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domingo, julio 12, 2015

Estocadas a caballo

Se podría hablar de una mala corrida para la octava de San Fermín, pero quizás habría que poner por delante el contexto en que se enmarcó. Toca hablar de picadores furibundos que descargaron su ira en los lomos de los toros, siempre con la complacencia de los matadores, asestando fuertes puyazos que pudieron hacer las veces de estocadas; de cuadrillas desordenadas incapaces de leer las exigencias de los astados; de capotazos en demasía que, por su mala ejecución, sólo sirvieron para recortar los viajes; y, por último, de un matador a medias, otro firme hasta donde pudo y un tercero sin sitio alguno. Y, puesto esto por delante, se puede ya juzgar la corrida de Conde de la Maza que tan noble encierro matutino regaló.

Abrió plaza un ejemplar alto y muy serio, con contrastado trapío pamplonica. Mostró su mansedumbre barbeando las tablas, buscando una escapatoria y durmiéndose en el peto, donde recibió dos puyazos traseros de exagerada magnitud que determinaron su comportamiento. Aunque derrotando al llegar a las cercanías de Eugenio de Mora, se movió con nobleza y casta, yendo progresivamente a menos. Se equivocó el toledano en los terrenos escogidos porque los medios habrían beneficiado a tan evidente manso. Tras numerosos pases no carentes de enganchones y con nula limpieza, el estoconazo provocó una explosión de júbilo que cristalizó en pañuelos al aire. Oreja al canto. El cuarto fue un toro de imponente trapío e incuestionable seriedad, astifino como él sólo (¡sin fundas!), al que dos sangrientos puyazos muy mal colocados echaron por tierra. Esperó en banderillas y se tragó los doblones -todavía quería hundirlo más- de Eugenio de Mora. Con todo hecho a la contra, se puso a la defensiva y comenzó a soltar derrotes a troche y moche provocando antiestéticos enganchones y nervios en el matador, que abusó de los toques fuertes y puso así al toro aún más defensivo y protestón.

Antonio Nazaré estuvo muy bien ante el serio quinto -esos apabullantes rizos de astracanado-. Pecó de flojo pero fue bien picado, con castigo medido y puyazos en su sitio. En la muleta del sevillano se mostró resabiado por el pitón izquierdo -ni pasaba-, contrastando con el poder y la franqueza del derecho. Los derrotes que soltaba a mitad de viaje fueron corregidos con mano baja y muleta poderosa del matador, que tiró del astado con firmeza de plantas y mucha verdad. Desafortunado con los hierros, se quedó sin una merecida oreja (aunque es improbable que realmente se la hubieran pedido, porque la sutileza de su buena labor fue digna de ser captada sin cubatas ni champanes de por medio). Un rato antes anduvo en pegapases ante el parado segundo, que recibió -nuevamente- un fuerte castigo empujando el inamovible muro que representó el jaco. Así que todo por arriba ante un flojo y rajado. Tampoco había más.

Preocupante falta de sitio la de Juan Del Álamo, que dejó ir una oreja ante el noble cierraplaza, un toro muy pronto que pasó sin casta ni alegría alguna. Aun con buenos inicios, pasado el embroque pegó fuertes derrotes que incomodaron al salmantino, quedando por debajo de una movilidad aparentemente domecquiana. Tampoco supo entender a su primero, el tercero de la tarde, al que despachó abreviando sin leer sus necesidades. El manso, muy mirón y -sorpresa- exageradamente picado, se paró a medio camino de un pase, vio al torero y se orientó, quedando inutilizado para cualquier atisbo de neotoreo estéticamente sublime al tiempo que éticamente superfluo. La ética de la lucha, la franqueza del toro y la firmeza del torero, la disposición de la faena sobre las piernas, bajando la muleta y pudiendo a la astifina fiera, no fueron con Del Álamo. Don Cómodo se fue a casa malacostumbrado por los constantes elogios y el monoencaste en sus carteles. Y antes o después, eso se paga. 


