Porque lo hubo un día, pero se lo tragó la nueva civilización. La que se construye hacia arriba y sepulta un pasado que olvida.

Bilbao muere por inanición, como lo hará próximamente la totalidad del mapa taurino. Porque la gente no va a los toros, y las corridas apenas son rentables. La gente no va a la plaza porque la moda es apoyar la prohibición dictatorial de lo que no gusta. Lo bien visto es odiar y atacar, en lugar de escuchar y aprender. Es la moda de un país de catetos guiados por catetos en busca de llamar cateto a cualquiera que no coincida con ellos. Pero el motivo da igual: lo importante es que a los toros vamos cuatro, y aunque el año pasado fuéramos tres, tan leve repunte no garantiza un futuro.

Modas aparte, si en Bilbao se ve tanto azul es porque los carteles son repetitivos, monótonos. No hay nada nuevo. Sólo hay figuras. Figuras que no llegan a llenar la plaza en los días de relumbrón. Y los aficionados de fuera, insatisfechos con el elenco ganadero, con la escasez de jóvenes y con la abundancia de matadores sin merecimientos que sobran, no se desplazan a Bilbao desde su ciudad.

Sólo hay algo en lo que Bilbao sigue siendo lo que fue: Alcurrucén y Victorino. Corridas completísimas de ambas ganaderías rememoran a los azulejos que muestran los premios otorgados en los años recientes. Alcurrucén dispuso un toro de bandera para que lo desorejara el rey de la torería ortodoxa; Victorino, por su parte, entretuvo a aficionados que esperaban toros auténticos. De los que escasean. Trajo de Cáceres un abreplaza bravísimo y toros encastados de oreja u orejas. Como es habitual.

Y hay un aspecto fundamental en el que Bilbao ha cambiado: el torismo. Se aplaude torear hacia fuera a mansos sin casta, se jalean medios muletazos a media altura, se ovacionan tandas al hilo. Porque no se valora al torero en función del toro y viceversa; al contrario, se asume que el bicho debe cumplir la función de una carreta. Así que el toro da igual. Sólo importa el torero. Alto, bajo, gordo. Mira al del puro, qué gracioso. Verónicas enganchadas ahuyentan fantasmas del buen toreo. Pero a la gente le da igual, la gente lo aplaude. Lo admira, incluso. Es torero, todo vale. La crítica es tabú.


Hubo toro, no hubo Bilbao. Hubo torero, pero sólo uno. Sin escenario ni actores secundarios, ningún protagonista es capaz de sostener la obra.