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lunes, octubre 26, 2015

Indulto

Cosas de las modas. De repente, sin venir a cuento, en aparente respuesta a los ataques antitaurinos a la fiesta, nos da por indultar a lo loco, a diestro y siniestro, sin cabeza. Indultar por comportamientos bobalicones y toreables, dejando de lado la auténtica bravura. La que, elevada a la quinta exponencia, sólo se demuestra en pelea brava empujando el caballo.

Indultamos como si eso nos salvara, cuando la propia presidenta del PACMA dice que sería absurdo mantener la tauromaquia sin la muerte. Pasa en Portugal, y es hasta peor. Como defiende Francis Wolff en su libro 50 razones para defender las corridas de toros, el toro bravo sufre incluso más por el estrés que por el dolor. Y el estrés del transporte hasta la plaza, la lidia en la misma y el camino hasta el matadero es peor que el dolor que causan dos puyazos, seis banderillas y una estocada.
Así que indultar no salvará la fiesta. Más bien al contrario, la devaluará, porque la exigencia para con el comportamiento de toro disminuirá progresivamente hasta llegar a un mínimo absurdo. Y perdida la exigencia, perdida la esencia. Perdido el rigor que soporta la tauromaquia como evento cultural. Una tauromaquia con indultos por doquier derivará en una fiesta triunfalista.

La tauromaquia de los indultos alegrará a los alocados antitaurinos en su cruzada contra la Muerte o contra su representación. La Muerte es para los antitaurinos una malévola señora que debe permanecer escondida bajo el luto que otorga la oscuridad. Oscuridad como la que existe en un triste matadero en el que los animales desfilan en busca de una bala en la cabeza o un machetazo en el cuello que en el acto lo parta en dos. Grotesco. Esta neo-tauromaquia también logrará satisfacer los caprichos de los matadores a los que irrita que los trofeos dependan considerablemente de la suerte suprema. Suprema.

Indultar será un giro al fútil triunfalismo que satisfará a la prensa del sector. Esa prensa rancia, obstinada en la vil mentira como base de un sistema corrupto. El dinero lo es todo. El fin de obtenerlo justifica los medios, aunque traicionen cualquier código deontológico periodístico. Mentir por mentir para ganar por ganar. O para permitir que otros ganen mucho a costa de hundir el negocio del que vive precisamente esa prensa calzonazos.


A esa prensa calzonazos le gusta el triunfalismo porque la defensa de un espectáculo festivalero forma parte del camino trazado por las figuras del toreo -bien lo manifiestan las declaraciones de Perera en las que pide triunfalistas en los tendidos. De ahí la campaña de la prensa que rodea al mundo del toro, en especial la de un medio que une ambas palabras. Y cuando una idea gusta a prensa, matadores y opositores, estamos jodidos. El triunfalismo es el futuro degradado de la tauromaquia, y su mayor representación es el indulto alocado.

Despolitizar la fiesta

Me quedé impresionado. Andaba yo por Salamanca, en una pequeña calle, Rector Tovar. Allí me crucé a alguien que no identifiqué, pero que dejaba a su paso un olor a puro de espanto. A habano recién fumado, o en proceso de serlo. Algo por el estilo. El tufo del señor me recordó a las plazas de toros. En ellas puso mi mente. Me vi en mi Vista Alegre querida, la de mi infancia, o en La Glorieta de Salamanca, más reciente. Me vi asistiendo a una faena de, qué se yo, El Juli, con El Gato Montés de fondo y el señor del puro delante. O detrás. Tuve por un instante la sensación de que ese olor carca, desfasado, a bar viejo y putrefacto, de madera roñosa, iluminación escasa y tabernero inculto, por algún motivo, constituye un impedimento para acercarse a las plazas.

Y entiéndanme. El olor a puro no es exclusivo de los santuarios taurinos, pero sí característico de ellos. Casi inherente. Ese aroma a ceniza está ahí. Nadie dejará de ir a una plaza por la incomodidad del puro. Yo voy a los toros sin que me guste su olor, y aunque frecuentemente maldigo el puro y a Cuba entera, lo soporto sin problema. La afición, supongo.

El impedimento está más allá. En lo que representa el puro, en tanto que carca, desfasado, intrínseco de bar viejo y putrefacto -como ya he dicho-. En lo que rememora. El puro es la representación de lo antigua que se nos queda la imagen de la fiesta. Porque el festejo en sí no es viejo, todo lo contrario: conserva tradiciones pero evoluciona constantemente. Incluso involuciona, para algunos pesimistas. Pero es dinámico.

Lo que no es dinámico sino completamente estático es la proyección de la fiesta de los toros al exterior. No hemos conseguido que parezca de nuestro siglo, y los nuevos intentos de hacerlo son catastróficos. Hablo de tonterías como cortar orejas más pequeñas o penalizar los excesivos intentos con la puntilla. Todo eso son chorradas. Lo importante no es adaptar la fiesta a los tiempos que corren suavizándola -eso es, en todo caso, una simple prueba de que se la sociedad se ablanda, se convierte a la pusilanimidad. Lo importante y necesario es actualizar su imagen.

Y la imagen de la fiesta, nos guste o no, lleva a Franco. A esos tiempos antiguos representados -para mí- por ese asqueroso olor a puro. Y lleva a Franco erróneamente, claro, pero en España nos gusta más lo erróneo que lo acertado. Había toros antes de Franco y los sigue habiendo después. Pero ocurre que el tradicionalismo presente en cualquier rito taurino parece convertir a los aficionados al más rancio sectarismo conservador. Conservadurismo que a ojos de quienes se oponen tiene que ver con Franco, o con la idea de España, o qué se yo. Con lo que ellos llaman fachas. Con lo que todo el mundo llama fachas.

Por eso no conviene politizar la fiesta. Porque parece que las opiniones políticas del grueso de aficionados se decantan hacia el conservadurismo que la mayoría ignorante -como todas las mayorías- relaciona con Franco. En su regla de tres, si los aficionados son "unos fachas", la fiesta es de derechas y ergo es franquista. En su mierda de regla de tres. En un silogismo erróneo, pero presente. En una especie de entimema aceptado socialmente.


Y entiéndanme, de nuevo. No me he pronunciado políticamente. No he dicho que esté en contra del franquismo -si bien lo estoy-. Sólo demando, buscando un futuro para la fiesta que tanto amo, la despolitización de la misma. La evitación de un conflicto más. Y eso no depende empresarios, apoderados y demás. Eso depende de la afición.

PACMA y sus ridículos

Ridículo tras ridículo, miembros y votantes del PACMA, el Partido Animalista Contra el Maltrato Animal, se resisten a dejar de hacer el tonto. A dejar de quedar como auténticos lelos en actos o manifestaciones fallidas, en manipulaciones tergiversadoras y en palabrería barata evidentemente falsa. Se resisten a pensar por sí mismos.

Con el auge del antitaurinismo del que es culpable la prensa llegó el archiconocido Toro de la Vega, manifestación tradicional del valor de un pueblo frente a una fiera que recorre sus calles. Así, al menos, lo ven los habitantes del pueblo, quienes secundan dicha tradición y tienen o deben tener pleno derecho a ejercerla. Nadie tiene autoridad moral para prohibir un festejo. Que joder, estamos en España, y nos gusta decir que aquí hay libertades.

Libertad como la que existe en Tordesillas el día del festejo popular. Uno se mueve por el pueblo antes de las once de la mañana sin restricciones, siempre que sea mayor de edad y esté dispuesto a enfrentarse a la bestia liberada a esa hora. Aprovechándose de esa libertad, los antitaurinos decidieron bloquear el paso e incluso atarse con esposas. Todo esto rodeado de insultos. Sádico por aquí, hijo de puta por allá, asesino y tal y cual. Lo típico. Hubo entre ellos un iluminado que decidió no sólo atarse sino, además, tirar la llave con la que poder soltarse al río. Estando en pleno paso del toro. El muy idiota. Y el animal, independientemente de que hubiera un bobo jugándose la vida por defender a un bicho que no salvaría la suya, fue liberado a la hora en punto y recorrió las calles del pueblo como mandan los cánones. Así que el susodicho, chistoso además de botarate, acusó a los organizadores de intento de asesinato. Asesinato dijo. Conociendo las normas. Asesinato llamó a su inconsciente intento de suicidio.

El resto de "activistas", porque así se hacen llamar, salió por patas en cuanto vio venir al toro. A ese animal que, cuando están en su casa en el centro de su ciudad -porque de campo ni puta idea- llaman pacífico y tranquilo. Herbívoro indefenso, y demás. No les valen dos brochas por pitones como defensa. El caso es que vieron a Rompesuelas y se cagaron como auténticos cobardes. En lugar de hacerle varias caricias y susurrarle al oído que todo había acabado. Y que ya se lo llevaban a casa y le daban un huesito para que se entretuviera.

No piensen que esto es todo; muy al contrario, el historial de ridículos es amplísimo. Empezando por el vídeo de un colgado acariciando a un morucho que venden como la prueba definitiva de que el toro de lidia es pacífico. Que viene siendo como si acaricio a una ballena y lo uso como argumento de lo bien que se comportan los delfines con los humanos. También tenemos al típico listillo que roba en Internet una estampa de acoso y derribo con palos de madera sin punta y lo vende en Twitter como el entrenamiento de los lanceros de Tordesillas.


Porque Twitter es a todas luces el mayor escaparate de la estupidez humana. Un escaparate muy particular, ya que es al mismo tiempo una fábrica de estúpidos. Allí se retroalimentan de gilipolleces los animalistas, soltando falsedades que el común de las personas creen firmemente y a ciegas. El problema no es lo que escriben los altos cargos del PACMA o los activistas que les secundan -a quienes por cierto contamos con los dedos de una mano-. El problema es que, en la sociedad de medios, de instantaneidad, de inmediatez de la información y fugaz desaparición de la misma, no hay tiempo para contrastar, y quien no tiene dos dedos de frente se cree a pies juntillas todo lo que lee. La sociedad se gana a través de las redes. Y en eso hasta los ridículos animalistas nos han comido la tostada.

Estoicismo en potencia

La escuela de los estoicos es una de las más destacables filosofías helenísticas, sucesoras de la filosofía griega, origen de todo pensamiento, y predecesoras del medievo. El estoicismo es fácilmente resumible en una palabra: ataraxia. La ataraxia es la asunción y aceptación de un destino, un logos irreprochable, un guión que establece el desarrollo de los tiempos. Y se basa, por encima de todo, en la imperturbabilidad, con lo que conlleva la anulación de sentimientos, pasiones y cualquier otra sensación irracional que pueda alterar la tranquilidad. Porque no tiene sentido preocuparse, entristecerse, enfadarse o incluso alegrarse si nuestro destino no depende de ello. Si, queramos o no, el logos está escrito.

