Vistas de página en total

miércoles, junio 03, 2015

Torerismo de cartón piedra

"Torismo de cartón piedra" tituló Marco Antonio Hierro la crónica en que narraba el estrepitoso petardo de Cuadri, que a su vez vino precedido por un fiasco mayúsculo de la madrileña Baltasar Ibán. Resulta, amigo Marco, o Antonio, como tú prefieras, que ese titular y esa crónica con aire justiciero, más propio de duelista dieciochesco que de aficionado taurino, nos hace daño a todos por igual, y te incluyo a ti, que tan por encima del torismo quisiste pasar. No todo el monte es orégano, así que el desastre ganadero del otro "bando" no se ha hecho esperar. Tanto que hoy, en el cartel aparentemente más propicio para abrir el portón de la calle Alcalá, el varapalo de los pupilos de Victoriano del Río, gran criador y ganadero, fue grotesco. De proporciones bíblicas. Tostón de corrida, y así nos entendemos todos, nula de todo.

De todos es sabido que las primeras impresiones quedan en la mente hasta que las segundas vienen a sustituirlas. Pero, en ocasiones, cuando un toro -al igual que una persona- no entra por los ojos, si su comportamiento tampoco es destacable, esa ligera mueca de desaprobación que al aficionado despierta un toro mal presentado se convierte en acumulativa y el defecto del burel no sólo es no embestir sino también ser feo. Y fea, desigual y exagerada fue la corrida de Victoriano que refrendó las malas sensaciones de la presentación con comportamiento apagado y muy alejado de la idiosincrasia de la ganadería. El primero y el segundo, sueltos de carnes, se taparon por la cara; el tercero, de cornamenta playera, fue alto de agujas y cuellicorto; el quinto, por su parte, alto y muy mal hecho. Tan sólo cuarto y sexto, dos toros armónicos y cómodos para el torero -en especial el primero de los dos-, se salvaron de la quema.
Natural antiestético de El Juli (imagen: Burladero)

Ante escasa materia prima naufragó El Juli en tarde de mano a mano descafeinado. Ese fue su mérito: conseguir estar peor que dos toros malos y por debajo con un toro bueno. La primera figura del toreo. Fue el abreplaza un toro alegre, boyante, encastado aunque manso como toda la corrida, que se repuchó en el segundo puyazo pero se vino arriba en banderillas, para comerse los flecos de la muleta pidiéndola por abajo. Por el pitón derecho venía vencido, pero el izquierdo, el del toreo al natural, fue para bajar la mano, templar, poder, suavizar. Se echó encima Julián en su versión de deportista: talentoso, capaz, esforzado y logrado, pero carente de todo gusto y torería. Sus naturales periféricos y hacia fuera, es decir, su toreo rectilíneo y despegado, no llegaron al tendido, que cantó "olés" como bostezos. Parecía la del madrileño una faena que debía coger vuelo, pero nunca lo hizo. El tercero fue un geniudo algo desfondado, que se vino a menos tras tres tandas poderosas del Juli, que le bajó la mano y le apretó hacia dentro, para obligarle a doblar las costillas y sentirse podido. Sólo cuando el toro se hubo venido abajo, ayudado por el matador pero incluyéndolo en su condición de manso que rehuyó toda pelea, le pudo Julián, que le sacó muletazos largos como una anaconda pero vacíos de mensaje y sentimiento como un programa de Sálvame. Se equivocó también el torero manteniendo en vida al quinto, que se paseó a la defensiva, muy reservón y sin empuje alguno.

Miguel Ángel Perera no está echando su mejor temporada. Tamaña transformación desde el año pasado hasta aquí resulta cuanto menos sorprendente y chocante. Cuando nos avezábamos al poder de su muleta, a sus muletazos profundos y a su valerosa seguridad, el extremeño parece haber dado un pequeño paso atrás. No obstante, es justo explicar por delante que sus oponentes hoy fueron birrias indignas de Madrid. Así, el segundo cantó la gallina según el matador se dobló con él, el cuarto duró una tanda antes de acusar la fuerte querencia a chiqueros y el sexto bis, un Montalvo que vino a sustituir a un inválido Victoriano, tocado de pitones pero hecho cuesta arriba, careció de fuerza, casta y entrega. De bravura ni hablamos.