Seis toros de Conde de la Maza: primero serio, alto, montado; segundo abierto de sienes, astifino, feo; tercero serio, montado, enseñando las palas; cuarto astifino, alto, bien hecho; quinto proporcionado, astracanado; sexto alto de agujas, enseñando las puntas.
Eugenio de Mora (nazareno y oro): Oreja y silencio.
Antonio Nazaré (azul marino y oro): Silencio y silencio.

Juan del Álamo (blanco y plata): Silencio y silencio.

sábado, julio 11, 2015

Disposición ante la casta

Claro que es un problema que los toros exijan. Un problema serio, porque se acentúa cuando la gran mayoría de los toreros no sabe responder a las complicaciones que la casta presenta. No saben porque en las escuelas se enseña la plasticidad y la estética del toreo moderno, obviando el macheteo y las faenas sobre las piernas que antaño ratificaran el dominio sobre una bestia y la prepararan para su muerte. La de hoy, séptima de San Fermín, no fue ni mucho menos una buena corrida de José Escolar, pero fue una tarde de juego variado, toros exigentes y resultados muy dispares. Una tarde de interés, en una palabra. De nulo aburrimiento. De esas que se necesitan con urgencia cuando las tardes que han precedido se cuentan por petardos.

No pudo ser una mala tarde si un matador abrió la Puerta Grande. Lo hizo Paco Ureña con méritos para ello, especialmente si el criterio de Pamplona está lejos de ser de plaza de primera y si el valor de las orejas está depreciado hasta mínimos históricos. Su primer toro, el tercero de la tarde, embistió con humillación de salida y desarrolló sentido en banderillas -fue el denominador común del sexteto-. A solas con su matador, mostró la necesidad de distancia media y mano baja, obteniendo la segunda pero no la primera. Aunque encimista, Ureña estuvo dispuesto y valiente. Su abuso del pico no pareció importar, pero fue clave en la faena: el toro se tornó en alimaña cuando vio huecos entre muleta y torero. Pamplona pidió la oreja. El cierraplaza fue otra historia. El hasta ahora toro de la feria, Costurero-33, rematado corniabierto con imponente trapío, se entregó en el caballo -bien humillado, metiendo riñones, sin rehuir la pelea y, de manera más importante, intensificándola cuando aumentaba el castigo- y apretó en banderillas bajando la cara en el embroque. Fue un toro muy bravo. La decente labor de la cuadrilla y el magisterio como caballista de Pedro Iturralde pusieron todo de su parte. Lo toreó Ureña entendiéndolo a la perfección, dejando la distancia necesaria y tapando la salida con la muleta. El encastado humillador, también enclasado y con más recorrido que sus hermanos, se vino a menos para terminar mirando al tendido entre tanda y tanda. Le costó redondear al murciano, porque Costurero fue de auténtico lío, para cortarle las orejas y salir impetuosamente catapultado hacia las distintas plazas de España. Pero por encima de todo eso: la inteligencia de sus faenas y su plena disposición, que contrastó enormemente con el pasotismo de sus compañeros de cartel, lo convirtieron en digno merecedor de abrir la Puerta Grande. Y así lo hizo.

La tarde de contrastes quedó simbólicamente representada en el petardo mayúsculo del maño Paulita. La espantada con el escurrido segundo, resabiado que no pasaba, fue indigna de quien debe salir a las plazas de primera a ganarse el pan. Las dificultades del oponente, que por la mañana había sembrado el pánico en el encierro repartiendo dos fuertes cornadas, hicieron pensar al zaragozano que debía darle muerte tras una insignificante tanda de tanteo. Se saltó los trámites necesarios: esa lidia antigua sobre las piernas, ese macheteo, ese poder a los toros para matarlos quedando por encima. Al revés; quedó por debajo y abucheado por el tendido. Pero no aprendió la lección, porque con el quinto se repitió el cuento, con una importante diferencia: éste fue, además, un buen toro, desmesuradamente castigado en el caballo -le taparon la salida y le picaron trasero, bajo y fuerte- y, para agravar más la situación, penosamente bregado por Téllez. La exagerada hemorragia evidenciaba la cruel masacre que el picador llevó a cabo con el beneplácito del matador. Así echaron por tierra cuatro años de intensos cuidados. Se paró y se defendió. Lógico.