Es Alberto López Simón un verdadero estoico. Por la pasividad en sus formas, por la inexpresividad de sus gestos, pero también por la honestidad en sus palabras y actos. López Simón encarna a la perfección el pensamiento estoico del que se impregnó en su formación como torero un tal José Tomás, matador de Galapagar. Y ambos encarnan como nadie los valores taurómacos por excelencia: la nobleza y la honradez. Cada cite, cada pase, es un acto de respeto, del toro respecto al torero a través de noble franqueza, y del torero respecto al toro, mediante quietud honrada, aunque la espera se eternice, aunque el miedo se apodere. Miedoso es quien no controla su mente. Ni José Tomás ni López Simón son miedosos, aunque tengan miedo. Porque es parte de su estoicismo el mantener los pies en el suelo y asumir un destino ya escrito. Saber que, si llega la cornada, llegó.

Entre ambos, a pesar de sus similitudes, hay muchas diferencias. López Simón está muy por encima de José Tomás. Porque mientras que el de Galapagar tapa sus carencias con arrojo insensato, el de Barajas quiere torear bien. Y parece que sabe. Sólo un mal lote acaba con su paciencia, y es ahí cuando llega la exposición sin tapujos del cuerpo, la suerte cargada, la femoral en la natural trayectoria rectilínea del toro. Si un toro dibuja una cornada a Alberto, Alberto se quita, porque ser cogido no es su objetivo: es, en todo caso, el riesgo colateral de la profesión que ejerce, o mejor dicho, del modo de vida artístico que libremente eligió.

Si López Simón se sometiera a la campaña de prensa que tanto dinero ha dado a José Tomás, ambos describirían una trayectoria con grandes paralelismos. Pero, mientras que el oscurantismo envolvente de José Tomás ha engrandecido en exceso su leyenda, con López Simón no haría sino empequeñecerla. José Tomás no da para más. El mito creado en torno a su personaje es superior al personaje en sí, y de ahí el perpetuo escondite. López Simón, en cambio, puede superar el personaje de José Tomás. Puede añadir, al estoicismo que caracteriza a ambos, una dosis de inteligencia torera, además de temple y poder en la muleta, cualidades ambas de las que el de Galapagar carece.


Y para ello, Alberto sólo necesita dos cosas: mantenerse en su sitio, sin dejarse embaucar por el peligroso sector, y la compresión del aficionado. Ambas complicadísimas. Porque el sector es como un banco lleno de billetes, y es complicado mostrarse reticente a entrar. Y porque el aficionado, en ese arrebato de purismo y clasicismo como valores únicos, no entiende el heroísmo en sí. Se sujeta a la crítica permanente, como si ella fuera la mejor muestra de calidad de afición. Como si elogiar fuera intrínsecamente negativo.  Como si la crítica empedernida con cansina constancia fuera capaz de tapar otras carencias.

Filósofo simplón

Jesús Mosterín es esa clase de persona que critica sin conocer. Se hace llamar filósofo un personaje capaz de menospreciar a sus interlocutores mediante insultos ofensivos. Y es, para colmo, un antitaurino exacerbado. Publica de vez en cuando algún artículo en El País, porque tal es el declive de este medio que contrata ya articulistas toscos, groseros e incapaces de informarse apropiadamente sobre el tema que tratan.

Era cuestión de tiempo que Mosterín se metiera con la fiesta de los toros en alguno de sus pobres artículos. Bajo el título "Mitos de la tauromaquia", el pasado 27 de Septiembre intentó derrumbar cuatro pilares de un arte histórico y evidentemente cultural como si su escaso conocimiento del mismo le permitiera analizarlo con profundidad. Si ese fue su objetivo, en cualquier caso, no lo consiguió. Sólo pudo escribir un artículo superficial lleno de generalidades fútiles que llenan la boca de los antitaurinos más rebeldes con palabrería vacía de contenido y veracidad.

El artículo, que procedo a desmontar, arranca fuerte: "espectáculo público de la tortura sangrienta, cruel y prolongada de un mamífero superior capaz de sentir dolor". Claro, Jesús, pero desconoce usted el umbral del dolor del toro bravo, porque no es el mismo que el suyo. E ignora al mismo tiempo que, si para el humano no hay peor sentimiento que el dolor, en el caso del toro de lidia hablamos de una sensación que motiva la lucha, la pelea, aunque pueda costar la muerte. Sigue: "en la suerte de varas el picador martiriza al toro hundiendo la garrocha en su carne, rompiéndole los músculos del cuello". Señor Mosterín, no se pica en el cuello, sino en la cruz, justo tras el morrillo. Si usted no conoce el toro de lidia, escriba sobre otra cosa. El párrafo inicial -y, a la postre, el más jugoso en contenido- termina calificando a los matadores de "carniceros patosos". Y menos mal que es filósofo.
Llega el momento de los mitos: "El primer mito es el de la presunta agresividad del toro (...). Como rumiante que es, el toro es un especialista en la huida, un herbívoro pacífico que sólo desea escapar de la plaza y volver a pastar y rumiar en paz". Vaya por Dios. Resulta que Jesús, desde el ordenador de su casa, sabe más de campo que los criadores del toro de lidia. Porque ellos pueden asegurar que el toro es peligroso en el campo. Que si bien en grupos grandes suelen sentirse seguros, en la soledad del abochornado -marginado tras perder una pelea contra otro toro- la agresividad se apodera del astado y arremete contra quien se encuentre en su camino. Ganaderos incluidos. La mayoría han sido cogidos o corneados alguna vez.

"El segundo mito es la ficción de un combate que no existe. El espectáculo taurino -aquí debió decir taurómaco- resultaría imposible, a no ser por la panoplia de torturas a las que se somete al pacífico animal, a fin de irritarlo y volver loco de dolor, a ver si de una vez se decide a pelear". Mosterín se acaba de contradecir, porque lleva dos párrafos viendo al toro con un enfoque humano y, al menos desde ese punto de vista, no tiene sentido que cuanto más dolor sienta más tienda a pelear. Porque en un humano la relación entre el dolor y la aflicción es directamente proporcional, o lo que es lo mismo, el dolor aflige, acobarda, reprime. El dolor no impulsa a luchar a un humano. Sí lo hace, claro está, con un toro bravo, porque esa es su naturaleza, la de la lucha hasta la muerte. Por mucho que a muchas mentes modernas llenas de paja les cueste entenderlo. Un humano debe entender al toro como especie, no como individuo.

En el tercer mito, Jesús Mosterín cuestiona que corran el mismo riesgo el toro y el torero. Y, para hacerlo, recurre a un dato histórico: el último matador de toros muerto en una plaza fue José Cubero "Yiyo", y desde ese día han pasado 30 años. Lo dice como si la muerte de un torero en manos de un toro fuera demasiado poco habitual. Como si, en su animalismo alocado y prácticamente antihumano, terminara por desear la muerte de un ser humano a costa de salvar la de un animal. Y como si, de alguna manera, tal deseo se colara por una rendija de su inconsciente y asomara en su artículo. En cualquier caso, Mosterín olvida o quiere olvidar que si los toreros no mueren por asta de toro es por los avances en la medicina que existen desde hace décadas. En eso, la muerte de Yiyo fue una excepción marcada por un pitón atravesando un corazón, que dejó al madrileño tan cerca del abismo que remar contracorriente se antojó imposible. Sin la medicina, es decir, con la fiesta de los toros actual pero hace cien años, habrían muerto o habrían corrido serio riesgo recientemente David Mora, Jiménez Fortes o Perera. Y eso no es un juego, al contrario del antitaurinismo de este intento de filósofo. Las cornadas y su incuestionable peligro son verdad.

Termina el artículo con el cuarto y último mito: "Que todo lo tradicional, por cruel y abominable que parezca, está justificado por ser cultural (...). Tan poderosa es la cultura que puede convertir a un hombre adoctrinado en un mártir suicida (...). También puede sobreponerse al natural sentimiento de compasión". ¿Por qué habla de suicidas justo después de afirmar que el torero no corre un riesgo real? ¿Y por qué compasión? La Real Academia la define como "sentimiento de conmiseración y lástima que se siente hacia quienes sufren penalidades o desgracias". Un animal, sin derechos reconocidos y con manifiesta inferioridad moral y racional -nadie tendrá el valor de cuestionar esto-, no responde a ese "quienes". "Quienes" se aplica a individuos, a mentes más o menos pensantes, no a hipotéticos rumiantes pacíficos. Otra contradicción.

Y lo peor: para Mosterín los toreros son "hombres adoctrinados". Habla así de valientes que se juegan el pellejo por la realidad devaluada del arte sin igual, por la creación de belleza mediante la exposición del cuerpo y la cercana posibilidad de la muerte. ¿Con qué derecho se cree el filosofillo para hablar de adoctrinamiento? ¿No es adoctrinamiento entonces su afición por la filosofía? ¿Inculcar algo es adoctrinar o simplemente guiar? ¿No fueron los matadores libres para elegir si ser o no ser toreros? Mosterín no sabe, Mosterín no contesta.


La fiesta de los toros está llena de mierda. Pero por ahí, amigo, no van los tiros.

Paralelismo alegórico

Decía Ortega y Gasset que "la historia del toreo está ligada a la de España, tanto que sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda". Yo añado: la tauromaquia es una metáfora a pequeña escala del mundo real, que adquiere tintes de alegoría. Ya saben, empresarios que mandan por encima de leyes, a los que no les importa un carajo lo que piense la gente -o el aficionado-, prensa que informa -o desinforma- en base a intereses económicos evidentes, y todo eso. El pan de nuestro cada día. Hay un aspecto en el que tenemos ventaja; en líneas generales, y sin entrar mucho en materia, el aficionado taurino se indigna ante la desvergüenza de empresarios prevaricadores, toreros manipuladores, ganaderos intolerantes, aficionaduchos sectarios y demás imbéciles que uno se encuentra a poco que acuda a dos tertulias, una corrida y un día de campo. El ciudadano medio, en materia política, es más bien pasivo. Incluso el ciudadano que en su afición taurófila tiene espíritu revolucionario y antisistema se pervierte en sociedad para tomar un aire reaccionario digno de estudio. Pero ese es otro tema.

Los empresarios que se ganan el pan programando espectáculos taurinos son los hermanos pequeños de los que se ganan el chalet fomentando el consumismo globalizado. Entre ellos hay notables semejanzas: desde la despreocupación por quienes les dan de comer hasta la más absoluta -y excesiva- ambición, que les lleva a tratar de abarcar el máximo poder posible con el objetivo de controlar fortunas con crecimiento exponencial. Así surgieron las multinacionales y los conglomerados de empresarios (la FIT, por ejemplo).