En nuestra época de tercio de muleta, estas cosas pasan. Los toros son seleccionados para dar el máximo espectáculo en el último tercio, descuidando para ello el eterno tercio de varas y el vistoso tercio de banderillas. Varilargueros que hacen mal su trabajo y toreros de a pie a los que trae sin cuidado la colocación de las avivadoras nos roban dos tercios de la entrada. Vamos demasiado lejos, porque descuidar la pelea en el peto puede implicar descuidar la bravura de un toro, con el riesgo que ello conlleva: el peligro de que la ganadería puntera del escalafón actual eche doce mansos al ruedo de la principal plaza del mundo en menos de una semana. Ese peligro que acecha, escondido tras la mata.

miércoles, mayo 27, 2015

Sébastien I

Imagen de Luis Sánchez Olmedo (Cultoro)
Cuando los toros embisten y los toreros templan, la fiesta de los toros nos recuerda el espectáculo glorioso, el arte memorable, la lucha poderosa que puede ser. Y así fue hoy en Madrid. La conjunción de toro y torero quedará para largo en nuestras memorias. Jabatillo, toro de Alcurrucén herrado con el 145, de septiembre de 2010 y 525 kilos de peso. Presentación justita, sospechoso de pitones, pero rebosante de entrega y emoción en la muleta. Transmisión, codicia, humillación, repetición, fondo, fijeza de noble, acometividad de fiero, encastado en el lado bueno; nada en el lado malo. El toro muletero perfecto. Se deslizó por ambos pitones buscando la templada muleta de Sebastián Castella, nuevo Rey de Francia, o al menos de los toreros franceses, Sébastien I. Se gustó en el recibo capotero con templadas y encajadas verónicas que no terminaron de conectar. Y con la muleta, tras caluroso recibo típicamente suyo, cambio por la espalda incluido, se puso a templar, mandar, conducir y obligar por abajo al oponente, que se convirtió más bien en aliado. Como aliada fue la ovación atronadora tras la primera tanda. Gente en pie. Qué tanda. Pelos como escarpias, piel de gallina, escalofríos. Impresión, adrenalina. Sonoros olés durante una faena de moderados altibajos. Nota alta para la torería y la templanza de un torero que muchas veces las ha echado de menos. Basándose en un pitón izquierdo fetén; qué digo, fetiche, hiló Su Majestad dos tandas de naturales de trazado largo y profundo, dando el medio pecho. Y cogió la espada para matar de estocada entera, baja pero certera, que tumbó al toro en veinte segundos. Jabatillo, toro de vuelta en Madrid; Castella, torero de Puerta Grande. Al fin, Sebastián. Hoy terminó la República de Francia. Hoy se instauró la monarquía de los toreros. Lástima que el sexto, manso de libro, no se entregara. Sería republicano.

La corrida fue de Alcurrucén. Baja en bravura y casta; tan sólo se salvó el memorable tercero, cuya pelea en varas fue más bien regular. Presentación morantista, es decir, con pitones afeitados, toros terciados, uno impresentable, todos justos. Remate escaso y pitones poco tocados.

El petardo fue de Morante. Uno más para lista. Los aficionados madrileños, y particularmente los isidros que sólo van a ver al genio incomprendido, se estarán acordando del año pasado. Y del anterior. Porque la historia, tristemente, siempre es igual. La actitud del andaluz fue vergonzosa; su abuso del pico en el primer toro, indiscriminado. Ni un pase en toda la tarde. Madrid jaleó verónicas enganchadas en el recibo al primero. Como "preparado, dispuesto anticipadamente algo o el ánimo de alguien para un fin determinado " define la RAE la predisposición. Nada más que añadir, señoría.

