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martes, agosto 18, 2015

Visita a un museo silencioso

Llueve en Bilbao y llueve, llueve, llueve. Así empieza el soberbio poema de Blas de Otero "1923", un soneto repleto de sentimiento, de nostalgia del pasado, de una niñez que se esfumó. Cuatro estrofas de recuerdos ingratos que sólo la lluvia típicamente bilbaína despierta.

Y, en efecto, llueve en Bilbao. Llueve en abundancia, con constancia y cadencia, suavemente. Llueve según dejo atrás la Alhóndiga y recorro la Alameda Recalde hacia la plaza de toros. En Vista Alegre espera, cálidamente iluminado, un casi escondido museo taurino.

Tan escondido está que es necesario preguntar por él en la taquilla de la plaza. Dos o tres personas retiran sus abonos de cara a la Semana más Grande del año. El personal me abre el portón por el que entran y salen los toreros, serios y amedrentados primero; satisfechos o derrumbados después. Paraguas cerrado y escaleras arriba, bajo los silenciosos tendidos. Podrían ser sepulcros, a juzgar por el silencio. El silencio sempiterno de una plaza que aguarda.

Y, al fin, el museo. Una ligera curva repleta de letra y objetos históricos. Algo más de cincuenta metros, quizá sesenta o setenta. Museo acogedor y silencioso, bien iluminado pero sobre todo preciso. La información es objetiva, rigurosa y está bien redactada. Parece contradictorio que esto pueda sorprender, pero uno se encuentra salas pobres y decadentes en demasiados lugares de la geografía española.
La organización es fácil. Según avanzo, encuentro amplios murales a mano izquierda y objetos representativos de cada época a la derecha. El orden es cronológico: antecedentes, época Ilustrada y romántica, final de siglo XIX, etapa de Guerrita, Edad de Oro de la tauromaquia, Edad de Plata, Manolete y sus años 40, los cincuenta y, por último, los sesenta de El Cordobés. Ocho murales acompañados por trajes de Niño de la Capea, Luis Miguel Dominguín, Antoñete o Antonio Ordóñez entre otros.

Reposa, aproximadamente a mitad de camino, un viejo habitante de Zahariche. Ofendido, de Eduardo Miura, nacido en Febrero de 1990 y llegado a Bilbao a la edad de cinco años contando con 602 kilos. La desgracia se apuntó al viaje y el imponente toro se rompió un pitón, quedando para siempre en el Botxo, asustando a los visitantes con su incuestionable trapío, obligando a mirar de reojo por si se arranca una fiera que murió hace 20 años. Su mirada es seria y grave. Es badanudo, astifino -aunque a buen seguro lo fue más- y rematado. El cuajo se aprecia en la culata.

Preside un museo que merece la pena. Visto en veinte minutos por un precio irrisorio, fotografiado con total libertad, recorrido sin molestos niños gritones o domingueros con chancletas. De eso no hay. Allí dentro todo es respeto, admiración, culto al pasado, a la tradición taurina y enfáticamente torista de Bilbao. Abre mañana y tarde. Lo mínimo es pasarse.

Medio Victorino

Vino a decir Victorino que no, que toda una feria no puede basarse en la denostada nobleza, la exagerada toreabilidad y los generosos premios. Que en San Sebastián, como en cualquier plaza, es necesario un toque torista, de pureza, de integridad, de lucha cuerpo a cuerpo, porque ese es, y no el arte por el arte, el sustento de la fiesta. Que la fiesta de los toros la paga el pueblo y pertenece al pueblo, y él, sobre todo en el norte, quiere emoción, riesgo, poder en los toros y valor en los toreros.

Y cerró Victorino una superflua feria en San Sebastián con una corrida de toros mala pero difícil. Corrida de toros difícil, que si bien debería ser un simple epíteto, se ha convertido hoy en un evento que sucede muy de vez en cuando. Puso Victorinín, que representó hoy a la legendaria ganadería, la nota discordante de una feria plana y fútil. Emotiva, sí; reivindicativa y representativa, también; pero aburrida.