Además, se añade un matiz no perceptible a simple vista que comparten los ricachones del negocio del toro y el resto. Hablo de la alienación o enajenación que introdujo en el siglo XIX Karl Marx, la exteriorización de la actividad, del objeto y de la misma sociedad, que se traduce en empleos que no implican al trabajador -en tanto que él no participa en su acción, no puede imprimir su creatividad o su opinión- y en objetos producidos que pasan de las manos que lo crean a las que regentan el lugar en el que se crean, llevando esto a la alienación social, es decir, la división en dos clases de la sociedad: poseedores y desposeídos. La enajenación de la que sacan ventaja los señoritos de la tauromaquia se refiere al público, y se trata de un aislamiento del implicado en la cuestión, es decir, del aficionado, para sustituirlo por el mero espectador pasajero que va y viene ignorando cualquier ápice de sentimiento o filosofía relacionada con la lidia y muerte de un toro, y desconociendo también el reglamento que regula dicho proceso. Se enajena al aficionado, que desaparece de las plazas porque pierde la ilusión, y a la propia fiesta, porque pierde a su más fiel defensor y a quien verdaderamente es capaz de entenderla. La ventaja que otorga al empresariado que las plazas estén llenas de ignorantes fiesteros radica en las exigencias que a dicho empresario le llegan del otro lado de la mesa, o lo que es lo mismo, en las condiciones que los toreros van a imponer y que el empresario no se puede negar a cumplir. Al sentarse en el tendido gente menos entendida, las protestas hacia los abusos de las corruptelas del sistema son intrascendentes. Lo que olvidan los señores de sillón y whisky es que el público, además de pasajero, es frívolo, y sólo vuelve si, tomándose un copazo en el bar de la esquina, puede fardar de haber visto orejas, rabos e indultos.


Parece evidente que la crisis del sistema económico y social que llamamos capitalismo se puede extrapolar a la que sufre el sector taurino. Los paralelismos son tan grandes que nosotros mismos estamos aquejados de todos los males que padece el mundo: precariedad laboral (tuneleros, les llaman), corrupción a mansalva y concentración exagerada del poder. Habría que preguntarse por el futuro de una fiesta capitalista en cuanto a su organización el día en que caiga el capitalismo. Pero dejaremos esa pregunta sin responder.

lunes, septiembre 21, 2015

El drama sobre el éxito

Claro que destaca. Llama la atención sobre el resto de la corrida por lo trágico del suceso. La gravísima cornada que Boticario infligió a Miguel Ángel Perera puso el corazón en un puño a quien lo vio en directo. Transmitió miedo, impotencia. Congoja, vaya. Temor por su salud, o peor, por su vida, por la zona en que se produjo la cornada y el golpe posterior que pudo rematar al torero. Entró consciente en la enfermería con una cornada de dos trayectorias en el vientre y otra en el muslo. Ambas se produjeron en la tercera verónica de hinojos en el recibo capotero del tercer toro de la tarde. Vio el astado al extremeño y directo fue a por él. Lo levantó del suelo como un trapo y lo arrojó al callejón. Quizás eso le salvó de una mayor paliza contra las tablas.

Pero esto del toreo es cruz y cara, cara y cruz. Ambas alternan azarosamente, tal que nunca es posible saber cuál tocará. Si la cruz de hoy fue para Perera, la cara fue para Castella, aparente triunfador de la feria tras abrir la Puerta Grande dos días seguidos. A decir verdad, sólo la abrió uno de ellos, porque en gesto de vergüenza torera rechazó la muestra del más glorioso triunfo en señal de respeto al compañero gravemente herido.

Fue ese el más torero gesto de una tarde bastante completa del francés. Con sus carencias, claro. Entendió bien a su primero, segundo de la tarde en orden lógico, gazapón muy incómodo, a cuyas dificultades se sumó el incesante viento. Anduvo, pues, por encima de este Piador, que no transmitió apenas en sus embestidas sosas y a la postre rajadas. Como por encima anduvo del cuarto toro, ya corrido turno. Loquito había de hacer quinto en la tarde, pero el destino le había preparado un revés a Perera. De cualquier modo, el astado fue importante, por su humillación con recorrido y su admirable fijeza. Tal fue la misma que, tras un desplante de Castella tirando la muleta, quedó mirando el trapo sin moverse del sitio. Quieto. Sin amagar. Y ante él, el de Béziers no supo ver que lo primero era darle sitio, porque la prontitud del astado permitía dejarle siete metros de carrera que se transformaran en empuje y mayor transmisión. Dando la distancia como errónea, y asumiendo ya su posición final, las cercanías más ojedistas posibles, anduvo Castella redondo, soberbio, firme, templado. Valgan dos orejas como prueba. Aunque fueran las de una plaza ya nostálgica que veía acabar el groso de la feria.

El cierraplaza, sorteado por el francés, fue más que interesante. Se movió con brío, alegría y viveza a pesar de la mansedumbre que apuntó en los primeros tercios. El soluto casta bajó en concentración cuando un costalazo actuó como desafortunado disolvente. Pero jamás, ni tras esa costalada, quiso rajarse el toro, más bien al contrario: buscó los trapos con ahínco y prontitud, quizá con la casta justa, pero qué sería de nosotros sin dificultades en los toros. Dudó Castella con Deprimido, porque tardó en ver el buen toro que era, si es que lo llegó a ver. No se encontró nunca cómodo, y lo tradujo del francés al idioma del toreo en muletazos rápidos para aliviarse. Destemplados.

Al menos se puso. No lo hizo así El Juli en el abreplaza, escaso de fuerza y manso rajado, que persiguió la diana de los toriles desde que asomó por los mismos, como pidiendo que abrieran de nuevo la puerta. Julián, tanto torear como Morante, pegó una espantada muy morantista, o mejor, morantiana, es decir: macheteó al bicho (el madrileño lo hizo con menos arte) y regaló un sainete a espadas bajo intensa bronca. La espada fue tan poco efectiva que, no pudiendo sacarla, lo hizo un pseudotorero sin valor ni vergüenza desde dentro del callejón. Sin riesgo.


Quiso compensar Julián -no era para menos. Con el tercero entre manos y un público aún consternado, inició por abajo una faena que apuntó alto por la condición de encastado del oponente. Boticario pareció moverse con brío, hasta quedar exhausto de perseguir la poderosa muleta de Juli. Poderosa y ventajista. Hubo al menos más verticalidad que de costumbre. El impresentable quinto, un novillo de pueblo mediterráneo, protestó mucho durante la faena, sintiéndose incapaz dada su justa fuerza. Punteo, cara suelta, derrotes molestos y defensa en la embestida. Nula entrega. Julián vendió como buena una faena de medianías -fútil a más no poder- y mató de estocada en el sitio, lo que le valió para cortar una oreja. No había sido su día.

Anhelo de elogiar

No es fácil para el lector comprender que al cronista no le agrada dar palos a diestro y siniestro. Que, aunque parezca que algunos nos limitamos a destruir, y aunque los profesionales nos acusen de hacerlo, criticar es deber moral y no pasatiempos superficial. Y que, cuando hay motivos para elogiar, los cronistas -hablaré mejor por mí- aprovechamos la oportunidad y alabamos a quien lo merece.

Lo merece Juan Ignacio Pérez-Tabernero. La cuarta del abono de Salamanca fue una corrida excepcional de Montalvo a la que faltó, a lo sumo, algo de fondo, de duración. Suyos fueron cuatro toros, completados con los dos de Capea que Pablo Hermoso de Mendoza rejoneó y mató sin pena ni gloria. Con la intrascendencia de quien pierde en toda comparación con sus compañeros de cartel, porque ellos sí se juegan el tipo, sí se enfrentan a pitones astifinos. Mató el navarro ejemplares cuajados pero desmochados, mutilados casi ofensivamente. El rejoneo es aquello a lo que se dirige México y lo que algunos ansían para España: triunfalismo simplista, espectacularidad banal. Aunque hoy lo fuera menos, por un Pablo Hermoso dispuesto pero paradójicamente frío, incapaz de sorprender ni al neófito, porque hasta aquél conoce los movimientos venideros.

Lo importante fue a pie. El torero de la casa, el salmantino Juan Del Álamo, salió a hombros acompañado por un exultante Sebastián Castella. Lo hizo tras cortar dos orejas a su primero, el tercero de la tarde. El enmorrillado humilló y embistió con templanza desde los primeros pasajes al capote, en los que se gustó Juan, con la barbilla en el pecho, asentada como una estaca, meciendo la capa con suavidad exquisita, gusto memorable. Intercaló dos chicuelinas de pulso suave y remató con una revolera un recibo capotero que cambió la dinámica de la feria de golpe y plumazo. Tal cual. 
Cogió el astado a Agustín Serrano en el primer par de banderillas, al que acudió con brío y alegría. Los mismos que conservó en la muleta de Del Álamo, desplazándose con nobleza, humillación y prontitud. Y no terminó de redondear el torero local, porque abusó de la periferia y muletazos hacia fuera, siguiendo esa tauromaquia moderna de la que se ha impregnado, pero tal fue su actitud y tan ajustadas las manoletinas finales que el bajonazo sucedido de muerte encastada no evitó el momento de pañuelos al aire y silbidos a mansalva. Hubo quien pidió incluso una exagerada vuelta al ruedo al burel -se repuchó del puyazo y perdió fuelle en la franela del matador-.

Dos orejas a Juan impulsaron a Castella para dar la vuelta a la tortilla. Porque el segundo de la tarde, su primero, había sido otro toro de categoría, más justo de fuerza y por ello protestón, pero noble y boyante a partes iguales, que el francés no había terminado de entender, y para cuando lo había logrado el astado se había venido abajo, como desinflado por tanto muletazo sin sentimiento, sin alma, con frialdad y destemple. El quinto fue un manso de carreta: huidizo y temeroso, se mantuvo cerca de toriles durante los primeros tercios, huyendo de capotes, evitando al picador. Enloqueció el tendido joven y comenzó a pedir la devolución del manso, antirreglamentaria de libro. El presidente no cedió y mantuvo en el ruedo al toro que, tras ser picado en la querencia y banderilleado de aquella manera, se entregó en la muleta del de Béziers con el recorrido que da la mansedumbre, porque de manso se abría y salía despedido hacia fuera, alargando los muletazos y al mismo tiempo obligando a Castella a dejar la muleta en la cara. Y lo hizo Castella en una tanda de naturales de soberbio trazo, de temple superior. Brotaron los olés en el tendido. Éste, entusiasmado, pidió dos orejas que fueron concedidas tras una estocada caída mas efectiva.

