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lunes, octubre 26, 2015

Indulto

Cosas de las modas. De repente, sin venir a cuento, en aparente respuesta a los ataques antitaurinos a la fiesta, nos da por indultar a lo loco, a diestro y siniestro, sin cabeza. Indultar por comportamientos bobalicones y toreables, dejando de lado la auténtica bravura. La que, elevada a la quinta exponencia, sólo se demuestra en pelea brava empujando el caballo.

Indultamos como si eso nos salvara, cuando la propia presidenta del PACMA dice que sería absurdo mantener la tauromaquia sin la muerte. Pasa en Portugal, y es hasta peor. Como defiende Francis Wolff en su libro 50 razones para defender las corridas de toros, el toro bravo sufre incluso más por el estrés que por el dolor. Y el estrés del transporte hasta la plaza, la lidia en la misma y el camino hasta el matadero es peor que el dolor que causan dos puyazos, seis banderillas y una estocada.
Así que indultar no salvará la fiesta. Más bien al contrario, la devaluará, porque la exigencia para con el comportamiento de toro disminuirá progresivamente hasta llegar a un mínimo absurdo. Y perdida la exigencia, perdida la esencia. Perdido el rigor que soporta la tauromaquia como evento cultural. Una tauromaquia con indultos por doquier derivará en una fiesta triunfalista.

La tauromaquia de los indultos alegrará a los alocados antitaurinos en su cruzada contra la Muerte o contra su representación. La Muerte es para los antitaurinos una malévola señora que debe permanecer escondida bajo el luto que otorga la oscuridad. Oscuridad como la que existe en un triste matadero en el que los animales desfilan en busca de una bala en la cabeza o un machetazo en el cuello que en el acto lo parta en dos. Grotesco. Esta neo-tauromaquia también logrará satisfacer los caprichos de los matadores a los que irrita que los trofeos dependan considerablemente de la suerte suprema. Suprema.

Indultar será un giro al fútil triunfalismo que satisfará a la prensa del sector. Esa prensa rancia, obstinada en la vil mentira como base de un sistema corrupto. El dinero lo es todo. El fin de obtenerlo justifica los medios, aunque traicionen cualquier código deontológico periodístico. Mentir por mentir para ganar por ganar. O para permitir que otros ganen mucho a costa de hundir el negocio del que vive precisamente esa prensa calzonazos.


A esa prensa calzonazos le gusta el triunfalismo porque la defensa de un espectáculo festivalero forma parte del camino trazado por las figuras del toreo -bien lo manifiestan las declaraciones de Perera en las que pide triunfalistas en los tendidos. De ahí la campaña de la prensa que rodea al mundo del toro, en especial la de un medio que une ambas palabras. Y cuando una idea gusta a prensa, matadores y opositores, estamos jodidos. El triunfalismo es el futuro degradado de la tauromaquia, y su mayor representación es el indulto alocado.

Despolitizar la fiesta

Me quedé impresionado. Andaba yo por Salamanca, en una pequeña calle, Rector Tovar. Allí me crucé a alguien que no identifiqué, pero que dejaba a su paso un olor a puro de espanto. A habano recién fumado, o en proceso de serlo. Algo por el estilo. El tufo del señor me recordó a las plazas de toros. En ellas puso mi mente. Me vi en mi Vista Alegre querida, la de mi infancia, o en La Glorieta de Salamanca, más reciente. Me vi asistiendo a una faena de, qué se yo, El Juli, con El Gato Montés de fondo y el señor del puro delante. O detrás. Tuve por un instante la sensación de que ese olor carca, desfasado, a bar viejo y putrefacto, de madera roñosa, iluminación escasa y tabernero inculto, por algún motivo, constituye un impedimento para acercarse a las plazas.

Y entiéndanme. El olor a puro no es exclusivo de los santuarios taurinos, pero sí característico de ellos. Casi inherente. Ese aroma a ceniza está ahí. Nadie dejará de ir a una plaza por la incomodidad del puro. Yo voy a los toros sin que me guste su olor, y aunque frecuentemente maldigo el puro y a Cuba entera, lo soporto sin problema. La afición, supongo.