De El Juli la historia de siempre. Su primer novillo, segundo de la tarde, apuntó alto en los dos primeros tercios, pero se desinfló ante la muleta del Todopoderoso y recortó el viaje. Ante el quinto, poco más destacable que un quite de verdad, cargando la suerte, ofreciendo el pecho, templado, torero. En la muleta fue soso, rajado y parado, así que de nada sirvió el esfuerzo de Julián. Ventajismo en la suerte suprema y aplausos baratos -cosas de los llenos de "No hay billetes"-.

martes, mayo 19, 2015

Naufragio

En ocasiones, cuando la naturalidad reina en el patio de cuadrillas, donde toreros aguardan impacientes la salida de su oponente por chiqueros, uno sospecha. Piensa que quizás haya en los profesionales una falta de mentalización, una ausencia de concentración, nunca de miedo -ya se sabe que el miedo es inherente al humano; lo que nos distingue es la reacción ante el mismo-. Eso pasó hoy en los albores de la decimosegunda de San Isidro. Y así nos fue.

Encierro desigual de Alcurrucén. Los hermanos Lozano echaron una corrida cuestionable en cuanto a presentación para Madrid, con grandes saltos entre toro y toro y lotes incomprensibles -aunque esto, como saben, es trabajo de cuadrillas-. Primero y cuarto, especialmente este último, fueron serios y presentaron un trapío adecuado. También lo hizo así el sexto y, aunque apurado, el quinto, en una línea muy Núñez; más desde luego que segundo -toro de Valencia o Sevilla pero nunca de la capital de la tauromaquia- y tercero, que fue una raspa sin remate en la culata, con el morrillo escasamente desarrollado, la cara muy lavada y los pitones, acapachados y de puntas sospechosas, de baja presencia.

Y ante la disparidad en la presentación del eje de giro del espectáculo, Juan Bautista. Se sospecha que estuvo, porque así lo anunciaron los carteles, pero nada es seguro. El naufragio ante su primero fue de libro. Tras desordenada lidia y deslucido quite de Capea, el toro desarrolló casta, clase, recorrido, codicia y entrega. A estas virtudes, que se fueron agravando con el paso de los minutos, se añadían fijeza y prontitud, que conservaba desde la salida. Ante un astado así, digno de ser desorejado por cualquier torero cuya presencia en Madrid estuviera justificada -no era el caso-, Bautista anduvo perdido: al hilo, brusco, nervioso, falto de temple, gusto y torería. Precisamente torería vino a mostrar en su segundo, quinto de la tarde. Cosas de la vergüenza torera, el francés se vino arriba y encajó la figura, metió riñones y se irguió, para deslizar lentamente una muleta que el oponente, boyante, noble y entregado, seguía incansablemente. Le faltaron los finales, los dichosos finales de la embestida, para parecerse al hermano que hizo segundo. Y, aún así, fue para dar un golpe en la mesa y reafirmarse como torero de grandes ferias. Hubo petición de oreja, pero fue minoritaria porque el toreo rectilíneo no es el de escuela, no llega. Y menos en Madrid.

Algo menos perdido, aunque fuera de su habitual rol de lidiador nato y matador experto, anduvo Antonio Ferrera. El abreplaza fue el más encastado del encierro, apretó mucho, humilló lo justo y nunca se entregó. Ante embestidas a la defensiva, tras decidir, de acuerdo al fuerte viento, los terrenos más apropiados -el tercio-, Ferrera dudó. Debió echar la moneda al aire y no lo hizo así. Resultado: falta de acople y poder mediante mano baja, que habría forzado al toro para que o bien cantase la gallina -no fue excesivamente bravo, aunque empujó en el caballo-, o bien rompiera y regalara casta y acometividad y brío. Todo un lujo. El cuarto, tremendamente serio aunque se tapara por la cara, fue un manso repetidor que se creció con los minutos. Tras largo tanteo, el matador ibicenco se puso a torear con inquieta firmeza y dudosa confianza. Encimismo habitual y  detalles de buen torero. Lo que es, al fin y al cabo.