Quedaba uno: el cierraplaza, peor presentado que sus hermanos, todos ellos serios, cuajados, bajos, bien hechos. Cortesano fue largo, escurrido y bizco de un pitón que, para más inri, se lesionó, quedando alarmantemente gacho. Recortó en busca de las avivadoras y se entregó con apabullante casta en la muleta de Del Álamo. Abusó el salmantino de abrir el compás y aliviarse hacia fuera -impoluto quedó el blanco y plata tras dos horas y media de festejo-. Circulares invertidos de protocolo y arrimones abusivos que ahogaron al toro precedieron a un metisaca incomprensiblemente ovacionado -se nos han ido de las manos las celebraciones de cualquier cosa que no sea un pinchazo- y un espadazo en todo lo alto que no obstante se escupió solo. Oreja para sumar tres y rumbo a Albacete. Que mañana será otro día.

Dos toros de Capea: primero mocho y chico; cuarto alto, grande; y cuatro toros de Montalvo: segundo astifino, enmorrillado; tercero cerrado de pitones, cuajado; quinto bajo, bien hecho; sexto largo, suelto de carnes.
Pablo Hermoso de Mendoza: Silencio, ovación con leve petición.
Sebastián Castella (azul marino y oro): Ovación tras dos avisos, dos orejas.

Juan del Álamo (blanco y plata): Dos orejas, oreja.

lunes, septiembre 14, 2015

Desafío a la paciencia

Lluvia cadenciosa. Lluvia plomiza, homogénea y constante para marcar el entorno pesimista de un desafío sin remedio. La competición de la flojera. Lluvia norteña para enhebrar los hilos del fracaso, de la ilusión sin recompensa. Ilusiones charras por la borda con una corrida asentada en el suelo fijo de las ideas con futuro: ideas como juntar seis ganaderías de distintos encastes y dos toreros de la tierra salmantina, como pintar los hierros que llevan por delante los protagonistas -los toros- en los burladeros, como anunciar los datos de cada burel por la megafonía antes de que saltara al ruedo. Ideas que ayudan a construir un futuro en torno al toro, porque ese es el único futuro que existe.

Se aplica a la perfección: el hombre dispone y el toro descompone. O como sea. El caso es que el hombre, don Chopera, cualquiera de ellos, propone ideas que renuevan como se debe renovar en esto del toro: volviendo hacia atrás. Retrocediendo quince pasos para luego avanzar cincuenta. Y el toro se cae, protesta, se rebrinca, se repucha del jaco, pega un par de cabezazos y claudica. Pide el armisticio y marcha a toriles, sin saberse condenado de antemano.

Y el público se cansa. La paciencia se agota a medida que salen inválidos y mueren sin escuchar un olé, sin regalar a su matador lo mínimo de una embestida, arrebatándole toda materia prima con la que trabajar. El desafío entre ganaderías se convierte en un desafío a la paciencia del aficionado. O del público. De cualquiera que presencie ese espectáculo soporífero, sempiterno y helador, como consecuencia de esa lluvia pesimista.
Hubo poco que remarcar en el desafío charro que hizo tercera de abono salmantino. No ganaron toros ni toreros. Porque el premio Manolo Chopera, otorgado a la ganadería victoriosa del desafío, quedó desierto, y también lo haría el hipotético trofeo al mejor matador. Anduvo Eduardo Gallo a medias. El precioso segundo, de sangre murubeña vía Castillejo de Huebra, careció de la fuerza necesaria para embestir con brío; lo hizo, muy al contrario, con el trote cochino del inválido que debió conocer corral. Cuando se gustó Gallo con la mano derecha, incluso a pesar de numerosos enganchones, se rajó Sargento. Cantó la gallina.

Sorteó Eduardo Gallo el cuarto bis, Montalvo que vino a sustituir a un José Cruz -auténtica pintura- que, para infortunio, se lesionó la médula. El pupilo de Juan Ignacio Pérez-Tabernero apenas fue picado, y llegó a la muleta con la casta y repetición que llevan a la emoción, pero también con la inteligencia y falta de nobleza que torturan a un matador con poco bagaje. No pudo decir nada Eduardo, porque en cada pase se veía prendido y levantaba las plantas. Medios muletazos y nulo acople.

Cambió la película en el sexto. Cuando salió el cuajado Valdefresno, asomó el sol e iluminó los tendidos. Se combinó Lorenzo con esa lluvia racheada aún presente, dejando un arcoiris reflejo del ruedo, esto es, de la única estampa de verdadero colorido de la tarde. Porque Joyero, aun sin casta ni chicha, se movió con bondad, temple, suavidad. Y permitió a Gallo dejar buenos derechazos que se diluyeron cuando el toro se rajó. Para seguir la costumbre de lo hasta el momento visto.

Tuvo menos lote (aún) Javier Castaño. Recogió una ovación tras torear con corrección al abreplaza, de Paco Galache, inválido como él solo. Casi cojo. Quería Gandestillo coger los vuelos, pero no podía, no tenía fuerza para hacerlo. Así que se limitó a protestar cuando se sintió podido (incluso levantó del piso al matador, sin consecuencias) y a esperar la muerte tras faena larga, varios pinchazos y una media estocada no del todo certera. El mirón tercero puso en apuros a Castaño. Aun sin fuerza, la nula fijeza del bicho de La Ventana incomodó a Castaño, quien sólo pudo justificarse con firmeza y torear en la periferia, no vaya a ser.

También fue mirón el quinto. El de Adelaida fue hasta protestón, porque se supo podido por la muleta de Castaño y comenzó a soltar la cara a troche y moche, especialmente cuando el leonés de adopción salmantina le dejaba la muleta en la cara para repetir. Por ahí no pasaba Fumoso. Tras buenos muletazos y firmeza propia de quien está ya rodado, una estocada tendida terminó con este quinto. La película con el sexto ya se la saben.


II Desafío Charro: toros de Paco Galache, playero; Castillejo de Huebra, bajo, muy bien hecho; La Ventana, largo, gordo, acapachado; José Cruz, muy rematado; Montalvo (4to bis), ofensivo, enseñando las puntas; Adelaida Rodríguez, serio, bien armado; y Valdefresno, cuajado.
Javier Castaño (vestido tradicional charro): ovación, ovación tras aviso y silencio tras aviso.

Eduardo Gallo (vestido tradicional charro): ovación con petición, ovación tras aviso, silencio tras aviso.

Uno de seis

Qué dilema. Cuando cantan que existen más y mejores novilleros que nunca, se encuentra uno con la dificultad de elegir a tres. Tres son pocos; menos desde luego que los que merecen torear. Así que invento al canto: seis novillos, seis novilleros. La partida a una carta. Con la posibilidad de que pierdan los seis.

Porque esto del toreo es como jugar al solitario: lo que le pase a uno no afecta al otro. Nada asegura que salga un buen novillo. Puede ocurrir que una novillada que no embista se tope con seis chavales con ganas pero sin lote. O sin novillo, a secas.

Y pasó. Pasó que José Cruz echó una novillada floja a La Glorieta salmantina. Provocó el aburrimiento de los espectadores en una tarde larga. Interminable. Seis chavales con muchas ganas alargando las faenas hasta la posteridad. Es comprensible que lo hagan, pero no tiene ningún sentido. Objetivamente.

Salvó uno. Fue Alejandro Marcos, que desorejó al noble quinto a base de raza y pundonor. Y de una templada mano derecha capaz de mandar sobre las embestidas de un toro justo de fuerza pero lleno de movilidad, rebosante de prontitud. Esa mano dejó derechazos por abajo rematados tras la cadera, con la intención de torear como se debe. Sólo faltó hacer lo propio con la izquierda. Con la de los billetes. Con la que ejecuta el toreo al natural, el más puro de los cites, el que más expone y más recoge. Porque quien siembra peligro colecta ovaciones. Con esa mano llegó una fea voltereta que apuntó a cornalón cerca del estómago, pero quedó en susto y mareo. Mareo ostensible para todos salvo para él, que volvió a la cara del toro por el mismo pitón. Y que nadie le lleve la contraria. Remató con una estocada trasera y baja a la par que sorprendentemente efectiva, y como ya se sabe que estocada entera equivale a júbilo inconsciente, levantó al público del asiento y activó los resortes de los pañuelos. Se agitarían hasta ver dos orejas concedidas.

En el abreplaza, destacó la soltura con el capote de Posada de Maravillas, que quitó con clase y suavidad a un bicho que empujó dormido y apuntó al manso que fue. Posada arrancó la faena con excelso temple, suavidad en ambas manos. Tardó en hacerlo, pero tras varias tandas encontró el terreno apropiado -los medios-, la altura de la muleta y el ritmo de la embestida de Lorito. Cuando le cogió el aire, en ligada tanda al natural, no lo dejó escapar y enlazó otra por el mismo pitón y una serie de derechazos que ya no fueron lo mismo. Cuando se hubo rajado el toro, Posada le dio carpetazo. Salió el segundo, basto y escurrido, que maneó en exceso y careció de casta. Su mansedumbre le guiaba a toriles en cuanto estaban a la vista, dificultando la labor a Álvaro Lorenzo. A esto aplicó inteligencia el novillero, y tapó la salida a Calabrés pase tras pase. Pecó de echarse sobre un animal que no quiso distancia corta. Disposición y ganas no fueron suficiente para matar a un toro pasado de faena. Dos avisos y a correr. Apuros.

Varea corrió el tercer turno. Suponemos que se sigue llamando Varea. Desdibujado, perdido. Frío como el hielo. Azul claro en la escala térmica. Existen esquimales con mayor temperatura corporal. La inexpresividad del de Castellón le condena progresivamente, y el tiempo pasa mientras no entiende lo necesario del cambio de apoderamiento. Santiago López te enchufa, pero quizá no te enseñe. Enganchones, inseguridad, pico, periferia y nulo sentido en la construcción de la faena son la prueba.

Cuarto fue Incitador, sorteado por Alberto Escudero. Muy bien picado y bien toreado. A secas. Fue geniudo el burel, protestón, defensivo. Quiso incluso apagarse. Pero pidió mano baja y en esos casos entregó buenas embestidas. No fue compatible con el toreo hacia el cielo de Escudero, que violentó al toro y entorpeció la faena. Manoletinas con mucha exposición cerraron una faena que quedó en ovación tras sainete con la espada.

Cerró el de la tierra. Alexis Sendín, que venía a sustituir a Roca Rey. Difícil papeleta. No estuvo a la altura un Sendín con el valor escaso y pulso nervioso. Nunca asentó las plantas, enganchó a Virrey y lo toreó con suavidad, con cadencia. Toreó a la velocidad a la que despegan los aviones a un soso que no dijo nada. Y que no se quería comer a nadie, aunque acabara pegando una voltereta al joven tras horrendos circulares. Apuros con la espada precedieron el arrastre y la Puerta Grande de Alejandro Marcos.