El impedimento está más allá. En lo que representa el puro, en tanto que carca, desfasado, intrínseco de bar viejo y putrefacto -como ya he dicho-. En lo que rememora. El puro es la representación de lo antigua que se nos queda la imagen de la fiesta. Porque el festejo en sí no es viejo, todo lo contrario: conserva tradiciones pero evoluciona constantemente. Incluso involuciona, para algunos pesimistas. Pero es dinámico.

Lo que no es dinámico sino completamente estático es la proyección de la fiesta de los toros al exterior. No hemos conseguido que parezca de nuestro siglo, y los nuevos intentos de hacerlo son catastróficos. Hablo de tonterías como cortar orejas más pequeñas o penalizar los excesivos intentos con la puntilla. Todo eso son chorradas. Lo importante no es adaptar la fiesta a los tiempos que corren suavizándola -eso es, en todo caso, una simple prueba de que se la sociedad se ablanda, se convierte a la pusilanimidad. Lo importante y necesario es actualizar su imagen.

Y la imagen de la fiesta, nos guste o no, lleva a Franco. A esos tiempos antiguos representados -para mí- por ese asqueroso olor a puro. Y lleva a Franco erróneamente, claro, pero en España nos gusta más lo erróneo que lo acertado. Había toros antes de Franco y los sigue habiendo después. Pero ocurre que el tradicionalismo presente en cualquier rito taurino parece convertir a los aficionados al más rancio sectarismo conservador. Conservadurismo que a ojos de quienes se oponen tiene que ver con Franco, o con la idea de España, o qué se yo. Con lo que ellos llaman fachas. Con lo que todo el mundo llama fachas.

Por eso no conviene politizar la fiesta. Porque parece que las opiniones políticas del grueso de aficionados se decantan hacia el conservadurismo que la mayoría ignorante -como todas las mayorías- relaciona con Franco. En su regla de tres, si los aficionados son "unos fachas", la fiesta es de derechas y ergo es franquista. En su mierda de regla de tres. En un silogismo erróneo, pero presente. En una especie de entimema aceptado socialmente.


Y entiéndanme, de nuevo. No me he pronunciado políticamente. No he dicho que esté en contra del franquismo -si bien lo estoy-. Sólo demando, buscando un futuro para la fiesta que tanto amo, la despolitización de la misma. La evitación de un conflicto más. Y eso no depende empresarios, apoderados y demás. Eso depende de la afición.

PACMA y sus ridículos

Ridículo tras ridículo, miembros y votantes del PACMA, el Partido Animalista Contra el Maltrato Animal, se resisten a dejar de hacer el tonto. A dejar de quedar como auténticos lelos en actos o manifestaciones fallidas, en manipulaciones tergiversadoras y en palabrería barata evidentemente falsa. Se resisten a pensar por sí mismos.

Con el auge del antitaurinismo del que es culpable la prensa llegó el archiconocido Toro de la Vega, manifestación tradicional del valor de un pueblo frente a una fiera que recorre sus calles. Así, al menos, lo ven los habitantes del pueblo, quienes secundan dicha tradición y tienen o deben tener pleno derecho a ejercerla. Nadie tiene autoridad moral para prohibir un festejo. Que joder, estamos en España, y nos gusta decir que aquí hay libertades.

Libertad como la que existe en Tordesillas el día del festejo popular. Uno se mueve por el pueblo antes de las once de la mañana sin restricciones, siempre que sea mayor de edad y esté dispuesto a enfrentarse a la bestia liberada a esa hora. Aprovechándose de esa libertad, los antitaurinos decidieron bloquear el paso e incluso atarse con esposas. Todo esto rodeado de insultos. Sádico por aquí, hijo de puta por allá, asesino y tal y cual. Lo típico. Hubo entre ellos un iluminado que decidió no sólo atarse sino, además, tirar la llave con la que poder soltarse al río. Estando en pleno paso del toro. El muy idiota. Y el animal, independientemente de que hubiera un bobo jugándose la vida por defender a un bicho que no salvaría la suya, fue liberado a la hora en punto y recorrió las calles del pueblo como mandan los cánones. Así que el susodicho, chistoso además de botarate, acusó a los organizadores de intento de asesinato. Asesinato dijo. Conociendo las normas. Asesinato llamó a su inconsciente intento de suicidio.