Fue el abreplaza el mejor toro de la corrida. Dejó un sabor agridulce por su injusta muerte, a base de imprecisiones varias con la espada en forma de pinchazos. Empujó con bravura el peto de Óscar Bernal y se movió con alegría y prontitud en los tres pares de banderillas. También aprovechó para aprender la lección y recortar ya en el tercero, claro, porque no todo el monte es orégano y Victorino es Victorino. Que uno tiene un prestigio y el cárdeno no podía menos que sostenerlo. Urdiales lo recibió con la templanza justa de quien conoce la escasa fortaleza de la materia prima con la que trabaja. Se dobló con el toro, pero no le apretó en exceso, no fuera que perdiera las manos. Y de ahí a los medios, a torear, que el tiempo corre. Derechazos profundos, sueltos –no ligados- pero con fondo, con sentimiento, con el clasicismo y la ortodoxia característicos de riojano. La tercera serie por el derecho fue la más completa, y sin embargo los olés no tuvieron el eco de la cuarta, ya al natural, con esa mano izquierda lenta, suave, esa muleta rozando la arena y despertando la pasión de algunos, la emoción de otros. Pero aquello no fue a más, porque no se confió Diego con el mirón, que además tuvo su punto de resabiado y buscón por momentos. Pareció que habíamos recuperado a quien en 2014 levantó plazas y despertó fotógrafos. Volvimos a ver al torero con el encaste que mejor entiende, el albaserrada, y no ese Domecq o ese Núñez repetidor al que no templa y manda. Todo quedó en sentida ovación.

También el segundo mantuvo el interés del respetable: aunque menos bravo que el primero, fue un toro encastado, con poder y pies, que exigió mano baja y confianza, además de dos o tres metros, porque el encimismo de Morenito de Aranda no le gustó un pelo y protestó. No supo ver el burgalés que debía perder pasos entre pase y pase, recuperar la distancia que ofrecía al inicio de las tandas, o pegar cada pase de uno en uno, porque en la ligazón soltaba la cara Murrieto como diciendo quita de aquí que te pego un cornalón. Siguió al segundo un cárdeno oscuro muy mirón, listo y pillo como él solo, de los que levantaban la mano en clase y respondían la duda del profesor. También fue bravo, como picador y banderilleros pueden atestiguar. Metió riñones en el jaco y apretó ante la amenaza de las avivadoras. El inicio de faena de Paco Ureña fue tan contraproducente que cuatro mantazos orientaron al bicho; de ahí en adelante, el pitón izquierdo fue el de una alimaña y el derecho, aun con cierta nobleza, amagó dos o tres cornadas que sólo la firmeza y el arrojo del murciano lograron vacilar. Tiró del toro Ureña, pisó un terreno peligroso y expuso sus muslos a una cornada que parecía segura, para salir indemne con resolución y sangre fría. La apasionante lucha solamente fue entorpecida por una inoportuna música que jamás debió sonar (y así lo expresó la plaza). Terminó pecando de encimista ante la posibilidad de que se rajara el oponente.

Y a partir de ahí, muy a menos. Se desinfló Victorino y cargó con las culpas el hijo, a quien un amable señor del tendido alto le recordó tras cada toro lo malo que había sido el anterior. Vaya mierda, Victorino, y esas cosas. El cuarto fue el peor, por su flojera en el primer tercio y las broncas embestidas, topando en lugar de embistiendo. Urdiales agobió al descompuesto y acentuó su falta de clase. Lo intentó Morenito ante el quinto, geniudo descastado, que también topó e incluso repuso, se volvió sobre las manos para buscar los tobillos de quien mostró firmeza pero justo bagaje. Se pareció el sexto, pero tuvo el cierraplaza la virtud de salir por arriba, abandonando la jurisdicción de Ureña y permitiéndole al menos salir de la cara del toro, evitar la cornada tonta. El mérito del murciano fue echar la moneda al aire y arrimarse, mostrarse dispuesto, con ganas, con valor y buen concepto. Aun sabiendo que la cosa no iba de orejas, no le importó, porque qué leches, fue triunfador en San Fermín y aquí hay que jugarse el pellejo todos los días. Y lo cumplió a la perfección.