Seis novillos de José Cruz para:
Posada de Maravillas: Silencio.
Álvaro Lorenzo: Ovación tras dos avisos.
Varea: Silencio tras dos avisos.
Alberto Escudero: Ovación tras aviso.
Alejandro Marcos: Dos orejas.

Alexis Sendín: Silencio tras aviso.

Agoreros

Caray. Parece que la fiesta vaya a desaparecer por la ausencia de jóvenes en los tendidos. Una catástrofe, vaya. Que no. Que la fiesta desaparecerá por otros motivos. Quizás por carteles que repiten más que la cebolla, por empresarios mangantes que roban la afición o por el empobrecimiento paulatino de un espectáculo rico en detalles que se vuelve constante y homogéneo. Quizás porque nos roban dos de los tres tercios que existen desde qué sé yo cuándo, porque los artistas torean una vez al año y estafan las otras 364 o porque el místico de cornada por corrida se expone a cogidas para ganar la fama de temerario y recoger cientos de miles de euros por tarde.

La fiesta desaparecerá, claro. No le queda mucho, porque ser antitaurino es chic. Si no eres anti, no eres guay, sino un sádico de mierda que disfruta con subnormales pegando cuchillazos a un toro. O eso dicen. Lo dicen los que dedican su vida a odiar y despreciar a otros humanos. Los que no distinguen animales salvajes de domésticos, y comparan a su perro con un toro, los muy jodidos.

Es la deriva natural de una sociedad llena de urbanitas que desconocen cualquier principio del campo y capaces de dejarse llevar por las modas. Pantalones remangados, camisas atadas hasta arriba... y antitaurinos. Hay muchos jóvenes antitaurinos, más que adultos. Dos son los motivos: la vulnerabilidad de los niños, que aceptan y defienden con uñas y dientes cualquier mensaje que la tele introduce en sus pequeñas cabezas, y el infantilismo reinante que sólo se supera (de media) llegados los treinta años, o algo por el estilo. Quizás el antitaurinismo sea cuestión de madurez. Igual hacen falta primaveras para distinguir gustos de derechos. Por aquello de que si yo prohíbo lo que no me gusta, me cargo el baloncesto. Que me parece un coñazo.

Hay pocos jóvenes en los toros, pero hay más que nunca. La tauromaquia siempre fue afición de quien encuentra trabajo estable y una mujer con la que criar niños gritones. Los veinteañeros siempre estuvieron (y aún están) más a la uni o la fiesta. Sobre todo a lo segundo. Y es normal. El ochenta por ciento de los asistentes a las corridas de toros son ocasionales, y se pasean por allí para lucir la nueva americana y los zapatos más horteras de la tienda. El problema no es que vayan pocos jóvenes. Porque nunca fueron.

El problema de la fiesta es la pedagogía basura que la prensa del sector ejerce hacia los jóvenes. Esos portales tradicionales vendidos a las exigencias de los que hacen el paseíllo, haciendo la pelota a quien les unta y criticando a quien opta por la honradez. Portales con pseudo-periodistas mentirosos. También los hay listos y profesionales, pero esos mienten sabiendo que lo hacen. Y oye, mentir está feo, pero si ese es el único modo de ganarse la vida, yo les entiendo. Aunque no les justifique.

Hay otro cáncer en los que salen por la tele. Hacen reportajes del campo magníficos, pero rozan el ridículo cuando omiten petardos escandalosos, evitan denunciar injusticias o abusos de toreros y empresarios, etc. Los del plató también son responsables de hablar mucho de las figuras y poco de los matadores de alternativa reciente. Y los muy cachondos denuncian en coloquios la escasa repercusión que se les da a los toreros nuevos. Pues aplíquense el cuento, que ya va siendo hora.


No es un problema que en los toros haya pocos jóvenes. Las iglesias están llenas de octogenarios, y también tienen detractores, pero nadie cuestiona que la religión tiene el futuro asegurado. El problema, el que podría matar a la fiesta, es la escasa afición de los pocos jóvenes que van. La prensa del sector taurino es culpable de ello.

Bilbao, el quiero y no puedo

Bilbao. La decadencia. El quiero y no puedo. El fui y no soy.

Bilbao se convirtió. Perdió su esencia, la que tanto prestigio le dio. Será el Guggenheim, será la globalización. Quizás la tele, el triunfalismo de Tendido Cero, el populismo de las figuras o la banalidad con que gentes varias asumen la fiesta. Por una cosa o por otra, la Bilbao aficionada ha sido sustituida por la Bilbao espectadora.

Espectadora de un espectáculo con cuestionable razón de ser. De la conversión de una fiesta llena de matices culturales y trágicos por una tarde de divertimento. Del alcohol y puro. Y de no entender lo que ocurre en el ruedo, ni preocuparse por ello.

El triunfalismo vende, y qué decir del populismo. Ambas las aúnan las declaraciones de los responsables de la vertiginosa debacle. El presidente de la plaza o diversos miembros de la Junta Administrativa, que analizan el petardo de Bañuelos como un simple borrón. No, señores, eso no fue un borrón. Bañuelos fue lo más bajo de un valle. El cauce de un río. Un río de mierda bajo el cual subyace enterrado el respeto al toro. Porque lo hubo un día, pero se lo tragó la nueva civilización. La que se construye hacia arriba y sepulta un pasado que olvida.

Bilbao muere por inanición, como lo hará próximamente la totalidad del mapa taurino. Porque la gente no va a los toros, y las corridas apenas son rentables. La gente no va a la plaza porque la moda es apoyar la prohibición dictatorial de lo que no gusta. Lo bien visto es odiar y atacar, en lugar de escuchar y aprender. Es la moda de un país de catetos guiados por catetos en busca de llamar cateto a cualquiera que no coincida con ellos. Pero el motivo da igual: lo importante es que a los toros vamos cuatro, y aunque el año pasado fuéramos tres, tan leve repunte no garantiza un futuro.

Modas aparte, si en Bilbao se ve tanto azul es porque los carteles son repetitivos, monótonos. No hay nada nuevo. Sólo hay figuras. Figuras que no llegan a llenar la plaza en los días de relumbrón. Y los aficionados de fuera, insatisfechos con el elenco ganadero, con la escasez de jóvenes y con la abundancia de matadores sin merecimientos que sobran, no se desplazan a Bilbao desde su ciudad.

Sólo hay algo en lo que Bilbao sigue siendo lo que fue: Alcurrucén y Victorino. Corridas completísimas de ambas ganaderías rememoran a los azulejos que muestran los premios otorgados en los años recientes. Alcurrucén dispuso un toro de bandera para que lo desorejara el rey de la torería ortodoxa; Victorino, por su parte, entretuvo a aficionados que esperaban toros auténticos. De los que escasean. Trajo de Cáceres un abreplaza bravísimo y toros encastados de oreja u orejas. Como es habitual.

Y hay un aspecto fundamental en el que Bilbao ha cambiado: el torismo. Se aplaude torear hacia fuera a mansos sin casta, se jalean medios muletazos a media altura, se ovacionan tandas al hilo. Porque no se valora al torero en función del toro y viceversa; al contrario, se asume que el bicho debe cumplir la función de una carreta. Así que el toro da igual. Sólo importa el torero. Alto, bajo, gordo. Mira al del puro, qué gracioso. Verónicas enganchadas ahuyentan fantasmas del buen toreo. Pero a la gente le da igual, la gente lo aplaude. Lo admira, incluso. Es torero, todo vale. La crítica es tabú.


Hubo toro, no hubo Bilbao. Hubo torero, pero sólo uno. Sin escenario ni actores secundarios, ningún protagonista es capaz de sostener la obra.

domingo, agosto 30, 2015

El llanto de un héroe cercano

Siempre estuvo cerca. Al fin y al cabo, Arnedo y Bilbao están a tiro de piedra. Así que Diego Urdiales puede ser considerado torero de tierra vasca, porque siempre fue muy respetado y querido en Vista Alegre. Matador de emergencia para sustituciones de improviso y matador de admirable capacidad muletera para victorinos enrabietados. También para aquellos que se entregan y rompen por abajo. Recientemente toreó uno así.

Pero hoy se estrechó el lazo entre Diego Urdiales y Bilbao, y fue con un Alcurrucén. Se afianzó, torería mediante, la relación que los une, el respeto mutuo que se movía entre el aprecio de los organizadores y la admiración del riojano. Admiración por el coso de la arena oscura, por la afición respetuosa al tiempo que entendida.

Hoy toreó Urdiales. Dejó en evidencia a cualquier matador que haya paseado un apéndice a lo largo de esta semana. Porque se hartó de torear con personalidad propia, pureza encomiable, afán de superación y logro de la misma. Hasta lágrimas hubo. En Diego, en servidor y en otros tantos.
Se salió toreramente a los medios con el cuarto que apuntó a manso. Y empezó el recital. Derechazos con la panza de la muleta, muletazos lentos y profundos, naturales templados, hacia dentro, rematados tras la cadera, escuchando el crujir de las costillas del toro. Dolía doblarse ante el poder de un héroe, pero Favorito siguió con apabullante nobleza, inmensa calidad, inolvidable son. Por este pitón, por el otro y por el de más allá. Por cualquier sitio. Chispa justa, igual que el fondo, pero duración suficiente para cinco tandas de explosión. De emociones, sentimiento, olés. La faena de su vida.

Y tomó la espada. Porque Diego ha toreado muy bien muchas veces y en muchos sitios, pero siempre le ha costado rematar. Siempre ha sido difícil dar con la cruz y empujar el estoque hasta la bola. Esta vez no fue así. Se tiró como una vela Urdiales, derecho al pitón del toro, dio con la diana móvil y empujó. Sintió y logró la muerte de un toro cuya cabeza guardará disecada. Y rompió a llorar, por la emoción de torear como nunca, por la pasión por el toro nunca debidamente premiada, por abrir la inalcanzable Puerta Grande de Bilbao. Un hombre valeroso lloró como un niño, sentado en el estribo y mirando al cielo.

No fue fácil compartir cartel con Urdiales. Ya había cortado una oreja al abreplaza con el gusto de la casa. En esa ocasión no había redondeado. Toro mirón, probón y desclasado. Derrotes que incomodan a cualquiera. Sólo un espadazo había limpiado las dudas que el escaso ajuste pudo sembrar.