Un año más, apareció en los Sanfermines Francisco Marco, el veterano torero de la tierra. Articula sus temporadas en torno a esta fecha, porque es habitualmente la única que tiene. Abrió plaza un precioso toro que tardó poco en lesionarse, para ser sustituido por un ejemplar estrecho y alto de agujas. Rehuyó toda pelea como manso que fue, pretendiendo incluso colarse por ambos pitones. A pesar de todo, sus intenciones no fueron malas y su nobleza se impuso sobre la mala casta que parecía portar. Sorprendió la habilidad con la espada de alguien tan deshabituado a matar toros. La estocada entera y bien arriba dio por finalizada una faena de desconfianza y comprensibles dudas. El corniabierto cuarto, toro de la merienda, fue muy picado y desarrolló en banderillas -tanto que, saltándose el reglamento, la presidenta cambió el tercio con únicamente tres avivadoras-. Tuvo la cabeza de un Premio Nobel: listo como él sólo, aprendió del primer hueco que Francisco Marco enseñó y comenzó a colarse buscando más al torero que al trapo. Así que el navarro pasaportó al bicho convertido en alimaña con una estocada ligeramente baja pero suficientemente efectiva. Pamplona lo juzgó con la benevolencia propia de una afición que se puede considerar poco menos que familia del torero. Veremos cómo resuelve otra difícil papeleta el año que viene.


Seis toros de José Escolar: primero muy serio y bien hecho; primer bis estrecho y alto; segundo bajito, playero, tapándose por la cara, escurrido de carnes; tercero rematado, muy armónico, ligeramente cuesta arriba; cuarto corniabierto, muy en Saltillo; quinto algo cornivuelto, largo, con poco cuajo; sexto bonito, con trapío:
Francisco Marco (azul celeste y oro): Silencio y silencio.
Paulita (blanco y oro): Bronca y bronca.

Paco Ureña (verde manzana y oro): Oreja y oreja con petición.

Un suicidio y sangre heroica

En su libro Seis claves del arte de torear (Ediciones Bellaterra, 2013), el filósofo francés Francis Wolff cuenta de manera concisa que la tauromaquia dieciochesca giró en torno a la actualmente denominada suerte suprema, el momento final y decisivo, la hora de matar al toro. Hacia 1830, constituidos ya los tres tercios de la lidia, cobró importancia el dominio del hombre sobre la bestia, como prueba irrefutable de la superioridad de la razón y la inteligencia propiamente humanas. La dominación pasaba a ser un fin en sí misma y la muerte la prueba de dicha superioridad, dejando atrás tiempos en que la muerte era el objetivo al que quedaba supeditada la dominación. Fue en la Edad de Oro, pasado 1910, cuando Juan Belmonte introdujo, en las oscuras capeas de torerillos prófugos de "La Tablada", el toreo moderno, que fundía la ética y la estética del hasta entonces conocido. Belmonte aunó dos conceptos que hasta ese momento eran irreconciliables: el torero no sólo se jugaría el tipo para demostrar su superioridad sino que, al mismo tiempo, crearía una obra de arte con su propio cuerpo.