El resto de "activistas", porque así se hacen llamar, salió por patas en cuanto vio venir al toro. A ese animal que, cuando están en su casa en el centro de su ciudad -porque de campo ni puta idea- llaman pacífico y tranquilo. Herbívoro indefenso, y demás. No les valen dos brochas por pitones como defensa. El caso es que vieron a Rompesuelas y se cagaron como auténticos cobardes. En lugar de hacerle varias caricias y susurrarle al oído que todo había acabado. Y que ya se lo llevaban a casa y le daban un huesito para que se entretuviera.

No piensen que esto es todo; muy al contrario, el historial de ridículos es amplísimo. Empezando por el vídeo de un colgado acariciando a un morucho que venden como la prueba definitiva de que el toro de lidia es pacífico. Que viene siendo como si acaricio a una ballena y lo uso como argumento de lo bien que se comportan los delfines con los humanos. También tenemos al típico listillo que roba en Internet una estampa de acoso y derribo con palos de madera sin punta y lo vende en Twitter como el entrenamiento de los lanceros de Tordesillas.


Porque Twitter es a todas luces el mayor escaparate de la estupidez humana. Un escaparate muy particular, ya que es al mismo tiempo una fábrica de estúpidos. Allí se retroalimentan de gilipolleces los animalistas, soltando falsedades que el común de las personas creen firmemente y a ciegas. El problema no es lo que escriben los altos cargos del PACMA o los activistas que les secundan -a quienes por cierto contamos con los dedos de una mano-. El problema es que, en la sociedad de medios, de instantaneidad, de inmediatez de la información y fugaz desaparición de la misma, no hay tiempo para contrastar, y quien no tiene dos dedos de frente se cree a pies juntillas todo lo que lee. La sociedad se gana a través de las redes. Y en eso hasta los ridículos animalistas nos han comido la tostada.

Estoicismo en potencia

La escuela de los estoicos es una de las más destacables filosofías helenísticas, sucesoras de la filosofía griega, origen de todo pensamiento, y predecesoras del medievo. El estoicismo es fácilmente resumible en una palabra: ataraxia. La ataraxia es la asunción y aceptación de un destino, un logos irreprochable, un guión que establece el desarrollo de los tiempos. Y se basa, por encima de todo, en la imperturbabilidad, con lo que conlleva la anulación de sentimientos, pasiones y cualquier otra sensación irracional que pueda alterar la tranquilidad. Porque no tiene sentido preocuparse, entristecerse, enfadarse o incluso alegrarse si nuestro destino no depende de ello. Si, queramos o no, el logos está escrito.

Es Alberto López Simón un verdadero estoico. Por la pasividad en sus formas, por la inexpresividad de sus gestos, pero también por la honestidad en sus palabras y actos. López Simón encarna a la perfección el pensamiento estoico del que se impregnó en su formación como torero un tal José Tomás, matador de Galapagar. Y ambos encarnan como nadie los valores taurómacos por excelencia: la nobleza y la honradez. Cada cite, cada pase, es un acto de respeto, del toro respecto al torero a través de noble franqueza, y del torero respecto al toro, mediante quietud honrada, aunque la espera se eternice, aunque el miedo se apodere. Miedoso es quien no controla su mente. Ni José Tomás ni López Simón son miedosos, aunque tengan miedo. Porque es parte de su estoicismo el mantener los pies en el suelo y asumir un destino ya escrito. Saber que, si llega la cornada, llegó.

Entre ambos, a pesar de sus similitudes, hay muchas diferencias. López Simón está muy por encima de José Tomás. Porque mientras que el de Galapagar tapa sus carencias con arrojo insensato, el de Barajas quiere torear bien. Y parece que sabe. Sólo un mal lote acaba con su paciencia, y es ahí cuando llega la exposición sin tapujos del cuerpo, la suerte cargada, la femoral en la natural trayectoria rectilínea del toro. Si un toro dibuja una cornada a Alberto, Alberto se quita, porque ser cogido no es su objetivo: es, en todo caso, el riesgo colateral de la profesión que ejerce, o mejor dicho, del modo de vida artístico que libremente eligió.

