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lunes, octubre 26, 2015

Estoicismo en potencia

La escuela de los estoicos es una de las más destacables filosofías helenísticas, sucesoras de la filosofía griega, origen de todo pensamiento, y predecesoras del medievo. El estoicismo es fácilmente resumible en una palabra: ataraxia. La ataraxia es la asunción y aceptación de un destino, un logos irreprochable, un guión que establece el desarrollo de los tiempos. Y se basa, por encima de todo, en la imperturbabilidad, con lo que conlleva la anulación de sentimientos, pasiones y cualquier otra sensación irracional que pueda alterar la tranquilidad. Porque no tiene sentido preocuparse, entristecerse, enfadarse o incluso alegrarse si nuestro destino no depende de ello. Si, queramos o no, el logos está escrito.

Es Alberto López Simón un verdadero estoico. Por la pasividad en sus formas, por la inexpresividad de sus gestos, pero también por la honestidad en sus palabras y actos. López Simón encarna a la perfección el pensamiento estoico del que se impregnó en su formación como torero un tal José Tomás, matador de Galapagar. Y ambos encarnan como nadie los valores taurómacos por excelencia: la nobleza y la honradez. Cada cite, cada pase, es un acto de respeto, del toro respecto al torero a través de noble franqueza, y del torero respecto al toro, mediante quietud honrada, aunque la espera se eternice, aunque el miedo se apodere. Miedoso es quien no controla su mente. Ni José Tomás ni López Simón son miedosos, aunque tengan miedo. Porque es parte de su estoicismo el mantener los pies en el suelo y asumir un destino ya escrito. Saber que, si llega la cornada, llegó.

Entre ambos, a pesar de sus similitudes, hay muchas diferencias. López Simón está muy por encima de José Tomás. Porque mientras que el de Galapagar tapa sus carencias con arrojo insensato, el de Barajas quiere torear bien. Y parece que sabe. Sólo un mal lote acaba con su paciencia, y es ahí cuando llega la exposición sin tapujos del cuerpo, la suerte cargada, la femoral en la natural trayectoria rectilínea del toro. Si un toro dibuja una cornada a Alberto, Alberto se quita, porque ser cogido no es su objetivo: es, en todo caso, el riesgo colateral de la profesión que ejerce, o mejor dicho, del modo de vida artístico que libremente eligió.

Si López Simón se sometiera a la campaña de prensa que tanto dinero ha dado a José Tomás, ambos describirían una trayectoria con grandes paralelismos. Pero, mientras que el oscurantismo envolvente de José Tomás ha engrandecido en exceso su leyenda, con López Simón no haría sino empequeñecerla. José Tomás no da para más. El mito creado en torno a su personaje es superior al personaje en sí, y de ahí el perpetuo escondite. López Simón, en cambio, puede superar el personaje de José Tomás. Puede añadir, al estoicismo que caracteriza a ambos, una dosis de inteligencia torera, además de temple y poder en la muleta, cualidades ambas de las que el de Galapagar carece.


Y para ello, Alberto sólo necesita dos cosas: mantenerse en su sitio, sin dejarse embaucar por el peligroso sector, y la compresión del aficionado. Ambas complicadísimas. Porque el sector es como un banco lleno de billetes, y es complicado mostrarse reticente a entrar. Y porque el aficionado, en ese arrebato de purismo y clasicismo como valores únicos, no entiende el heroísmo en sí. Se sujeta a la crítica permanente, como si ella fuera la mejor muestra de calidad de afición. Como si elogiar fuera intrínsecamente negativo.  Como si la crítica empedernida con cansina constancia fuera capaz de tapar otras carencias.

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