jueves, agosto 13, 2015

Sabios, firmes y libres

Y volvió la libertad tras cuatro años de tiranía despótica. La pseudo-prohibición llegó a su fin y regresó la fiesta de los toros con su arte, con su emoción, con su intriga, con sus únicos valores, con sus sanas disputas, con su habitual polémica. Volvieron los toros a Illumbe con partidarios y detractores, como siempre ha ocurrido, pero con una tremenda fuerza por parte de los primeros. Lo vio la televisión estatal, cansada ya de dar la espalda a la tauromaquia, obligada a satisfacer así a millones de aficionados que hoy se tornaron en televidentes. Los niños, los jóvenes, los adultos y los ancianos vieron los toros en La 1, como antaño. Y se fomentó la denostada afición a la que Lorca juzgó la fiesta más culta del mundo.

Se acudió masivamente a la plaza y se vitoreó el habitual eslogan durante el paseíllo: Sí a los toros. Se ovacionó a los toreros; unos de oro, otros de plata y otros de azabache. A quienes renunciaron a derechos televisivos para que toda España sintonizara La 1 a las seis de la tarde. Se apoyó el derecho a la libertad, a disfrutar de un arte efímero y sin igual, a emocionarse con el poder de una fiera, con el valor de un héroe.

Y con las gentes emocionadas, cuando el regreso de los toros a San Sebastián se había hecho al fin una realidad, salió el primer Torrestrella. Venía de una ganadería sin igual, única en sangre, pero no fue Soleado una gran prueba de ello. Su comportamiento fue el de un toro muy justo de fuerza que se enfrentó al matador más apropiado para la ocasión, don Enrique Ponce, maestro indiscutible. Hoy vimos las dos facetas del valenciano: su lado más académico, el de un médico con amplia experiencia, que cuida a sus pacientes y sólo les exige esfuerzos llegado el final de su vida, y el de un intelectual taurómaca, un sublime entendedor de sus oponentes. La sapiencia en tiempos y distancias ante el abreplaza valieron una ovación. Ante el cuarto, tanta inteligencia provocó riña con el necesario peligro, y la emoción salió tan mal parada de la disputa entre la razón y el sentimiento que la faena fue fría. En el pico, los excesivos alivios y la enorme muleta se apoyó el de Chiva para encumbrarse en un alto metafórico que pocos toros logran alcanzar -sólo aquellos con inusual fondo-. Se fue Cumplidor al corral con una oreja puesta, y paseó la otra Ponce tras generoso premio dada la noble movilidad de su antagonista.

La irreprochable actitud de Manzanares ante su primero sí sembró las semillas de la emoción, y de todos es sabido que de aquellas florecen ovaciones sentidas. Recibió una del estilo como recompensa a su firmeza frente al segundo torrestrella de la tarde. Ajustó las plantas y pisó terreno peligroso, recibiendo dos volteretas que pusieron al toro la corona de Rey. Mandó en el ruedo Barbacana porque nunca se le exigió. No vio en el torero esa mano baja que necesitó, y se vino arriba sacando un fondo inesperado. Corrió un velo y olvidó su pobre pelea en varas. De ese tercio solamente se acordó del insuficiente castigo, y lo hizo para sentirse más vivo de lo debido y poner a cada uno en su sitio. Un espadazo nada sorprendente del alicantino lo mandó al desolladero bajo un silencio de sepulcro. El sí sorprendente valor de Manzanares se esfumó en poco menos de una hora, para dejar paso a la tendencia periférica y rectilínea del alicantino. Llegó el clásico empaque, el adorno de la figura recta, firme y estética, de la mano de la vil mentira del pico y el descargue sistemático de la suerte. Nulo al natural, que no precisó ni justificación. Dejadez, pasotismo. Sólo hubo uno mal dado que sirvió para violentar al toro y tomar la excusa fácil. Culpas al bicho y adiós muy buenas.