Hoy, en la sexta de San Fermín, Miguel Abellán abrió la Puerta Grande sin acordarse de los principios belmontistas sobre los que su tauromaquia (y la de todos) debe asentarse. Dejó de lado la ética de jugarse el cuerpo, con la suerte cargada y el toro ceñido, para pasarse al bando periférico y ventajista. Se adueñó del pico de la muleta para utilizarlo como recurso mentiroso: el de no embeber la embestida del toro y aprovecharse de esa circunstancia para pasearlo cual perro inofensivo. Abellán se colocó, además, fuera de cacho, cuando no en el cobijo que da la pala del pitón. Belmonte, de verlo, se habría vuelto a suicidar. El madrileño cortó así una oreja al serio abreplaza: le valieron un inicio entregado y suficiente inteligencia para acompañar sin mandar la briosa y enclasada acometida del oponente. Un natural fue soberbio, sólo uno; uno en el que metió riñones, enganchó al toro dándole el medio pecho, le bajó la mano y lo llevó hacia los adentros. Lo demás, pases vacíos. Como vacíos fueron también los que el sumiso cuarto aceptó. Fueron las suyas embestidas alegres y boyantes, propias del buen Domecq -en ambos sentidos de la palabra, en calidad de comportamiento y en benevolencia de intenciones-. El largo pitón izquierdo fue de lío, pero no lo vio Abellán que, con otro trasteo irregular e insignificante a partes iguales, se conformó con la mitad del premio que debió obtener. Hubo horrendos circulares que bien sirvieron para resumir su afanosa labor. Pero, en definitiva, sumó dos trofeos con fuerte petición del tercero, que quedó en vano gracias a asesores y presidenta. Discrepó ostensiblemente el torero, que incentivó la protesta de las peñas con gestos vulgares y patéticos. Y es que este año no damos para tanto numerito de los matadores. 

Y con esto, fin de la corrida. El resto de la tarde estuvo marcada por la inservible corrida de Fuente Ymbro. Inservible y, dicho sea de paso, sospechosa de pitones. En Pamplona. Hubo a lo sumo cierto interés en el encastado y correoso sexto, que quedó crudo en el caballo y requirió unos doblones que nunca obtuvo. Iván Fandiño no se confió hasta que una fuerte voltereta lo despertó; en ese momento, al fin, echó la moneda al aire: bajó la mano, dio poder a su muleta, toreó hacia los adentros y, sintiéndose podido, el manso capituló. La cara ensangrentada de Fandiño recordó a esa vista imagen de José Tomás, el héroe que pagó la victoria con su propia sangre. Lástima que ante estos tintes épicos el sainete a espadas privara al vasco de tocar pelo. Su primero fue tan bonito como inválido. Invalidez y defensa en las embestidas que Fandiño leyó para, con buen criterio, abreviar. De esos veinte minutos sólo fue destacable el excelso par de banderillas que Miguel Martín clavó asomándose al balcón.

Al extremeño Miguel Ángel Perera, para su desgracia -y, viendo su hasta ahora floja temporada, para más inri-, le tocó el mal lote. El impresentable por mal hecho segundo se comportó como correspondía a sus hechuras y a su corto y montado cuello: rebrincado, sin humillar, protestón y rajado. La mano baja del adversario hundió al toro en su miseria. El pero de Perera: descargó la suerte de manera sistemática. De hecho, también lo hizo con su segundo, el quinto, templado de salida que se vino arriba en banderillas para quedarse sin combustible cuando el cronómetro empezó a correr. Se recogió y encogió, como evidenciando el mal que en él habían hecho los ingredientes que aseguran encierros seguros. Y habría muerto sin necesidad de estocada.

Seis toros de Fuente Ymbro: primero abierto de sienes, nada exagerado; segundo mal hecho, atacado; tercero bajo, bien conformado, cuarto serio, gordo; quinto armónico; sexto feo.
Miguel Abellán (blanco y plata): Oreja, oreja con petición de la segunda.
Miguel Ángel Perera (verde botella y oro): Silencio tras aviso, silencio.