Así que Castella y Perera estuvieron por debajo del riojano. Claro. Como para no. No picó el francés a ninguno de sus dos toros. El segundo de la tarde tuvo tanto empuje como inteligencia. Tan crudo y tan listo, miraba a Castella como diciendo quita que te cojo. Dudó Sebastián, pegó medios muletazos ciertamente periféricos y ya se le había pasado el tiempo. El quinto fue otro manso que pidió medios. 
Dos péndulos poco ajustados y una primera tanda de nulo temple trasladaron a Califate hasta la boca de riego, donde aguardó tardo. Embistió con nobleza sin querer repetir en el tercer muletazo, condenando las tandas a una extensión limitada, en tierra de nadie. Se pasó de faena el de Béziers antes de cuadrar al toro de aquella manera y colar una estocada ligeramente tendida.

Peor estuvo Miguel Ángel Perera. El extremeño se imita a sí mismo, o lo que es lo mismo, torea igual que la temporada pasada sin tener que torear igual que la temporada pasada. Inicios con transmisión, muletazos largos y arrimones de vértigo. Este año, como los inicios y los muletazos no son ni emocionantes ni largos, los arrimones se antojan absurdos e injustificados. Así que Perera y su toreo pierden razón de ser.

El anovillado tercero (sólo el desarrollado morrillo disimuló el trapío) se movió con un incómodo rebrinque insalvable, ni con mano baja. Lo intentó Perera con actitud, pero pagó la aparente frialdad y su inevitable consecuencia: no llegar al tendido. El cierraplaza, un precioso burraco con hechuras para enmarcar, fue soso como él sólo, tanto (¡o más!) que el mismo Perera. Sin casta ni emoción. Tomó bien la muleta, pero deslució cada pase saliendo por arriba, distrayéndose hacia el tendido. Quizás impresionado por la pasión que en él se vivía. Aún recordábamos la faena de Urdiales.

Seis toros de Alcurrucén: primero bien hecho, manicorto; segundo largo, culipollo; tercero enmorrillado, justo; cuarto lavado de cara, cornivuelto; quinto abierto de sienes; sexto guapo.
Diego Urdiales (rioja y oro): Oreja y dos orejas.
Sebastián Castella (tabaco y oro): Ovación y ovación.

Miguel Ángel Perera (gris plomo y oro): Palmas y palmas.

viernes, agosto 28, 2015

Pedir toro, pedir futuro

Unos pagan y otros cobran. Cobran bien. Abundante, digamos. De modo que quien paga espera que quien cobra justifique tal desproporcionado ingreso, con un servicio, una actuación, o al menos disposición hacia ambos. Buena intención y la verdad como bandera. Pero uno, con toda su inocencia, se topa en ocasiones con personas capaces de robar, defraudar, estafar y hacerlo además abiertamente. Sin tapujos. Con una sonrisa.

Así que uno se harta y protesta. Se hartó Bilbao (y ya era hora) con la novillada indecente que Antonio Bañuelos echó a Vista Alegre. Se enfadó el público con un ganadero sin vergüenza torera para decir que no, que si no tengo toros yo no voy a Bilbao, porque respeto a la afición y no merecen mis becerros. Y culpó el respetable a la máxima autoridad y responsable del fraude que supone esperar una corrida de toros y encontrarse una novillada. Escuchó una bronca ensordecedora Matías, un veterano aficionado que cree mantener el prestigio con racanería al otorgar orejas y olvida que el respeto al aficionado empieza a las doce de la mañana. "¡Toro, toro!" gritó Bilbao, pidiendo auténticos toros de lidia. Pidiendo trapío, bravura y poder. Pidiendo respeto al toro y al que paga. Pidiendo futuro para la fiesta.

No sólo salió al ruedo una gatada; para más inri, fue mansa, descastada, desrazada, desfondada y, en muchos casos, justa de fuerza. Cogida por los pelos. Y se enfrentaron a un sexteto sin opción dos toreros que no quisieron buscarla, dos con poca cara y mucha chequera: Finito de Córdoba y Alejandro Talavante. La más que ensalzada torería andante y la frialdad hecha torero.
Un toro sin cuajo abrió plaza. Colocado de aquella manera al caballo, escasamente picado y difícilmente banderilleado -recortó e hizo hilo-, tomó Finito la muleta para tantear sin seguridad a un noble que pecó de mirón. Bastaron dos miradas para activar el tembleque en el de Sabadell y que se viera la escasa forma en que se encuentra. Miedo, dudas. Problemas. Recordó quizá que no debió visitar Bilbao con diez corridas toreadas. Mató pensando en otra cosa y escuchó silencio sepulcral. Quedaba el escurrido cuarto, novillo bajo, corto. Erró el Fino al elegir el tercio para la faena, y el manso cantó la gallina y trotó hasta toriles, donde buscó refugio, protección del que manejaba los trastos. No quiso o no supo el matador poner ganas a una tarde absurda per se, así que ejecutó otra estocada de nula exposición y se escondió escuchando leves pitos.

Fandiño fue otra historia. El único que marchó escuchando palmas. Porque Bilbao es benévola, pero Bilbao premia la actitud, las ganas, la vergüenza torera. Y si eres de Orduña, más. Anduvo Fandiño por debajo del bronco segundo, que quedó crudo en el caballo y se desplazó mediante derrotes en la muleta del vizcaíno. Mil y un enganchones sumados a errores en terrenos y distancias no impidieron que Bilbao pidiera una oreja para el paisano. Se arrimó en ajustadas manoletinas, se desplantó en la cara del toro y arreó un espadazo a Susurrante, que pasó a mejor vida tras muerte encastada. No otorgó trofeo Matías viendo pobre petición, a lo que Iván respondió con caras de asco. Néstor, su apoderado, se sumó al espectáculo del desprecio. Despreció un despreciable.

Quedó el quinto sin picar y marchó escuchando palmas Rafael Agudo. Rafael perderá el trabajo cuando se suprima el tercio que protagoniza, pero allá él. Marchó feliz. Refugiado fue otro bronco que se desplazó poco, y cuando lo hizo fue con la cara arriba y querencia a tablas. Se rajó y paró en seco. La efectividad en el estoque de Fandiño, unida a su loable pureza al entrar a matar, le dieron carpetazo.

Talavante lo intentó en vano con el tercero. Aplicó muleta retrasada a un toro con corto viaje, temple al derrote de cada muletazo y suavidad a las broncas embestidas. Pero no aplicó alma, duende, transmisión, sentimiento. Pegó pases, no toreó. Y nadie jaleó los pases, porque ninguno fue digno de ello. El extremeño decidió cambiar la película con el cierraplaza. La bronca había eclosionado al ver lo escurrido del sexto. Hasta Ramón García, veterano de Vista Alegre y siempre respetuoso aficionado, demandó con ahínco el cambio del novillo. Gritó toro, o tongo, o qué se yo. Pidió respeto y no se hable más. Talavante no tuvo ganas de remar montaña arriba, contra la corriente de la decepción canalizada en enfado, y entró a matar tras un trasteo brevísimo. Dos pinchazos encendieron más. Y tocó bronca a la salida, precedida por la que escuchó Finito y sucedida por la que ensordeció a Matías según se ponía en pie y abandonaba su sillón. Su ya desmerecido sillón.

Seis toros de Antonio Bañuelos: primero bajo, sin cuajo; segundo anovillado; tercero escurrido de carnes; cuarto corto, cerrado de sienes; quinto astracanado; sexto anovillado y fuertemente protestado.
Finito de Córdoba (negro y plata): Silencio y pitos.
Iván Fandiño (rosa y oro): Vuelta al ruedo y ovación con saludos.

Alejandro Talavante (gris perla y plata): Silencio y pitos.

jueves, agosto 27, 2015

Lo que no puede ser

Decía uno que lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible. El colmo de la desdicha. No puede ser y, por si fuera poco, es imposible, que se venda como una gloriosa tarde de toros la pantomima que Bilbao presenció y jubilosamente enalteció el jueves de su Semana Grande. Con las figuras y la plaza casi llena. Con un público fácilmente impresionable que en nada se distingue del que llena plazas mediterráneas.

Es imposible y no puede ser que El Juli cortara las dos orejas en una faena de consumada vulgaridad y antiestética ejecución de una defectuosa estocada. Y de hecho no las cortó, porque lo frenó un estoico Matías, otrora presidente glorioso, ahora bipolar. Matías falló a su compromiso con la afición tolerando una corrida chica, anovillada y sin cuajo alguno. Quiso reconciliarse con ella siguiendo fielmente el reglamento y guardando rápido el solitario pañuelo que lució a la muerte del quinto. Aunque el reglamento perjudicara a su amigo Julián.

La faena al quinto fue escandalosamente antiestética y vulgar. Como lo es, al fin y al cabo, el toreo de Julián López El Juli. Se echó demasiado encima de un ejemplar de Garcigrande manso como él sólo pero brioso en banderillas, para desgastarlo con su poderosísima muleta y arruinar las embestidas de una carreta andante. El Juli toreó tras la pala del pitón a un toro ya sin alma, sin empuje, sin fuerza para moverse, aunque con exagerada prontitud para hacerlo. Jamás rehuyó pelea, pero nunca tuvo el ímpetu necesario para ejecutarla. Un toro educado para embestir, no para ser bravo. Una máquina de moverse, no de emplearse. Un bobo con cuernos, peligroso al fin y al cabo, pero igualmente bobo. Tan bobo fue que Julián se quiso reír de él macheteándolo tras doblar, y aún movió la cabeza como queriendo coger los vuelos.

Matías nos salvó. Sólo nos pudo salvar en esa ocasión, porque las otras dos orejas que se cortaron fueron pedidas con fuerza por el tendido, y ahí Matías tiene poco que decir. Ese no es su papel. Cortó una oreja Ponce al flojo abreplaza, en una faena de toques suaves, gusto torero y sabor añejo en dos cambios de mano sensacionales. El médico diagnosticó anemia, porque de fuerza no iba sobrado Repique, y Ponce aplicó mano alta y templada, justa exigencia reñida con escasa transmisión. Al parecer, hubo suficiente para que una estocada tendida no parara el pañuelo de Matías. Embistió el cuarto probando, a la defensiva, como sabiendo que tras el trapo había un valenciano con experiencia disimulada. Aplicó Ponce en esta ocasión actitud novilleril para alargar excesivamente una faena que se saldó con una cariñosa ovación. Hasta el año que viene.

Al segundo cortó Julián una oreja de peso incomparable con el que tuvo la que arrancó al quinto. Fogoso aceptó con prontitud un inicio de faena excelso de Juli, que sorprendió con tres predresianas (cada cual más ajustada) y un desdén que culminó la tanda. Y hecho eso lo de siempre, vulgaridad, aires de deportista, despatarramiento y muletazos largos -que no profundos-, siempre desde lejos, siempre hacia fuera. Lo cojo aquí y lo llevo a Almería, que además está de fiestas. El final, con el toro rajado buscando tablas, evidenció la necesidad del madrileño de matar ganaderías bravas de verdad. Puede y lo sabe. Pero ni quiere ni lo necesita.