No hizo falta convencer a López Simón de que necesitaba salir a por todas. Que Madrid y Pamplona son plazas importantes, pero los contratos deben ganarse día a día con actuaciones en el ruedo, aunque ciertos empresarios -como los vecinos de San Sebastián- no se quieran enterar. Salió Alberto a comerse el mundo ante el abanto con que se estrenó en Illumbe. Firmeza en estatuarios muy josetomasistas, muleta en la cara, tiempo justo y fin de la huida. Dos tandas después de meterlo en la muleta con inteligencia, el madrileño tuvo que ver cómo Vinatero volvió a tomar el camino de la fuga y perdió soltura. Se apabulló. Tomó la espada con prisa, como si hubieran pasado más de diez minutos desde el primer pase. Mató al encuentro sin pretenderlo y anduvo impreciso con el descabello. La afición, paciente, le tocó las palmas con clara función alentadora. La idea de los estatuarios le gustó y la repitió ante el cerraplaza, quizá equivocado, porque fue el sexto un toro que pidió distancia, sitio, mano a media altura, exigencia justa, acompañamiento más que mando. Tampoco fue la tonta del bote, pero sí fue manso como un buey, y cantó la gallina para retirarse pacientemente hacia las tablas, donde murió tras dos pinchazos y un espadazo. Ya había cumplido su función: la de permitir a López Simón arrimarse, pisar un terreno de vértigo, plantar los pies y decir aquí estoy yo. Murió el sexto y cerró una tarde de libertad. De regreso de una libertad vilmente robada y afortunadamente recuperada.

Seis toros de Torrestrella, en líneas generales armónicos, bien presentados, sin exageraciones:
Enrique Ponce (azul turquesa y oro): Ovación y oreja tras aviso.
Manzanares (negro y azabache): Ovación y silencio.

López Simón (azul marino y oro): Ovación y ovación.

Un resfriado

Me acerqué un día cualquiera a un establecimiento de la Federación Nacional de Compras de los Ejecutivos (Fnac, por sus siglas en francés). Subí las escaleras mecánicas hasta el segundo piso, dedicado en exclusiva a la lectura. Miles de libros apilados en estanterías; eso sí, bien ordenados: por aquí literatura hispanoamericana, por allá novela negra, esto de aquí dedicado a la filosofía y cerca, casi al lado, las novedades. Y yo busqué, a sabiendas de ser un bicho raro, tauromaquia. Nada de nada. ¿Qué es la tauromaquia?, pensé. Inabarcable pregunta para hacerse en tan extraña situación. Tanto como que Francis Wolff pudo redactar para responderla todo un excelso prólogo que ponía a discutirlo a Sócrates y allegados. Lo primero que se me ocurrió fue que, al menos a ojos del común de los mortales, la tauromaquia es arte.

Pero no, en 'Arte' no había absolutamente nada, así que para no perder el tiempo pregunté. La señorita que me atendió amablemente mostró su estupefacción por encontrarse ante un joven interesado en la tauromaquia (o quizá se asustó por el mero hecho de ser joven y lector). Me llevó a la sección de deportes, como si una corrida de toros fuese un partido de fútbol en el que el balón está vivo y el césped es sustituido por arena. Supuse que el buen hombre que en su día decidió la correcta ordenación jamás habrá pisado una plaza de toros. En cualquier caso, ya en 'Deportes', me miró la chica con cara de disculpa y aseguró haber visto más libros en otra ocasión. Cuatro libros había, cuatro. Cuatro de los miles de libros de la Fnac, una multinacional francesa (luego en su origen hay toros), trataban sobre tauromaquia. Eran dos ediciones del magistral "Juan Belmonte: Matador de toros" que cualquier aficionado que se precie ha leído ya, el libro "El corazón de los caballos" del rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza y un ejemplar de "Entre Marte y Venus", un completísimo libro de Domingo Delgado de la Cámara que, para más inri, me llevé yo.

Y la desilusión me llevó a comprobar más cerca que nunca que la sociedad da la espalda a la tauromaquia. Que el segundo espectáculo de masas de España, a pesar de serlo, va siendo olvidado progresivamente para quedar en un desolador segundo plano. Y odié por un instante la globalización, que ha arremetido contra nuestro pasado para instalar un presente efímero que mira a un futuro irreal. Un futuro que en nuestra fiesta es cada día más complicado, atacada como está desde fuera y desde dentro. Un futuro negro afeado por políticos de poca monta que, creyéndose con autoridad moral para hacerlo, evitan la celebración de espectáculos tauromáquicos. Olvidan que Caesar Non Est Supra Grammaticos, que igual que el César romano no tenía por ser Emperador derecho a mandar sobre los gramáticos, ser alcaldes no otorga a estos personajes autoridad para prohibir cuanto les venga en gana. Su poder no les da supremacía moral como a Caesar no le convertía en sabio académico. Y mientras reflexionaba sobre este principio del que en su día se valió Kant, caí en lo grande que les viene a susodichos alcaldes.