Si López Simón se sometiera a la campaña de prensa que tanto dinero ha dado a José Tomás, ambos describirían una trayectoria con grandes paralelismos. Pero, mientras que el oscurantismo envolvente de José Tomás ha engrandecido en exceso su leyenda, con López Simón no haría sino empequeñecerla. José Tomás no da para más. El mito creado en torno a su personaje es superior al personaje en sí, y de ahí el perpetuo escondite. López Simón, en cambio, puede superar el personaje de José Tomás. Puede añadir, al estoicismo que caracteriza a ambos, una dosis de inteligencia torera, además de temple y poder en la muleta, cualidades ambas de las que el de Galapagar carece.


Y para ello, Alberto sólo necesita dos cosas: mantenerse en su sitio, sin dejarse embaucar por el peligroso sector, y la compresión del aficionado. Ambas complicadísimas. Porque el sector es como un banco lleno de billetes, y es complicado mostrarse reticente a entrar. Y porque el aficionado, en ese arrebato de purismo y clasicismo como valores únicos, no entiende el heroísmo en sí. Se sujeta a la crítica permanente, como si ella fuera la mejor muestra de calidad de afición. Como si elogiar fuera intrínsecamente negativo.  Como si la crítica empedernida con cansina constancia fuera capaz de tapar otras carencias.

Filósofo simplón

Jesús Mosterín es esa clase de persona que critica sin conocer. Se hace llamar filósofo un personaje capaz de menospreciar a sus interlocutores mediante insultos ofensivos. Y es, para colmo, un antitaurino exacerbado. Publica de vez en cuando algún artículo en El País, porque tal es el declive de este medio que contrata ya articulistas toscos, groseros e incapaces de informarse apropiadamente sobre el tema que tratan.

Era cuestión de tiempo que Mosterín se metiera con la fiesta de los toros en alguno de sus pobres artículos. Bajo el título "Mitos de la tauromaquia", el pasado 27 de Septiembre intentó derrumbar cuatro pilares de un arte histórico y evidentemente cultural como si su escaso conocimiento del mismo le permitiera analizarlo con profundidad. Si ese fue su objetivo, en cualquier caso, no lo consiguió. Sólo pudo escribir un artículo superficial lleno de generalidades fútiles que llenan la boca de los antitaurinos más rebeldes con palabrería vacía de contenido y veracidad.

El artículo, que procedo a desmontar, arranca fuerte: "espectáculo público de la tortura sangrienta, cruel y prolongada de un mamífero superior capaz de sentir dolor". Claro, Jesús, pero desconoce usted el umbral del dolor del toro bravo, porque no es el mismo que el suyo. E ignora al mismo tiempo que, si para el humano no hay peor sentimiento que el dolor, en el caso del toro de lidia hablamos de una sensación que motiva la lucha, la pelea, aunque pueda costar la muerte. Sigue: "en la suerte de varas el picador martiriza al toro hundiendo la garrocha en su carne, rompiéndole los músculos del cuello". Señor Mosterín, no se pica en el cuello, sino en la cruz, justo tras el morrillo. Si usted no conoce el toro de lidia, escriba sobre otra cosa. El párrafo inicial -y, a la postre, el más jugoso en contenido- termina calificando a los matadores de "carniceros patosos". Y menos mal que es filósofo.
Llega el momento de los mitos: "El primer mito es el de la presunta agresividad del toro (...). Como rumiante que es, el toro es un especialista en la huida, un herbívoro pacífico que sólo desea escapar de la plaza y volver a pastar y rumiar en paz". Vaya por Dios. Resulta que Jesús, desde el ordenador de su casa, sabe más de campo que los criadores del toro de lidia. Porque ellos pueden asegurar que el toro es peligroso en el campo. Que si bien en grupos grandes suelen sentirse seguros, en la soledad del abochornado -marginado tras perder una pelea contra otro toro- la agresividad se apodera del astado y arremete contra quien se encuentre en su camino. Ganaderos incluidos. La mayoría han sido cogidos o corneados alguna vez.