Pedro Gutiérrez, ese hombre que se hace llamar torero, estuvo en su línea. En la línea de alguien con presente en los despachos y en la memoria de los aficionados -el padre marca-, pero con poco futuro en los ruedos. Acusó la evidente y lógica falta de bagaje para dejar ir, destemplado y antiestético, un repetidor y encastado cierraplaza. Lo bueno: que algún día semejante tiralíneas y pegapases se retirará. Que sea pronto.

lunes, abril 13, 2015

Tragedia y tauromaquia

Cuando contemplamos, horrorizados  e inevitablemente afectados, las catástrofes de todo tipo, ya sean naturales o artificiales, nos llevamos las manos a la cabeza. Qué duro, qué tristeza y qué tragedia. Porque no estamos preparados, somos débiles y pusilánimes ante cualquier ataque a nuestra inestable tranquilidad interior, aparentemente fuerte pero realmente vulnerable.

Friedrich Nietzsche entendió que el origen de la tragedia estaba en la Grecia presocrática, o al menos así lo expresó en su obra El nacimiento de la tragedia. Siendo su primer libro escrito y publicado ya como catedrático en filología, denunció la plenitud de los valores a los que ésta evocaba para acusar a Sócrates de su fin, entendiendo la obsesión del primer gran pensador por la racionalización de sistemas morales como la desembocadura y posterior pérdida del verdadero período de esplendor de la humanidad. Así, en obras posteriores el alemán afirmaría del cristianismo que es "platonismo para la plebe" y que es su obsesión por la "moral de esclavos", de sometimiento, de humildad y de respeto la que conduce a una sociedad incapaz de reconocer el poder del género trágico y temerosa de él. Podemos concluir, entonces, que es la influencia del cristianismo en la cultura occidental -posteriormente, como el propio Nietzsche denunciaba, exportada al resto del mundo- la que provoca nuestro miedo por lo trágico, por la aceptación de que, nos guste o no, el mundo es tragedia, porque la existencia de la vida implica la existencia de su contrario, la muerte, y así con el Ser e infinitas series de conceptos abstractos.

El diagnóstico es el primer paso, pero no el último. Para saber cómo salir de un agujero de ardua escapatoria debemos rebuscar en el único espectáculo que lleva la tragedia a la vida, que introduce la muerte en nuestra fina sociedad que inocentemente rehúye nuestra inevitable desaparición por simple miedo. Hablo, cómo no, de la tauromaquia, y concretamente de lo más abstracto de su filosofía, de cómo imprime una visión cercana a la muerte y ayuda a quienes nos acercamos a ella a reflexionar sobre la misma. Decía Ramón del Valle-Inclán: "La mayor manifestación del arte es la tragedia. El autor de una tragedia crea un héroe y le dice al público: Tenéis que amarle. ¿Y qué hace para que sea amado? Le rodea de peligros, de amenazas, de presagios... y el público se interesa por el héroe, y cuanto mayor es su desgracia y más cerca está su muerte, más le quiere. Porque el hombre no quiere a su semejante sino cuando lo ve en peligro (...). En los toros la tragedia es real. Allí el torero es autor y actor. Él puede a su antojo crear una tragedia, una comedia o una farsa. Cuanto mayor es el peligro del torero, mayor es la amenaza de tragedia y más grande es la manifestación de arte". Acercarse a los festejos taurinos es quitarse la venda y apreciar con los ojos desnudos un mundo lleno de muerte, simple sigilosa pero al acecho, lista para hincar el diente. Es asumir que, al igual que el torero, cualquier persona puede morir en cualquier momento, en cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia. Es aceptar la muerte como el final común que a todos unifica, reconocer en la vida el tópico latino vita flumen que Jorge Manrique nos explicó en sus archiconocidas coplas: Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir; / allí van los señoríos / derechos a se acabar / y consumir; / allí los ríos caudales, / allí los otros medianos / y más chicos, / y llegados, son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos.