Sentí desazón, porque no hay nada más satisfactorio que leer sobre gustos y aficiones. Y puedo asegurar que los aficionados a los toros son habitualmente gente instruida que sabe porque ha visto y leído. Literatura taurina existe; de hecho, es amplísima. Tantos y tantos autores han escrito sobre toros que no habría espacio para mencionarlos, pero su extensa obra merece ser leída incluso por quienes en un principio no se encuentren particularmente atraídos. Claro que, para eso, la Fnac tendrá que echar un cable. Y mientras las empresas se dejen acoquinar por las falsas amenazas de contados antitaurinos con aires de grandeza, mientras la publicidad de marcas globalizadas y la televisión estatal den la espalda a la tauromaquia, estamos en un charco. Y poco a poco nos estamos resfriando.

miércoles, agosto 05, 2015

Tapón infranqueable

La última moda es que las prometedoras carreras de los novilleros punteros echen el freno de mano y paren bruscamente su ascensión en soltura y sabiduría. Tomada la alternativa, entrar en carteles se convierte en una lucha inexplicablemente injusta, porque no da las oportunidades a quienes las ganaron en el ruedo. Se trata de una lucha contra las figuras, porque éstas cierran los carteles y se aíslan, protegidas por un sistema que las encumbra. Eligen a dedo compañeros de cartel que, ya sea por su tirón propiamente taurino (Finito de Córdoba), heroico (Padilla) o social (Francisco Rivera), llevan público a las plazas, y consiguen así evitar el esperpéntico ridículo que significaría evidenciar que ninguna figura llena por sí sola. Excluimos, como es lógico, a José Tomás, porque ninguna figura del toreo puede matar seis becerros elegidos a dedo cada año. De una figura se espera mucho más compromiso que el mostrado por el místico de turno.

Es la pescadilla que se muerde la cola. De un lado están los toreros, que no abren los carteles y los repiten con escrupulosa exactitud en todas las ferias; del otro, el público, que no acude. El público mayoritario tiene parte de la culpa, en tanto que es su negación a acudir a los toros si "sólo" torea una figura la que provoca que ésta se cubra las espaldas con compañeros mediáticos o prestigiosos (un prestigio a menudo desmerecido). Claro que, como siempre, el pueblo en su mayoría es ignorante, así que cuesta culparle de algo: más bien urge responsabilizar por la escasa afluencia de público a la prensa, que se encarga de alabar pobres labores de figuras al tiempo que ignora las buenas actuaciones de los jóvenes, y a los empresarios, que no organizan ni -cuando al fin lo han hecho- promocionan las novilladas como es debido, escondiendo así las virtudes de toreros incipientes y llevando la opinión pública hacia el menosprecio (si no el desprecio) de todo cuanto suena a nuevo. Con todo, podemos eximir de culpa al público, porque nuevamente vuelve a ser un rebaño que se deja guiar por la afanosa labor de los nefastos gestores y aún peor vendedores de plazas y carteles.


Un ejemplo: José Garrido. Cuando abrió la Puerta Grande de Vista Alegre, en Agosto de 2014, el público salió impresionado de la plaza. Borracho de toreo. Esperando un eterno semáforo, un veterano aficionado se dirigió a mí: "Yo vi a Ponce de novillero y no he visto nada igual desde entonces. Este chico será figura del toreo". Y ahí está José, en su extremeña casa, viendo a Padilla torear a través de Canal Plus. Esperando su merecida oportunidad, por la que sudó aquella mañana nubosa de Agosto. La que se ganó con la variedad de la encerrona, la sapiencia que mostró ante el manso (aunque extraordinario) sexteto y la calidad con que toreó al quinto, que desorejó tras naturales con ambas manos. Hasta Julio apenas ha toreado. Y se avecina un caso parecido: el del peruano Roca Rey, extremadamente joven pero exageradamente torero. Su valor, su quietud y su firmeza en Valencia le valieron el ofrecimiento de una alternativa en Nimes. Como de costumbre, Simón Casas anduvo avispado y con visión de futuro. Pero Roca Rey tomará la alternativa, fascinará a los nimeños y quizás hasta abra la Puerta Grande. Da igual. Tras eso, si se cumple la costumbre, irá al hotel y tardará en volver a vestirse el traje de luces. Sólo quizás, si no se cumple, Roca llegue al techo que cualquier torero puede alcanzar. Y si media una imposición de los empresarios, es posible que las figuras se vean abocadas a claudicar y ceder. Espero impaciente el momento en que eso ocurra y sus conceptos tan heterodoxos como falsos queden en evidencia ante la clase y la ambición desmedidas de un joven erudito.