"El segundo mito es la ficción de un combate que no existe. El espectáculo taurino -aquí debió decir taurómaco- resultaría imposible, a no ser por la panoplia de torturas a las que se somete al pacífico animal, a fin de irritarlo y volver loco de dolor, a ver si de una vez se decide a pelear". Mosterín se acaba de contradecir, porque lleva dos párrafos viendo al toro con un enfoque humano y, al menos desde ese punto de vista, no tiene sentido que cuanto más dolor sienta más tienda a pelear. Porque en un humano la relación entre el dolor y la aflicción es directamente proporcional, o lo que es lo mismo, el dolor aflige, acobarda, reprime. El dolor no impulsa a luchar a un humano. Sí lo hace, claro está, con un toro bravo, porque esa es su naturaleza, la de la lucha hasta la muerte. Por mucho que a muchas mentes modernas llenas de paja les cueste entenderlo. Un humano debe entender al toro como especie, no como individuo.

En el tercer mito, Jesús Mosterín cuestiona que corran el mismo riesgo el toro y el torero. Y, para hacerlo, recurre a un dato histórico: el último matador de toros muerto en una plaza fue José Cubero "Yiyo", y desde ese día han pasado 30 años. Lo dice como si la muerte de un torero en manos de un toro fuera demasiado poco habitual. Como si, en su animalismo alocado y prácticamente antihumano, terminara por desear la muerte de un ser humano a costa de salvar la de un animal. Y como si, de alguna manera, tal deseo se colara por una rendija de su inconsciente y asomara en su artículo. En cualquier caso, Mosterín olvida o quiere olvidar que si los toreros no mueren por asta de toro es por los avances en la medicina que existen desde hace décadas. En eso, la muerte de Yiyo fue una excepción marcada por un pitón atravesando un corazón, que dejó al madrileño tan cerca del abismo que remar contracorriente se antojó imposible. Sin la medicina, es decir, con la fiesta de los toros actual pero hace cien años, habrían muerto o habrían corrido serio riesgo recientemente David Mora, Jiménez Fortes o Perera. Y eso no es un juego, al contrario del antitaurinismo de este intento de filósofo. Las cornadas y su incuestionable peligro son verdad.

Termina el artículo con el cuarto y último mito: "Que todo lo tradicional, por cruel y abominable que parezca, está justificado por ser cultural (...). Tan poderosa es la cultura que puede convertir a un hombre adoctrinado en un mártir suicida (...). También puede sobreponerse al natural sentimiento de compasión". ¿Por qué habla de suicidas justo después de afirmar que el torero no corre un riesgo real? ¿Y por qué compasión? La Real Academia la define como "sentimiento de conmiseración y lástima que se siente hacia quienes sufren penalidades o desgracias". Un animal, sin derechos reconocidos y con manifiesta inferioridad moral y racional -nadie tendrá el valor de cuestionar esto-, no responde a ese "quienes". "Quienes" se aplica a individuos, a mentes más o menos pensantes, no a hipotéticos rumiantes pacíficos. Otra contradicción.

Y lo peor: para Mosterín los toreros son "hombres adoctrinados". Habla así de valientes que se juegan el pellejo por la realidad devaluada del arte sin igual, por la creación de belleza mediante la exposición del cuerpo y la cercana posibilidad de la muerte. ¿Con qué derecho se cree el filosofillo para hablar de adoctrinamiento? ¿No es adoctrinamiento entonces su afición por la filosofía? ¿Inculcar algo es adoctrinar o simplemente guiar? ¿No fueron los matadores libres para elegir si ser o no ser toreros? Mosterín no sabe, Mosterín no contesta.


La fiesta de los toros está llena de mierda. Pero por ahí, amigo, no van los tiros.