Permítanme que invite a todos a investigar en lo más profundo de la filosofía taurómaca y a evitar el prejuicio de la muerte de animales. Porque, por encima de una apariencia sádica, cruenta y cerril se esconde una verdad de magnitudes inalcanzables, que merece ser conocida y juzgada; después, cuando dicha verdad asuste, porque no a todos gusta ver la cruda realidad, decidan si quieren seguir acercándose o, por el contrario, prefieren hacer oposición desde una posición de profundo conocimiento del espectáculo. Pero, si no les importa, ahórrense los juicios prematuros sobre el espectáculo más veraz y honesto que jamás alcanzarán a ver.

jueves, abril 02, 2015

El hundimiento

Madrid se llenó de gente ansiosa por ver toros. Toros serios, imponentes, con el trapío adecuado, con comportamientos alejados de la excesiva bondad que predomina hoy. Y para matar estos toros, seis, nada menos, un héroe, un valiente, un torero con todas las letras.

Lo dicho, ambiente insuperable. El papel voló en veinte minutos para el sorteo y terminó por acabarse también para la corrida. Una muchedumbre rodeaba la plaza desde la mañana hasta las seis, cuando 24.000 personas tomaron asiento. Presenciaron un acto temerario de cuatro idiotas "antitaurinos" que esperaban a la muerte de algún toro para montar su circo, pero tan tontos fueron que, previo chivatazo, la policía les buscó y desalojó. Habían roto la ceremonia de salida al ruedo y el paseíllo, habían calentado a la grada y habían hecho el ridículo. Uno más. Según llegaban las seis y diez salió el primero, el toro-toro, un precioso 'pabloromero' con más fachada que otra cosa. La corrida no se hundió porque nunca llegó a flotar, siempre fue plana y sosa, pero no aburrida. Momento cumbre fue el cuarto toro, de Don José Escolar, armónico, serio, muy bien hecho y casi bravo. Embistió al caballo desde los medios sin excesivas ganas, pero tal fue la calidad de las varas de Israel de Pedro que el público, cuando un inoportuno espontáneo al fin abandonó el ruedo, se puso en pie para ovacionarlo. Y quedaba la lidia de Ambel, inteligente, suave, corriendo hacia atrás y colocando al astado en el punto exacto, para después disponerse atento al quite.

El Escolar fue el mejor porque no tuvo competencia. Solo el Victorino que hizo quinto apuntó muy alto en el primer tercio, pero se lesionó la pata y el presidente, tardo pero providencial, lo mandó al corral. Fandiño atosigó, ahogó y aniquiló a sus oponentes, especialmente al mencionado cuarto, el que más tuvo para atosigar, ahogar y aniquilar. No anduvo fresco, no tuvo ideas, tan solo pegas, malas caras, destemple y poca paciencia.  Decepcionó porque en días anteriores había hablado de vida o muerte, había apelado a la mística, a lo épico, a lo sobrehumano, con razón probablemente, pero con ese toque chulesco y con ese ego alimentado tan característico de su persona. Si es que es persona.

Y ante un espectáculo con tan altas expectativas y tan bajo resultado, el público, aun llenando la plaza, defraudó. Defraudó la excesiva tasa de alcohol en sangre, que mediante copas o simple botellón fue in crescendo durante la corrida, defraudaron los cánticos políticos y de ideología fachosa, casposa, putrefacta y retrógrada del minuto de silencio, y defraudó, por encima del resto, la salida entre almohadillas del matador, del héroe vencido, de quien lo intentó pero no pudo o no supo: eso nunca lo sabremos.

viernes, marzo 13, 2015

El aficionado (II)