viernes, julio 31, 2015

El pegamento que une Azpeitia

En la independencia reside el incuestionable éxito de Azpeitia. Es la guipuzcoana una feria corta, de tres corridas, pero de marcado carácter torista, planeada y dirigida por un aficionado ajeno al corrupto sistema. Su nombre es Joxín Iriarte, y puede ser considerado uno de los pocos empresarios románticos que encontramos en España. Joxín organiza la feria de su pueblo para su pueblo, con el objetivo de contentar a su pueblo. A Joxín nadie le otorga desinteresadas subvenciones, como sus detractores denuncian con aires de escándalo; al contrario, él se juega su dinero, asume las hipotéticas pérdidas con su bolsillo y entrega los hipotéticos beneficios a la caridad. Porque los valores que la tauromaquia inspira llegaron a lo más profundo de nuestro último empresario romántico.

Joxín admite abiertamente no tener dinero para contratar a figuras, pero es hombre sabio: sabe que, aunque recibiera amplias subvenciones y pudiera pagarles sus exagerados jornales, no lo haría, porque se niega a recibir en su pequeño pueblo a Manzanares con sus toritos bajo el brazo. Así que nuestro amigo contrata ganaderías contrayendo amistad con los últimos ganaderos románticos, pero asegurando al mismo tiempo no contraer compromisos personales. Si a Joxín no le gusta una corrida, el año siguiente la evita, porque en Azpeitia es él quien manda. Y es así como debe ser.

Cuando ha elegido y visitado las ganaderías que irán a su feria, porque Joxín no sólo trabaja en el despacho sino que además se desplaza al campo, contrata a los toreros. Es él quien asigna toreros a ganaderías, y no admite el proceso inverso. Busca toreros jóvenes con proyección, apuesta por aquellos en quienes ve futuro, tira la moneda al aire. Se fija en Bayona, en Vic, en Dax o en Céret, para traer de allende los pirineos el torismo que aquende se perdió hace tiempo. Pero todo, absolutamente todo, lo hace por su público, por su pueblo. Por su pueblo llamó a López Simón antes del éxito en Madrid. Y Joxín, además de un gran aficionado, es todo un visionario. Donde pone el ojo, pone la Puerta Grande. Arriesga aun a sabiendas de que, en este mundo en que cuatro amigos se reparten el pastel, los toreros se ajustan a la ley del 'si te he visto, no me acuerdo' según ganan dos duros y compran una finca. Tan bueno es Joxín que ni con el ayuntamiento de Bildu ha tenido pega alguna.

Ayuda a Joxín otro buen aficionado, Jesús Cerro, asesor artístico en los festejos de la villa y, de ahora en adelante, presidente de cuantos se celebren en Illumbe. Parece Jesús un aficionado cabal, elegante, respetuoso y franco. Una mole de Pedraza de Yeltes que movió con brío y alegría sus más de 650 kilos le sirve como prueba irrefutable para afirmar que el toro no es bueno o malo en función del tipo o del tamaño. A Jesús le gusta el tercio de varas, y apoya a su amigo Joxín en la intención de que la plaza de Azpeitia sólo vea un caballo en cada primer tercio, por ser su diámetro chico y sus terrenos fácilmente confundibles. Con Jesús debemos ser compasivos, a la vista de su próximo desafío: poco menos que aunar con un criterio imparcial las voluntades de un público donostiarra tradicionalmente arraigado y las disquisiciones de una masa estival que presenciará las corridas de Illumbe con fiesta y diversión como único objetivo.