Pasó más desapercibido Perera. Quizás porque no cortó ninguna oreja en tarde triunfalista, prueba esclarecedora de su mala temporada que ni un leve repunte puede ya salvar. Pidió tiempos el descompuesto quinto. No tuvo malas ideas, pero sí una cabeza prodigiosa, y nunca se despistó. Anduvo Perera a medias, firme una vez, dubitativo la siguiente. Y en esas se acabó el fondo de Halagado y tocó coger el estoque.

Cerró plaza un toro parado que apuntó a enfermo. Juntaba manos y patas mientras esperaba la muerte en manos de Perera, como si el estoque no fuera necesario y el infierno de los toros malos fuera cuestión de tiempo. Permitió, como momento más destacable, unas suaves y templadas chicuelinas de Perera, que nada tuvieron que ver con los latigazos de Julián al abreplaza. En la muleta claudicó pronto y soportó los arrimones de un Perera que quiso rizar el rizo. Parado el toro a mitad de viaje, trató el extremeño de torear desde un lado apoyado en el lomo del astado, pretendiendo que se volviera por el lado contrario. Toreando, pero escondido tras la cara del toro. Como los cobardes.

Seis toros de Garcigrande.
Enrique Ponce (azul turquesa y oro): Oreja y ovación.
El Juli (grana y oro): Oreja y oreja con fuerte petición.

Miguel Ángel Perera (chenel y oro): Ovación y ovación.

Oasis envenenado en desierto de bostezos

En el país de los ciegos el tuerto es el rey. Y aunque no alcance a ver tanto como desearía, se esmera en hacerlo. Hoy reinó Manzanares con muy poco toreo, algo de cabeza y mucha actitud. Más, desde luego, que sus monótonos compañeros de cartel, cuyas actuaciones reflejaron meras prolongaciones de insípidas etapas.
Sorteó José María el mejor del lamentable encierro de Juan Pedro. Fue el sexto un toro con fuerza escasa que, no obstante, sirvió al menos para mantenerlo en el ruedo. Galardón se quiso mover con buen tranco y buenas intenciones. Apabullante su nobleza, nula su casta. Transmisión inexistente que tuvo que poner el matador alicantino, acertado en tiempos, terrenos y distancias. Dio al manso pausas necesarias en los medios del oscuro ruedo. Y le dejó, por encima de eso, camino para coger impulso, para llegar a la muleta con la inercia de la pronta arrancada, y que ésta supliera la ausencia de empuje, de riñones en la embestida. Y hecho esto, falló en todo Manzanares, para torear despegado, aliviado y mentiroso. Pico y hacia fuera. Culmen del más fraudulento toreo. El toreo de la no exposición, del no temple basado en el no valor. Envenenó un oasis en el aburrido desierto; campo de bostezos.
No hubo más que trámite, hartazgo y bronca. Trámite en cinco toros iguales por inválidos, descastados, vacíos de todo, llenos de nada. Toros que quitan la ilusión de volver, que roban la afición al más adicto.
Fueron protestados y abucheados. Apuntó la bronca a ambos lados, pero se equivocó en uno. Culpó el tendido al ganadero por la invalidez del asqueroso sexteto y a los matadores por sus faenas sin ganas. El público quedó desahogado con pitos a banalidades. El opio del pueblo.
Se sentó a mi lado un aficionado de carteles de postín, de los que visita la plaza muy de vez en cuando atraído por un cartel a priori excepcional. Mi amigo no era de camisa por dentro, cinturón con banderita, americana y zapatos horteras, no; él prefería sus cómodas chanclas, las bermudas con bolsillos más prácticas jamás inventadas y una camiseta sin mangas como antídoto al calor.
Él desmenuzó la tarde sin saberlo. Su escasa cultura taurina lo reprimió, pero sus comentarios dejaron mal parado a cualquiera. Empezó su recital reclamando la remodelación de una plaza mal indicada. Reclamación en vano, como siempre ocurre en esta dictadura disfrazada de afición. Abreplaza en el ruedo, no comprendió que Matías no sacara a pasear el pañuelo verde. Cómo va a cortar Ponce las orejas, pensó. Y claro, acertó, porque Ponce, tras trasteo tan magistral como largo y sin emoción, escuchó un aviso antes de fallar con la espada.
Siguió aprendiendo con el inválido segundo. Habló de un Morante con aires de Chiquito de la Calzada y falto de actitud. Así fue. Se fumó un cigarro y pidió un gintonic calentando motores para su comentario estelar, que llegó en el segundo tercio del tercero. Se preguntó mi ya buen amigo por qué salen los caballos, si no parecen cambiar las embestidas tan almibaradas de una ganadería en busca de una bravura mal entendida. Y realmente no mereció la pena perder tiempo paseando equinos ante otro inválido como fue el tercero, al que Manzanares no pudo más que pasaportar con un pinchazo y una estocada efectiva.
Tras un cuarto toro sin opción cuya devolución fue fuertemente exigida y tajantemente denegada, mi amigo manifestó su supino aburrimiento de una manera algo menos elegante. Fue durante el quinto, que habría intentado embestir de no toparse con el matador más antipático del escalafón superior. Todo fueron excusas, como llevan siéndolo desde que en Marzo empezara la temporada. Cobrar, cobró. Y sólo le quedaba a mi colega, viendo al menos disposición ante el sexto, calificar a Manzanares como el mejor de los tres; a su criterio, sobradamente por encima de Ponce y de Chiquito.
Se cayeron los toros y Juan Pedro fue declarado culpable. Pero él no los eligió; quien lo hizo sabía dónde estaba.

Seis toros de Juan Pedro Domecq para:
Enrique Ponce (gris perla y oro): Ovación tras aviso y silencio.
Morante de la Puebla (nazareno y oro): Bronca y bronca.

Manzanares (negro y azabache): Silencio y oreja.

Entrevista a José Garrido

José Garrido ilusiona a los aficionados. El poder en su muleta, la torería en sus andares y el arte que derrochan sus ceñidos muletazos hacen pensar que el futuro puede residir en él. José no se descentra. Mantiene la cabeza en sus próximos compromisos, con la inteligencia y la madurez propias de un joven torero con una destacable trayectoria.
Garrido me atiende antes de marchar al campo. De coger el coche y huir de sus miedos. Del miedo que le produce el compromiso de Bilbao, el toro que sale allí y el posible fracaso en Vista Alegre. Sabe de la importancia de una buena mentalización, de la necesidad de una preparación psicológica fuerte. Y se reúne consigo mismo en el campo para preparar lo que califica "un puerto de montaña".
Se acerca Bilbao... ¿Con qué mentalidad llegas a Bilbao, sabiendo el sabor que dejaste el año pasado en la ciudad?
Sobre todo como una fecha que para mí es un puerto de montaña en la temporada, por lo que significa Bilbao y hacer el paseíllo en su plaza. Ya lo he hecho como novillero, y quiero que mi presentación como matador de toros sea algo grandioso.
En estos compromisos importantes, ¿qué temes más, el toro o el fracaso?
Al toro siempre se le tiene respeto y ese cierto miedo porque te coge el toro y... Pero ahora mismo, con las ideas que tengo, dado el sitio en el que me quiero posicionar, le tengo bastante más miedo al fracaso que al toro.
¿Qué sería fracasar en Bilbao?
Te diría lo que sería triunfar. Triunfar sería hacer realidad todos los sueños que llevo teniendo desde el día en que me anuncié hasta ahora, e incluso me gustaría superarlos.
¿Se te agolpan los recuerdos de la mañana del año pasado?
Claro, eso siempre estará presente. Cada vez que piense en Bilbao, esa mañana estará en mi cabeza. Pero ahora va a salir el toro, y ya en ese escalafón superior que te exige más compromiso aún que de novillero.
¿Piensas que después de esa encerrona habrías merecido otra tarde en Bilbao?
Hombre... Dos tardes en Bilbao son palabras mayores. Yo estoy agradecido por esa tarde en la que estoy anunciado. Ojalá en algún momento de mi carrera me vea anunciado dos tardes en Bilbao. Para mí será de las cosas más grandes que me puedan pasar.
Esta temporada te ha costado bastante entrar en los carteles. ¿Por qué crees que ha sido tan difícil conseguirlo?
Esos primeros meses, cuando están empezando las ferias y todavía no están despuntando toreros en las principales ferias, es costoso entrar porque las ferias están muy reducidas y muchos toreros merecen esos puestos. Es complicado hacerse hueco en los carteles, y para entrar en ferias de relumbrón todavía más. El principio de temporada ha sido bueno y voy a tener una temporada muy bonita. Ojalá sea redonda.
En una entrevista reciente afirmaste que "eso de que si triunfas toreas es mentira". ¿De quién es la culpa?
No sé de quién será la culpa concretamente. Es cierto que si charlas con toreros de épocas pasadas decían que un triunfo valía mucho más que ahora. Pero esto está así y hay que aprovecharlo tal y como está.
Vienes de triunfar en Gijón con una corrida de Adolfo Martín. Va a ser mentira eso de que el encaste minoritario es minoritario porque no embiste.
Adolfo Martín es una ganadería que me ha proporcionado un triunfo, Zalduendo otra... Tipos de toros diferentes pero que embisten. Me da igual matar un encaste que otro, siempre que den opciones de triunfar. Las ganaderías con las que me he anunciado eran aptas para ello.
Los toreros que más arriba están en el escalafón no parecen apostar por la variedad de encastes. ¿Crees que deberían abrir el cartel de ganaderías?
Tampoco lo veo así, porque Miguel Ángel Perera es figurón del toreo y toreamos juntos en Gijón la de Adolfo. Talavante el otro día echó un toro de La Quinta. Quizá no están en todas las ferias anunciados, pero también entran otros toreros. Cada uno tiene unas ideas y una filosofía, pero depende de la persona más que del hecho de ser figura del toreo.
¿Puede la afición contar con el compromiso de José Garrido para matar toros de distintos encastes aun si algún día se consagrara como figura del toreo?
De hecho, uno de los toros que más a gusto he toreado este año ha sido uno de Adolfo Martín en Gijón, así que por supuesto que estaría en corridas de distintos encastes.
¿Crees que habría que rebajar la pureza, permitiendo afeitado de pitones o suprimiendo la muerte, para garantizar un futuro a la fiesta?
Hombre, lo de arreglar los pitones por supuesto que no, porque esas son las defensas, el arma del toro. Es como si la espada tuviese una goma delante. No, profundamente no. En cuanto a suprimir la muerte del toro, en ese caso, tendría que salir con fundas o sin pitones, ¿no?, porque no vamos a dejar que pueda darse la muerte del torero. La emoción del espectáculo es un enfrentamiento entre el toro y el torero. Quitando la muerte la fiesta perdería todo el embrujo, el encanto. Es el final de una obra, y la obra se finaliza cuando el autor firma. Si un torero no firma la muerte de un toro queda la obra inacabada.
Rota la relación profesional con Antonio Ferrera, ¿qué te aporta personalmente el Tato?
Principalmente, él tiene ilusión y ganas de trabajar, porque sin ellas no se mueve uno de su casa. En segundo lugar, tiene confianza en nosotros y ganas de llevar hacia delante un proyecto que él ha empezado. En lo que me respecta a mí, entre nosotros hay unión y compartimos ganas de llegar muy lejos.
Has dicho muchas veces que al ser apoderado por el Tato eres independiente. ¿Significa eso que estáis fuera del sistema?
No podemos estar fuera del sistema porque no estaríamos aquí. En lo que respecta a si Raúl está unido a alguna empresa, no, porque no lleva ninguna plaza ni trabaja a nivel empresarial. Solamente se dedica al apoderamiento de dos toreros.
Has hablado muchas veces de la inspiración de Paco Ojeda y Manzanares. ¿Qué aporta a tu tauromaquia cada uno de ellos?
No sabría decirlo en bases técnicas, pero son los primeros toreros a los que viendo en vídeo me llenaron y emocionaron de una manera en que no lo había hecho ningún torero.
¿Te quedarías con el estoque de Paco Ojeda y la estética de Manzanares?
Me quedaría con el embroque y el empaque de Ojeda y la personalidad, la gracia y el duende de Manzanares.
Y en esa síntesis, ¿qué quiere aportar Garrido?
Ante todo mi personalidad, que es lo que más marca a un torero. Quiero calar en el aficionado y que se pueda emocionar de la manera en que todos los toreros buscamos.
Desgraciadamente la política es un tema de actualidad, porque estamos acosados por nuevas fuerzas que arremeten contra la tauromaquia. ¿Qué te dice este ataque?
Es un tema meramente político, porque estoy seguro de que ninguna de las personas que atacan el mundo del toro han sido capaces de coger el coche, ir a una ganadería y ver realmente cómo vive el toro bravo, los cuidados que tiene y la manera en que se le trata. Creo que es algo hipócrita por su parte. Ellos sabrán su mentalidad, pero la prohibición es lo último por salvar al toro bravo.
¿Cuándo llegará la reacción definitiva del sector?
Creo que ya ha llegado. Dada la continuidad de los ataques al mundo del toro, nos estamos movilizando, cada vez son más las precauciones y nos afectan cada vez menos por las medidas tomadas. Es un proceso lento y cada uno sabrá llevarlo a su manera.
¿La tauromaquia es de derechas?
La tauromaquia es de todos. Los habrá de derechas a los que les guste; los habrá de izquierdas a los que les guste. Pero ahora mismo interesa atacarla para posicionarse donde ellos quieren. El ataque más fácil y a priori más a corto plazo es la tauromaquia, pero se van a dar cuenta de que están equivocados, de que hace falta mucho más para poder con el mundo del toro.
Parece que ser antitaurino es una moda.