Aclarado que los tres pilares de la tauromaquia son la justificación, la verdad y la variedad, hay que añadir que son, por encima de los gustos del aficionado y su mayor exigencia en unas u otras áreas, el único modo de defender una fiesta de valores añejos. Esos valores de los que tanto hablamos, entre los cuales podemos destacar la valentía, el sacrificio, la concentración y la interiorización que todo torero debe tener, valores otrora presentes en la sociedad pero obsoletos a día de hoy, quedan a ojos del antitaurino muy por debajo del hecho de que mueran seis animales en el ruedo. Porque el antitaurino, o el animalista si se me permite la generalización, exige el cumplimiento de los Derechos de los Animales aun sin existir como tal -no están reconocidos oficialmente-, e incluso los antepone a los Derechos Humanos que, como todos sabemos, sí son oficiales y tienen autor y fecha: la ONU en 1948.

Ha quedado claro, también, que la justificación y la verdad tienen fácil solución: emplear el castigo negativo y el refuerzo positivo al elaborar carteles y evitar el fraude en forma de pitones afeitados o toros drogados, respectivamente. Pero alcanzar la variedad es más complicado, en tanto que el aficionado no tiene presencia alguna en los organismos que han de demandarla. Variedad consiste, en el área que nos atañe, en que todos los toreros -matadores, banderilleros, picadores- sepan realizar su trabajo ante todo tipo de encastes y, por extensión, ante todo tipo de toro. Si de todos es sabido que cada encaste presenta características intrínsecas en cuanto a la morfología del toro se refiere, debemos entender que también en su comportamiento radican muchas de las diferencias que hacen que los dividamos en grandes subgrupos dentro de su raza, esto es, el bos primigenius taurus.

Si la variedad es tan necesaria para disfrutar de la fiesta y defenderla ante los ataques externos, muchos se preguntarán por qué no existe, quién la ha hecho desaparecer y por qué nadie ha conseguido revivirla. La respuesta, aunque suena a tópico en este mundillo de mafiosos con banderitas de taurinos, está en las figuras, en los matadores que ocupan lo más alto del escalafón, que ordenan a su antojo la confección de los carteles, los toros que ha de reseñar la ganadería que ellos mismos han elegido previamente y, lo que es peor, la salvajada de dinero que ganan cada tarde. Con nombre y apellidos, en orden de importancia de mayor a menor en las oficinas: Julián López Escobar "El Juli", José Antonio Morante Camacho "Morante de la Puebla" y José María Dols Samper o "José Mari Manzanares". A estos tres nombres podríamos añadir los de Perera y Talavante, figurando claramente en un segundo plano. Ellos son quienes, como ya se ha explicado, eligen ganaderías a dedo buscando, evidentemente, el menor número de dificultades posible.

Aunque parezca mentira que el aficionado permita esto, no, no lo permite, el aficionado se indigna, pero históricamente el espectador ha sido mayor en número que el aficionado, es decir, el asiduo, y el público general es hoy fiestero: no busca en los toros motivos intelectuales, filosóficos o incluso religiosos, no busca aprender y enriquecerse como persona, no busca disfrutar sin divertirse porque la sociedad pervertida no le ha enseñado lo que eso significa; al contrario, va en busca de dos copazos y "olés" a destiempo. Y para que esto sea así, quienes mueven el cotarro periodístico (Aplausos, Burladero, Mundotoro o Canal Plus Toros) se aseguran, mediante burdas manipulaciones propias de algunos regímenes dictatoriales que yo me sé, de que quien entre en sus portales o escuche sus retransmisiones se quede en una galaxia paralela, un mundo del 'yupi' en el que sol, copas y un tonto moviendo un trapo significa fiesta, desfase y sobre todo tradición. Y cuando a ese iluso le pregunten por qué va a los toros responderá una bobada que hará las veces de fábrica de antitaurinos. Es más, quizás, algún día, cuando la proporción entre fiesteros y aficionados les dé la victoria, el chiringuito se desmontará y nadie irá ya a los toros. Ese día, quienes lo han montado se hundirán en su miseria económica conscientes de haber utilizado hasta la desaparición un espectáculo de valores añejos que de ningún otro modo son transmitidos. Pero tranquilos, dormirán, porque para no hacerlo tendrían que tener conciencia.

domingo, marzo 01, 2015

El aficionado (I)

Es un secreto a voces que el aficionado a los toros no está contento con la situación que vive su admirado espectáculo. En realidad, nunca lo ha estado plenamente, ya que hablamos de una fiesta con altos grados de perfeccionismo llena de profesionales imperfectos. Aquellos que podríamos considerar dotados, sabedores de sus capacidades innatas, abusan de las mismas y estafan al que paga. El aficionado, que no el espectador o el mero taurino, es intrínsecamente insatisfecho. La insatisfacción le resulta inherente.