Iván Fandiño (gris plomo y oro): Silencio y silencio tras aviso.

domingo, julio 05, 2015

Peligro: San Fermín

Se acerca San Fermín. Un día para el chupinazo y dos para el primer encierro -este año será Jandilla quien abra la veda. Y después, lo de siempre: encierros de martes a domingo, terminando con Miura, exceso de afluencia y de inconsciencia de quienes no saben leer el peligro en el toro. Habrá quejas, y tendrá que haberlas, por la nula limitación del acceso al recinto que correrá el sexteto. Viejas costumbres que nunca cambian. Las quejas, si nada las remedia, no cesarán, especialmente si tienen razón de ser. Así que precaución, porque San Fermín no sólo es vestirse de blanco, ponerse un pañuelo rojo al cuello, calzarse unas zapatillas y a correr. San Fermín es peligro, es cornadas y es muerte. Aunque habitualmente no tenga efecto, siempre está ahí, escondida, vigilando desde las vallas de protección a quienes se lanzan a la carrera junto a un toro. Correr un encierro en Pamplona (con el toro de Pamplona) puede valer una semana de hospital y un mes en cama. O puede valer salir con los pies por delante hacia tu tierra para ser enterrado. Es la crudeza del toro y el riesgo que entraña acercarse a una bestia indómita. El espectador no debe ver un encierro en Santo Domingo, Mercaderes o Estafeta; debe alejarse del peligro y verlo, en todo caso, tras las vallas situadas al uso. O mejor aún, en un balcón de cualquier calle principal con un buen desayuno, aunque eso, claro, está al alcance de pocos.

Claro que en los últimos años hemos observado una evolución un tanto sospechosa de los sanfermines. Quizá el recorrido descrito por los toros sea excesivamente uniforme para ser natural y pueda inducir a la sospecha de algún tipo de manipulación que en ningún caso es demostrable. Nadie puede asegurar que los toros corren el encierro de manera natural, sin sedación alguna de por medio: eso nunca lo sabremos. Pero un encierro es peligroso per se, y un cornúpeta sedado sigue siendo un cornúpeta y encima pamplonica: con su enorme seriedad, gran tamaño y aún mayor fuerza. Fortaleza como para zarandear a una persona sin más esfuerzo que un movimiento de cuello.


San Fermín es una fiesta grande, pero puede ser igualmente triste y trágica. O sin llegar a la muerte, dramática. Es necesario hacer un llamamiento a la precaución, una concienciación de quienes piensan participar en encierros sin la debida preparación. Y eso es lo que quiero hacer desde aquí: un llamamiento al predominio de la razón sobre el atrevimiento, sobre las decisiones espontáneas tomadas por personas alcoholizadas e inconsecuentes. Una apelación a la fiesta sana en el sentido más estricto de la palabra: sin cornadas, hospitalizaciones y por supuesto sin funerales. Quien no haya empezado a trabajar en el físico hace varios meses ya llega tarde. Deberá pensar mejor si merece la pena sacrificar su vida y el sufrimiento de quienes le rodean por ver al toro a dos en lugar de a cinco metros. Sean listos, usen la cabeza. Y, ante todo, disfruten.

sábado, julio 04, 2015

La importancia del toro

Sucesos sin duda espantosos los acontecidos la semana pasada en fiestas de distintos pueblos de España. En La Ampolla, Tarragona, un octogenario recibió dos fuertes cornadas que le provocaron una pérdida de sangre catastrófica; dos días después del percance, fallecía en un hospital de Tortosa. En el municipio extremeño de Coria, como todos saben a estas alturas, un hombre de 42 años fue corneado varias veces de manera letal. Las imágenes, difundidas a troche y moche, están en la cabeza de todos.

