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lunes, octubre 26, 2015

Filósofo simplón

Jesús Mosterín es esa clase de persona que critica sin conocer. Se hace llamar filósofo un personaje capaz de menospreciar a sus interlocutores mediante insultos ofensivos. Y es, para colmo, un antitaurino exacerbado. Publica de vez en cuando algún artículo en El País, porque tal es el declive de este medio que contrata ya articulistas toscos, groseros e incapaces de informarse apropiadamente sobre el tema que tratan.

Era cuestión de tiempo que Mosterín se metiera con la fiesta de los toros en alguno de sus pobres artículos. Bajo el título "Mitos de la tauromaquia", el pasado 27 de Septiembre intentó derrumbar cuatro pilares de un arte histórico y evidentemente cultural como si su escaso conocimiento del mismo le permitiera analizarlo con profundidad. Si ese fue su objetivo, en cualquier caso, no lo consiguió. Sólo pudo escribir un artículo superficial lleno de generalidades fútiles que llenan la boca de los antitaurinos más rebeldes con palabrería vacía de contenido y veracidad.

El artículo, que procedo a desmontar, arranca fuerte: "espectáculo público de la tortura sangrienta, cruel y prolongada de un mamífero superior capaz de sentir dolor". Claro, Jesús, pero desconoce usted el umbral del dolor del toro bravo, porque no es el mismo que el suyo. E ignora al mismo tiempo que, si para el humano no hay peor sentimiento que el dolor, en el caso del toro de lidia hablamos de una sensación que motiva la lucha, la pelea, aunque pueda costar la muerte. Sigue: "en la suerte de varas el picador martiriza al toro hundiendo la garrocha en su carne, rompiéndole los músculos del cuello". Señor Mosterín, no se pica en el cuello, sino en la cruz, justo tras el morrillo. Si usted no conoce el toro de lidia, escriba sobre otra cosa. El párrafo inicial -y, a la postre, el más jugoso en contenido- termina calificando a los matadores de "carniceros patosos". Y menos mal que es filósofo.
Llega el momento de los mitos: "El primer mito es el de la presunta agresividad del toro (...). Como rumiante que es, el toro es un especialista en la huida, un herbívoro pacífico que sólo desea escapar de la plaza y volver a pastar y rumiar en paz". Vaya por Dios. Resulta que Jesús, desde el ordenador de su casa, sabe más de campo que los criadores del toro de lidia. Porque ellos pueden asegurar que el toro es peligroso en el campo. Que si bien en grupos grandes suelen sentirse seguros, en la soledad del abochornado -marginado tras perder una pelea contra otro toro- la agresividad se apodera del astado y arremete contra quien se encuentre en su camino. Ganaderos incluidos. La mayoría han sido cogidos o corneados alguna vez.

"El segundo mito es la ficción de un combate que no existe. El espectáculo taurino -aquí debió decir taurómaco- resultaría imposible, a no ser por la panoplia de torturas a las que se somete al pacífico animal, a fin de irritarlo y volver loco de dolor, a ver si de una vez se decide a pelear". Mosterín se acaba de contradecir, porque lleva dos párrafos viendo al toro con un enfoque humano y, al menos desde ese punto de vista, no tiene sentido que cuanto más dolor sienta más tienda a pelear. Porque en un humano la relación entre el dolor y la aflicción es directamente proporcional, o lo que es lo mismo, el dolor aflige, acobarda, reprime. El dolor no impulsa a luchar a un humano. Sí lo hace, claro está, con un toro bravo, porque esa es su naturaleza, la de la lucha hasta la muerte. Por mucho que a muchas mentes modernas llenas de paja les cueste entenderlo. Un humano debe entender al toro como especie, no como individuo.

En el tercer mito, Jesús Mosterín cuestiona que corran el mismo riesgo el toro y el torero. Y, para hacerlo, recurre a un dato histórico: el último matador de toros muerto en una plaza fue José Cubero "Yiyo", y desde ese día han pasado 30 años. Lo dice como si la muerte de un torero en manos de un toro fuera demasiado poco habitual. Como si, en su animalismo alocado y prácticamente antihumano, terminara por desear la muerte de un ser humano a costa de salvar la de un animal. Y como si, de alguna manera, tal deseo se colara por una rendija de su inconsciente y asomara en su artículo. En cualquier caso, Mosterín olvida o quiere olvidar que si los toreros no mueren por asta de toro es por los avances en la medicina que existen desde hace décadas. En eso, la muerte de Yiyo fue una excepción marcada por un pitón atravesando un corazón, que dejó al madrileño tan cerca del abismo que remar contracorriente se antojó imposible. Sin la medicina, es decir, con la fiesta de los toros actual pero hace cien años, habrían muerto o habrían corrido serio riesgo recientemente David Mora, Jiménez Fortes o Perera. Y eso no es un juego, al contrario del antitaurinismo de este intento de filósofo. Las cornadas y su incuestionable peligro son verdad.

Termina el artículo con el cuarto y último mito: "Que todo lo tradicional, por cruel y abominable que parezca, está justificado por ser cultural (...). Tan poderosa es la cultura que puede convertir a un hombre adoctrinado en un mártir suicida (...). También puede sobreponerse al natural sentimiento de compasión". ¿Por qué habla de suicidas justo después de afirmar que el torero no corre un riesgo real? ¿Y por qué compasión? La Real Academia la define como "sentimiento de conmiseración y lástima que se siente hacia quienes sufren penalidades o desgracias". Un animal, sin derechos reconocidos y con manifiesta inferioridad moral y racional -nadie tendrá el valor de cuestionar esto-, no responde a ese "quienes". "Quienes" se aplica a individuos, a mentes más o menos pensantes, no a hipotéticos rumiantes pacíficos. Otra contradicción.

Y lo peor: para Mosterín los toreros son "hombres adoctrinados". Habla así de valientes que se juegan el pellejo por la realidad devaluada del arte sin igual, por la creación de belleza mediante la exposición del cuerpo y la cercana posibilidad de la muerte. ¿Con qué derecho se cree el filosofillo para hablar de adoctrinamiento? ¿No es adoctrinamiento entonces su afición por la filosofía? ¿Inculcar algo es adoctrinar o simplemente guiar? ¿No fueron los matadores libres para elegir si ser o no ser toreros? Mosterín no sabe, Mosterín no contesta.


La fiesta de los toros está llena de mierda. Pero por ahí, amigo, no van los tiros.

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