Paralelismo alegórico

Decía Ortega y Gasset que "la historia del toreo está ligada a la de España, tanto que sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda". Yo añado: la tauromaquia es una metáfora a pequeña escala del mundo real, que adquiere tintes de alegoría. Ya saben, empresarios que mandan por encima de leyes, a los que no les importa un carajo lo que piense la gente -o el aficionado-, prensa que informa -o desinforma- en base a intereses económicos evidentes, y todo eso. El pan de nuestro cada día. Hay un aspecto en el que tenemos ventaja; en líneas generales, y sin entrar mucho en materia, el aficionado taurino se indigna ante la desvergüenza de empresarios prevaricadores, toreros manipuladores, ganaderos intolerantes, aficionaduchos sectarios y demás imbéciles que uno se encuentra a poco que acuda a dos tertulias, una corrida y un día de campo. El ciudadano medio, en materia política, es más bien pasivo. Incluso el ciudadano que en su afición taurófila tiene espíritu revolucionario y antisistema se pervierte en sociedad para tomar un aire reaccionario digno de estudio. Pero ese es otro tema.

Los empresarios que se ganan el pan programando espectáculos taurinos son los hermanos pequeños de los que se ganan el chalet fomentando el consumismo globalizado. Entre ellos hay notables semejanzas: desde la despreocupación por quienes les dan de comer hasta la más absoluta -y excesiva- ambición, que les lleva a tratar de abarcar el máximo poder posible con el objetivo de controlar fortunas con crecimiento exponencial. Así surgieron las multinacionales y los conglomerados de empresarios (la FIT, por ejemplo).

Además, se añade un matiz no perceptible a simple vista que comparten los ricachones del negocio del toro y el resto. Hablo de la alienación o enajenación que introdujo en el siglo XIX Karl Marx, la exteriorización de la actividad, del objeto y de la misma sociedad, que se traduce en empleos que no implican al trabajador -en tanto que él no participa en su acción, no puede imprimir su creatividad o su opinión- y en objetos producidos que pasan de las manos que lo crean a las que regentan el lugar en el que se crean, llevando esto a la alienación social, es decir, la división en dos clases de la sociedad: poseedores y desposeídos. La enajenación de la que sacan ventaja los señoritos de la tauromaquia se refiere al público, y se trata de un aislamiento del implicado en la cuestión, es decir, del aficionado, para sustituirlo por el mero espectador pasajero que va y viene ignorando cualquier ápice de sentimiento o filosofía relacionada con la lidia y muerte de un toro, y desconociendo también el reglamento que regula dicho proceso. Se enajena al aficionado, que desaparece de las plazas porque pierde la ilusión, y a la propia fiesta, porque pierde a su más fiel defensor y a quien verdaderamente es capaz de entenderla. La ventaja que otorga al empresariado que las plazas estén llenas de ignorantes fiesteros radica en las exigencias que a dicho empresario le llegan del otro lado de la mesa, o lo que es lo mismo, en las condiciones que los toreros van a imponer y que el empresario no se puede negar a cumplir. Al sentarse en el tendido gente menos entendida, las protestas hacia los abusos de las corruptelas del sistema son intrascendentes. Lo que olvidan los señores de sillón y whisky es que el público, además de pasajero, es frívolo, y sólo vuelve si, tomándose un copazo en el bar de la esquina, puede fardar de haber visto orejas, rabos e indultos.


Parece evidente que la crisis del sistema económico y social que llamamos capitalismo se puede extrapolar a la que sufre el sector taurino. Los paralelismos son tan grandes que nosotros mismos estamos aquejados de todos los males que padece el mundo: precariedad laboral (tuneleros, les llaman), corrupción a mansalva y concentración exagerada del poder. Habría que preguntarse por el futuro de una fiesta capitalista en cuanto a su organización el día en que caiga el capitalismo. Pero dejaremos esa pregunta sin responder.

lunes, septiembre 21, 2015

El drama sobre el éxito

Claro que destaca. Llama la atención sobre el resto de la corrida por lo trágico del suceso. La gravísima cornada que Boticario infligió a Miguel Ángel Perera puso el corazón en un puño a quien lo vio en directo. Transmitió miedo, impotencia. Congoja, vaya. Temor por su salud, o peor, por su vida, por la zona en que se produjo la cornada y el golpe posterior que pudo rematar al torero. Entró consciente en la enfermería con una cornada de dos trayectorias en el vientre y otra en el muslo. Ambas se produjeron en la tercera verónica de hinojos en el recibo capotero del tercer toro de la tarde. Vio el astado al extremeño y directo fue a por él. Lo levantó del suelo como un trapo y lo arrojó al callejón. Quizás eso le salvó de una mayor paliza contra las tablas.