Estas noticias sobrecogedoras se convierten en la excusa perfecta para arremeter, sin conocer las características particulares de cada caso, contra quienes han muerto corneados por inconscientes y contra quienes planearon estos festejos con medidas de seguridad muy livianas. Pero es necesario recordar que no existen medidas suficientemente seguras para los eventos en los que el protagonista es una fiera brava que tiene por deber coger y, si puede, matar, o al menos tan seguras como para garantizar al mismo tiempo la posibilidad de presenciar o tomar parte del evento y la total garantía de que nadie saldrá corneado o con los pies por delante. Cuando el epicentro de un festejo popular tradicionalmente arraigado es el toro, todo aquel que participe de algún modo debe ser consciente del riesgo que ello entraña. La presencia de la muerte es inevitable y, por ello, la principal labor de la autoridad correspondiente debe ser la precaución y la concienciación de los participantes. Podría actuar, en todo caso, evitando la participación de borrachos inconscientes que buscan simple peligro sin estar en plenas facultades y que pueden acabar muertos. Ninguna otra medida de seguridad sería lícita, porque los actuales alcaldes de los pueblos en los que se celebran festejos con toros bravos no son quiénes para modificar a su antojo las normas históricas de esos festejos, que al fin y al cabo son normas arbitrarias y autosuficientes, en tanto que existen por su vigencia y no por figurar en ningún papel o documento oficial.

Claro que ahora, como estamos en España, aparecen los clásicos gañanes sabelotodo que, a toro pasado, advierten del peligro y claman la prohibición de estos espectáculos. Qué tradicional comprobar que la costumbre de buscar culpables y desearles los peores males se mantiene vigente en un país envidioso y revanchista. Al grito de “es que esto se venía venir”, se autoproclaman sabios conocedores de los incuestionables riesgos que se asumen en eventos con toros de lidia y culpan a quien haga falta de los peores desastres: cargan incluso contra el octogenario y el hombre de 43 años que resultaron muertos. Amigos gañanes: estas personas son pobres víctimas de la cuestionable implicación de los gestores a la hora de desarrollar la campaña de concienciación (que no regulación) necesaria antes de soltar al toro por las calles. Pero no haber realizado esa campaña o no haber logrado que tuviera eco no debe tener responsabilidad penal ni económica porque, a fin de cuentas, nadie que no estuviera en el pueblo murió, es decir, que ambos fallecidos escogieron libremente estar en el sitio equivocado en el momento equivocado. Su libertad no los hace culpables pero tampoco culpabiliza a quien nada pudo hacer para evitarlo. ¿Acaso alguien se atrevería a afirmar que si hubiera habido carteles recomendando no participar estos hombres no habrían muerto?

El hombre compone y el toro descompone, se suele decir. Cuando hay toros de por medio, como si hubiera pumas, tigres, leones o elefantes, la responsabilidad no recae sobre quien organiza ese festejo porque es tradición que así se haga. Pero tampoco es necesario culpar a quien ya está muerto y decidió deliberadamente acudir al lugar del que saldría en brazos. No hay culpables. Estos sucesos, tristes y trágicos, simplemente suceden.
 
 
 

domingo, junio 28, 2015

Inocente afición

En la inmensa belleza del valle de Villaverde, al oeste de Vizcaya y casi limítrofe con Cantabria, se encuentra un pequeño pero entrañable y cuidado pueblo de nombre Trucíos. Tras intensos trabajos de acondicionamiento por la mañana, su plaza de toros acogió hoy una novillada de Fuente Ymbro matadas sin picadores por Alfonso Cadaval y Carlos Llandres. Qué casualidad, un festejo organizado por la Comisión Taurina en el que pone los toros el gran amigo que, de vez en cuando, les da cobijo en Cádiz. El mundo es un pañuelo.

Presentación cuestionable: novillos bastos y chicos, especialmente primero y segundo. Los cuatro fueron escandalosamente afeitados hasta convertir las puntas en desagradables muñones. Atrás queda la verdad asociada a un traje de luces y al peligro mortal que dentro de él se corre; hoy, para nuestra desgracia, no sólo en festivales se mutila. Aunque no se quiere, se puede sacar gachos, bizcos o corniapretados en puntas, para mantener así la tan denostada integridad. Quizá, sólo quizá, la manipulación sea resultado del amiguismo entre presidente, ganadero, apoderados y demás organizadores. Quizá. Perder, pierde el de siempre, el mismo que paga inocentemente.