Entre Joxín y Jesús hay un sutil pegamento, quizás ese de barra que a duras penas cumple su función: se trata de la relación meramente formal necesaria para organizar la feria de Azpeitia. Pero entre ambos, por encima de eso, hay también fuerte pegamento de cola. Porque los une su afición y, especialmente, su amistad.

San Fermín: Ganaderos, figuras e ignorantes

Camino de cumplirse una semana desde el final de San Fermín, si algo hay que destacar es que Pamplona no se distingue de cualquier otra plaza en cuanto a trato a figuras se refiere. La lamentable corrida de Garcigrande, de quienes son responsables el ganadero, Padilla, El Juli y Perera, sirvió para dejar en mal lugar a un público que antaño sabía de toros. Ante trapío dudosamente propio de la Feria del Toro y pitones desmochados feamente partidos, dos cubatas no son excusa para no protestar. Aunque el problema está en la base de la feria, porque a la hora de contratar figuras es la Casa de Misericordia quien debe imponer sus propias condiciones, evitando que sean los matadores quienes antepongan sus intereses a los de toda una ciudad. La incuestionable salud de los Sanfermines garantiza a la empresa que la no contratación de figuras y el lamentable espectáculo que las rodea no repercutiría ni en entradas ni en ingresos. Aún más, les resultaría conveniente, porque los desproporcionados sueldos que cobran se reducirían con toreros más modestos a jornales más comedidos.

Hay aspectos muy positivos en la feria. En primer lugar, la dimensión muy torera de López Simón, que demostró una vez más su absoluta disposición y entrega a alcanzar la cima del escalafón. Su Puerta Grande fue merecida, emocionante e inteligente, porque en el uso de la cabeza, la sangre fría y la contención de emociones se basó su triunfo. Inteligencia para inventarse un toro y entender a la perfección al otro; torería para dar el medio pecho y entregarse con decidido valor. En segundo lugar, la Puerta Grande de Paco Ureña podría ser el empujón que el murciano necesita para lograr más contratos y asentar sobre base firme su tauromaquia. Tauromaquia que promete por basarse en actitud y concepto clásico, pero que hasta ahora sólo hemos podido ver en contadas tardes y escasas tandas. Sus faenas de altibajos y sus inicios desconfiados son la prueba de que el rodaje es lo único que necesita para demostrar si realmente vale. En tercer y último lugar, la variedad de Manuel Escribano, con dos faenas a sendos Miuras asentadas sobre el valor y la capacidad muletera -más, quizá, de la que hasta ahora habíamos visto- demostraron su excelente momento de confianza y resultados. Su pelea ante el cuarto de la tarde, un encastadísimo Miura de comportamiento muy propio de la ganadería sevillana, dejó huella en la cabeza de muchos aficionados.

El principal aspecto negativo: el ganadero. El Parralejo, Jandilla, El Tajo y la Reina, Fuente Ymbro y Garcigrande decepcionaron notablemente y se ganaron la ausencia en Julio del próximo año. José Escolar no corrió mejor suerte, pero suyo fue el mejor toro de la feria, Costurero. Por su parte, Conde de la Maza fue excesivamente castigada en el caballo y Miura se encontró con dos matadores incapaces -sólo Escribano, del que ya hemos hablado, destacó- que nada supieron sacar de buenos toros. Los hierros "duros" fueron los que más entretenimiento propiciaron, dejando en mal lugar unos carteles en los que escaseaban encastes otrora habituales en Pamplona. Por otro lado, dejó mucho que desear el criterio del público, incluso de la teóricamente entendida sombra. Faenas con veinte pases sin excesivos enganchones y rematadas con una estocada más o menos buena fueron premiadas con desproporcionadas orejas alejadas del criterio que se le supone a una plaza de primera. Así abrió la Puerta Grande una versión periférica y ventajista de Miguel Abellán, muy alejada del medio pecho que mostró en soberbios naturales a un Parladé en Las Ventas.


Cambiar ganaderías, olvidarse de las figuras y educar al público. He ahí la clave del éxito.