Pero esto del toreo es cruz y cara, cara y cruz. Ambas alternan azarosamente, tal que nunca es posible saber cuál tocará. Si la cruz de hoy fue para Perera, la cara fue para Castella, aparente triunfador de la feria tras abrir la Puerta Grande dos días seguidos. A decir verdad, sólo la abrió uno de ellos, porque en gesto de vergüenza torera rechazó la muestra del más glorioso triunfo en señal de respeto al compañero gravemente herido.

Fue ese el más torero gesto de una tarde bastante completa del francés. Con sus carencias, claro. Entendió bien a su primero, segundo de la tarde en orden lógico, gazapón muy incómodo, a cuyas dificultades se sumó el incesante viento. Anduvo, pues, por encima de este Piador, que no transmitió apenas en sus embestidas sosas y a la postre rajadas. Como por encima anduvo del cuarto toro, ya corrido turno. Loquito había de hacer quinto en la tarde, pero el destino le había preparado un revés a Perera. De cualquier modo, el astado fue importante, por su humillación con recorrido y su admirable fijeza. Tal fue la misma que, tras un desplante de Castella tirando la muleta, quedó mirando el trapo sin moverse del sitio. Quieto. Sin amagar. Y ante él, el de Béziers no supo ver que lo primero era darle sitio, porque la prontitud del astado permitía dejarle siete metros de carrera que se transformaran en empuje y mayor transmisión. Dando la distancia como errónea, y asumiendo ya su posición final, las cercanías más ojedistas posibles, anduvo Castella redondo, soberbio, firme, templado. Valgan dos orejas como prueba. Aunque fueran las de una plaza ya nostálgica que veía acabar el groso de la feria.

El cierraplaza, sorteado por el francés, fue más que interesante. Se movió con brío, alegría y viveza a pesar de la mansedumbre que apuntó en los primeros tercios. El soluto casta bajó en concentración cuando un costalazo actuó como desafortunado disolvente. Pero jamás, ni tras esa costalada, quiso rajarse el toro, más bien al contrario: buscó los trapos con ahínco y prontitud, quizá con la casta justa, pero qué sería de nosotros sin dificultades en los toros. Dudó Castella con Deprimido, porque tardó en ver el buen toro que era, si es que lo llegó a ver. No se encontró nunca cómodo, y lo tradujo del francés al idioma del toreo en muletazos rápidos para aliviarse. Destemplados.

Al menos se puso. No lo hizo así El Juli en el abreplaza, escaso de fuerza y manso rajado, que persiguió la diana de los toriles desde que asomó por los mismos, como pidiendo que abrieran de nuevo la puerta. Julián, tanto torear como Morante, pegó una espantada muy morantista, o mejor, morantiana, es decir: macheteó al bicho (el madrileño lo hizo con menos arte) y regaló un sainete a espadas bajo intensa bronca. La espada fue tan poco efectiva que, no pudiendo sacarla, lo hizo un pseudotorero sin valor ni vergüenza desde dentro del callejón. Sin riesgo.


Quiso compensar Julián -no era para menos. Con el tercero entre manos y un público aún consternado, inició por abajo una faena que apuntó alto por la condición de encastado del oponente. Boticario pareció moverse con brío, hasta quedar exhausto de perseguir la poderosa muleta de Juli. Poderosa y ventajista. Hubo al menos más verticalidad que de costumbre. El impresentable quinto, un novillo de pueblo mediterráneo, protestó mucho durante la faena, sintiéndose incapaz dada su justa fuerza. Punteo, cara suelta, derrotes molestos y defensa en la embestida. Nula entrega. Julián vendió como buena una faena de medianías -fútil a más no poder- y mató de estocada en el sitio, lo que le valió para cortar una oreja. No había sido su día.