Alfonso Cadaval se enfrentó a un bronco abreplaza que esperó en banderillas y apuntó a manso. Lo fue. Tras brindar al público, quiso alargar la embestida del oponente mostrando buen concepto y ganas; tantas que, excesivamente apabullado y acelerado, no transmitió la tranquilidad y el desparpajo que el espectador necesita para apreciar la estética de un pase. Su segundo, tercero de la tarde, fue el mejor de la corrida y le superó: una desordenada lidia y las dudas del torero, que pecó de esperar con la muleta retrasada y de abrir huecos a troche y moche, enseñaron al oponente y su dulce nobleza con boyante movilidad se convirtió de pronto en guasa mirona del que no coge pero sabe el truco. Se pidió y concedió una oreja pero, pese a la insistencia del ganadero hacia su amigo y presidente Matías y a pesar del infantil pique del padre del joven, no se otorgó una desmerecida segunda. A espadas, dos esperados sainetes. La muleta ha de ir a la pezuña y la espada no tan tendida. Se dice fácil.

Superó a Cadaval una buena versión de Carlos Llandres, que sustituyó a un misteriosamente ausente Emilio Silvera. Transparencia. Fue su primero el preferido del ganadero, un novillo que tropezó varias veces durante la magnífica brega de Venturita y se agarró al piso. Mas cuando quedó a solas con el matador, la virtud de su fijeza creció exponencialmente para unirse a la nobleza y humillación. Llandres corrigió los deslucidos finales en dos encajados naturales propios de quien está tocado por la varita mágica. Dos orejas a la torería y la pureza de un recién mayor de edad. Cerró plaza un encastado reponedor que exigió sitio, mando y piernas, para superar a un joven sin rodaje ni oficio. Dos meritorias estocadas traseras ahorraron a sus dos novillos el sufrimiento con que la otra pareja tuvo que tragar.

Cuatro bastos y desmochados novillos de Fuente Ymbro, de interesante comportamiento: primero manso rebrincado, justo de recorrido; segundo noble humillador; tercero con guasa y cierto peligro; cuarto encastado reponedor.
Alfonso Cadaval (gris plomo y oro): Silencio y oreja.
Carlos Llandres (azul turquesa y oro): Dos orejas y oreja.

Se aplaudió a todos los toros en tarde soleada con tres cuartos de plaza.

jueves, junio 25, 2015

Manzanares impuso el criterio


No es fácil plasmar en el papel la emotividad de un festejo taurino que necesita ser contextualizado para ser comprendido. Y menos aún cuando quien escribe no se encuentra particularmente emocionado al contemplar la repercusión emocional de dicho festejo. Pero urge advertir, antes de analizar la última de la feria de Hogueras 2015, que hoy no fue un día cualquiera: en homenaje al recientemente fallecido José María Dols Abellán, de nombre artístico José Mari Manzanares, se unió en el cartel a sus hijos Manuel y José María, para cerrarlo con ese hijo adoptivo, esa persona que siempre estuvo cerca de él: Enrique Ponce. Un valenciano completando un cartel en Alicante, el feudo de los Manzanares, el epicentro de la tauromaquia de padre, hijo y -quién sabe- nieto.

Es comprensible que la corrida de hoy levantara tanta expectación. Con retraso causado por una muchedumbre agolpada sin restricción en el patio de cuadrillas comenzó el festejo, en un paseíllo amorfo -un caballo y dos de a pie- a cuyo final se agolparon en el ruedo periodistas y profesionales del mundo del toro para escuchar el himno de Alicante. La escena sólo puede ser comprendida desde la óptica de un público que rendía hoy un homenaje a su más admirado torero.