El único modo de explicar y entender la exigencia que implica que algo, cualquier detalle, sea perfecto en el mundo de los toros -así como en cualquier otra disciplina, arte o práctica- es definir precisamente eso: la perfección. ¿Qué es y, de manera más importante, dónde la podemos encontrar? Podría estar en un pase de Morante, pero sus birrias de oponentes acostumbran a tener pitones sin punta y menos fuerza que el Ejército del Vaticano. Podría estar en el comportamiento de un toro perfecto, o en términos platónicos, ese toro del que el resto participen para imitarlo sin conseguirlo, tal que asombre a quien lo vea y permita a quien toree, pero no hace falta ser un experto taurófilo para conocer la dificultad de que un solo astado reúna las condiciones idóneas para gustar a todos los aficionados, entre los que el nivel de exigencia suele rozar cotas altas. Aún más, el fuerte carácter subjetivo de los juicios taurinos convierte en imposible que un toro guste por igual a todo el que vea, analice y examine su comportamiento. Lejos de todo esto, la idoneidad de un festejo empieza por la planificación del mismo, y deja para una segunda fase, mucho menos importante, su desarrollo. En otras palabras, no es tan importante que un toro humille más o menos como que pertenezca a una ganadería cuya presencia en una plaza o feria esté justificada, tenga los pitones en regla y se enfrente a un matador experto en ese y en tantos encastes como existan: son esos los tres pilares de la tauromaquia: la justificación, la verdad y la variedad.

Las relaciones causa-efecto tienen en la tauromaquia un gran exponente: la entrada de un torero en tal o cual feria ha de estar justificada por sus actuaciones en la misma plaza durante años anteriores o en distintas ferias de esa misma temporada. Lo contrario se convierte en un atentado contra lo que examinamos: el aficionado. Elaborando carteles taurinos se deben emplear, por tanto, el castigo negativo -si lo haces mal, no vuelves- y el refuerzo positivo -si lo haces bien, vuelves-. Toro, torero, "figura" o banderillero. Cuanta más exigencia, mejor. En cuanto a la verdad, se trata de ese componente esencial para defender la fiesta de los toros. Nadie niega que matamos animales y no somos capaces de presentar explicaciones convincentes, si bien es cierto que no tienen mucho lugar dentro de las estrechas cabezas de los antitaurinos. Pero si a un toro le afeitas los pitones pensará que son más largos de lo que verdaderamente son, y será tan improbable que te alcance como que, de hacerlo, sea capaz de romper una taleguilla. Si en un combate de tú a tú declinamos la balanza hacia un lado sin que la pieza clave -el toro- pueda hacer nada, dejará de ser una lucha de igual a igual para ser una tortura indefendible. Manipular es torturar.

El aficionado demanda, por último, variedad. La emoción que transmite la lidia y muerte de un toro puede disiparse si tanto el comportamiento del mismo como la lidia en sí son previsibles. Cuando las figuras matan siempre el mismo tipo de toro y, por extensión, el resto de toreros se enfrentan exclusivamente a lo que rehúyen los mandamases, aburrimos al aficionado y pervertimos al espectador, que da por hecha la actitud clasista de la fiesta fijando escalafones fijos e inamovibles en el conjunto de matadores y toreros en general. Sobre cómo se consigue que el espectador acepte y defienda este espectáculo falsamente heterodoxo hablaremos en la próxima entrega.