Pasaban veinte minutos de las siete cuando salió el horriblemente despuntado primero, de Fermín Bohórquez, procedencia Murube. En una salida a intenso galope que nadie interrumpió se desfondó, perdiendo las manos en repetidas ocasiones y pegándose dos feas costaladas. La actitud de Manuel Manzanares no sirvió para emocionar al público. Tres pinchazos y un descabello certero mandaron al toro al desolladero bajo leve pitada. Tampoco tuvo excesiva fuerza el cuarto, que nuevamente perdió fuelle tras una salida con pies y se vino abajo excesivamente pronto. Sirvió, no obstante, para que Manzanares le echara una actitud irreprochable y cortara, bajo influencia de un ambiente festivo y cariñoso, dos orejas que evitaron el regalo de un sobrero.

Las hechuras del segundo, de Núñez del Cuvillo, apuntaron a que embestiría, a pesar de su escasa presencia. Casi tanto como su fuerza. No hubo protesta en el primer tercio y la mansedumbre se hizo evidente a lo largo del segundo: tuvo querencia a tablas e hizo hilo en los tres pares. Comenzó la faena "de médico" de Enrique Ponce, que cuidó al burel con la mano a media altura y toreo rectilíneo, a favor del toro. La faena fue tan inteligente como larga e incomprensiblemente paciente: si un toro flojea no debe ser mantenido más de diez minutos en el ruedo, sino dado muerte tan rápido como el público advierta dicha flojera. Apretó el de Chiva en los últimos compases y logró cortar dos orejas a pesar del aviso. También sonó aviso en el quinto. El ejemplar, aun cuellicorto y lavado de cara, tuvo más presencia que los anteriores. La magnífica brega de Jocho y la lidia a medida de las exigencias del astado ayudaron a que se entregara en la muleta con entrega, movilidad y repetición. El temple de un Ponce excesivamente al hilo que abusó del pico le sirvió para emocionar al respetable y para recibir una calurosa ovación a la que siguió una vuelta al ruedo. La Puerta Grande, al fin y al cabo, ya estaba asegurada.

Fue el tercero un manso que tuvo su chispa hasta que cantó la gallina y huyó a las tablas. La correcta elección de terrenos de José María Manzanares retrasó la inevitable capitulación del oponente. No quería guerra. Y sin embargo, regaló embestidas con humillación que se encontraron con un torero inseguro y dubitativo que usó el viento como excusa. Cortó dos orejas gracias a unos circulares horribles que Alicante disfrutó. El cierraplaza, como el quinto, fue un toro bien hecho, más rematado y con más cuajo que los impresentables segundo y tercero. El buen puyazo de Barroso y las banderillas lucidas de Curro Javier y Luis Blázquez (que, de hecho, saludaron) predispusieron al público hacia un triunfo que implicaba la perfección del homenaje a José María Manzanares padre. Faena en los medios del hijo a un manso enclasado con nobleza y repetición. Periférico, al hilo y ventajista, el alicantino supo medir el temple y aprovechar las embestidas de un toro que parecía hecho a medida: su mansedumbre le hacía abrirse al llegar al embroque y su pitón izquierdo era ostensiblemente peor que el derecho (cualidad de la que Manzanares y su incapacidad para decir algo al natural sacaron provecho). Dos orejas más y alocada petición de rabo.

Hasta aquí el análisis objetivo. Pero es necesario, por los motivos ya expuestos, recordar que la corrida fue un homenaje a un gran torero que aún reside en la memoria de los aficionados, con más énfasis (si cabe) en la de los alicantinos. Hoy, objetividad aparte, Manzanares padre y las emociones que su muerte suscitaron marcaron el criterio.

Alicante, a 24 de Junio de 2015. Casi lleno. Dos toros de Fermín Bohórquez: primero justo de presentación; cuarto cerrado de pitones y cómodo por delante; y cuatro toros de Núñez del Cuvillo: segundo muy bajo; tercero impresentable por cerrado de sienes, lavado de cara y gacho; quinto más serio, cuellicorto; sexto bien hecho, bajo y de hechuras aceptables:

Manuel Manzanares: Ovación y dos orejas.

Enrique Ponce: Dos orejas tras aviso y ovación tras aviso.

José María Manzanares: Dos orejas y dos orejas.