Siempre los ha habido, pero ahora parece que se han venido más arriba de la cuenta. Todo irá a su sitio.

El rodillo de Perú

Amenazó lluvia en Bilbao. Pareció acercarse una tormenta de verano. El cielo se oscureció, las masas miraron al cielo y despertó en Vista Alegre el murmullo de las tardes en las que cualquier distracción se convierte en el foco de atención. Estaba en el ruedo el tercero, huyendo de capotes, mostrándose abanto, reconociendo tendidos y husmeando tablas. Pocos prestaron atención al liviano tercio de varas, con rasponazos por puyazos. Algunos vieron el quite de Posada, que quiso acordarse de Chicuelo, y la réplica de Roca Rey con tafalleras ajustadas.

Pero resultó que no llovió. No llegó esa tormenta arrasadora y ligeras gotas dieron paso a más nubes que claros. A Andrés Roca Rey no le gustó, y decidió que, si no lo hacía la lluvia, él arrasaría en Bilbao. Activó su función rodillo y pasó por encima de las inclemencias del tiempo en forma de viento racheado, de sus compañeros de cartel y de novillos a menos. Encendió el piloto automático de figura consagrada recién mayor de edad, figura novilleril quizá, pero figura en cualquier caso.

El viento agitaba la muleta mientras Roca Rey quería recibir al tercero por estatuarios. No le importó. Procedió con éxito y se puso a torear. Hubo transmisión en las rebrincadas embestidas de Minera. Las entendió el peruano tras dos tandas, y toreó pasándose al del Parralejo por la faja, a una distancia no vista hasta ese momento. Cuando se afligió el novillo, se echó encima Roca Rey (quizá demasiado) y mostró su enorme poder. Cantó la gallina el oponente tras fracasar en su intento de prender al torero por el resabiado y mirón pitón izquierdo. Manoletinas ajustadas y una estocada ligeramente caída valieron una oreja importante.

Pero no le valió. Toda la temporada abriendo las Puertas Grandes de la península y de más allá no son suficiente para el joven, y buscó en el aleonado cierraplaza el doblete que afianzara el éxito. Fue épico el inicio de faena, con tres pedresianas ajustadísimas y un desdén memorable, que levantaron de su asiento a aficionados entusiasmados. A la estruendosa ovación siguieron dos tandas de derechazos profundos y de mano baja. Respondió el novillo con embestidas humilladas y encastadas, con transmisión, hasta que quiso venirse a menos. Dijo Andy que nanay, que Bilbao es un puerto de montaña y en el Botxo hay que abrir la Puerta Grande, como si hace falta usar cadenas y luces antiniebla. Se volcó sobre Jupio para hacerle saber quién estaba delante, y lo pasaportó con un sartenazo en la misma cruz al que siguió una fuerte petición de dos orejas. Matías, al tratarse de un novillero y viendo generosa petición, terminó por sacar dos excesivos pañuelos, justificables eso sí por la actitud de un joven que pide sitio.

El cuarto fue otra película. Un primer tercio sin sostenerse en pie dio lugar a escasas protestas de un tendido conformista, que olvidó su compromiso con Bilbao, la necesidad de pedir el cambio de inválidos. Pero resultó no serlo, se animó lo justo en banderillas y llegó a la muleta con la nobleza enclasada del típico toro de nuestro siglo. Lo toreó con gusto pero sin valor Posada, abundando derechazos periféricos y medios muletazos que el almibarado Pardillo no quiso convertir en muletazos enteros. Algo de vulgaridad no fue inconveniente para que, previa estocada en todo lo alto, Bilbao pidiera una oreja a la postre concedida y aplaudiera el arrastre de un flojo desfondado. El abreplaza, Jandilla al igual que el tercero por remiendo de cinco toros lisiados, soltó la cara sin malas intenciones pero incomodó a una versión templada de Posada, que abusó no obstante del toreo de abajo a arriba, cuando de todos es sabido que el inverso es el correcto. Recogió una ovación alentadora de una plaza especialmente cariñosa.

Salió muy mal parado de la tarde Jonathan Varea. Se derrumbó tras la corrida sabedor de su petardo, de su mala actuación ante regulares parralejos. El serio segundo, auténtico toro de lidia en tantas y tantas plazas, peleó bien en el caballo que montó “Puchano”. Molestó el viento que traería lluvia, esa lluvia que no satisfizo a Roca Rey. Quizás el viento que molestó a Varea fue un presagio de lo incómodo que fue compartir cartel con el peruano. Hubo enganchones en los albores de la faena, conformada a base de derechazos desde la lejanía. Y de ahí pasó el castellonense a infundados arrimones que ahogaron al novillo, lo oprimieron y lo transformaron en un bronco ejemplar de El Parralejo que se fue al corral con quince embestidas dentro.

Estuvo listo Varea brindando el quinto a Fortes, como también lo estuvo acompañando hasta la puerta correspondiente a los picadores bajo órdenes de Posada. Tras esto volvió a pecar de encimista, y acosó a un novillo que pidió distancia media y protestó en la corta para manifestarlo. Enganchones e imprecisión con los hierros concluyeron su justificada pero decepcionante presencia en Bilbao. Temporada para olvidar.



Bilbao. Cuatro novillos de El Parralejo y dos de Jandilla (1ro y 3ro): primero cerrado de sienes; segundo bajo, bien hecho; tercero abierto de pitones; cuarto astifino, cuajado; quinto cuesta arriba; sexto aleonado, gordo.
Posada de Maravillas (nazareno y oro): Ovación con saludos y oreja tras aviso.
Varea (azul marino y oro): Ovación y ovación tras aviso. 

Roca Rey (grana y oro): Oreja y dos orejas tras aviso.

martes, agosto 18, 2015

Visita a un museo silencioso

Llueve en Bilbao y llueve, llueve, llueve. Así empieza el soberbio poema de Blas de Otero "1923", un soneto repleto de sentimiento, de nostalgia del pasado, de una niñez que se esfumó. Cuatro estrofas de recuerdos ingratos que sólo la lluvia típicamente bilbaína despierta.

Y, en efecto, llueve en Bilbao. Llueve en abundancia, con constancia y cadencia, suavemente. Llueve según dejo atrás la Alhóndiga y recorro la Alameda Recalde hacia la plaza de toros. En Vista Alegre espera, cálidamente iluminado, un casi escondido museo taurino.

Tan escondido está que es necesario preguntar por él en la taquilla de la plaza. Dos o tres personas retiran sus abonos de cara a la Semana más Grande del año. El personal me abre el portón por el que entran y salen los toreros, serios y amedrentados primero; satisfechos o derrumbados después. Paraguas cerrado y escaleras arriba, bajo los silenciosos tendidos. Podrían ser sepulcros, a juzgar por el silencio. El silencio sempiterno de una plaza que aguarda.

Y, al fin, el museo. Una ligera curva repleta de letra y objetos históricos. Algo más de cincuenta metros, quizá sesenta o setenta. Museo acogedor y silencioso, bien iluminado pero sobre todo preciso. La información es objetiva, rigurosa y está bien redactada. Parece contradictorio que esto pueda sorprender, pero uno se encuentra salas pobres y decadentes en demasiados lugares de la geografía española.
La organización es fácil. Según avanzo, encuentro amplios murales a mano izquierda y objetos representativos de cada época a la derecha. El orden es cronológico: antecedentes, época Ilustrada y romántica, final de siglo XIX, etapa de Guerrita, Edad de Oro de la tauromaquia, Edad de Plata, Manolete y sus años 40, los cincuenta y, por último, los sesenta de El Cordobés. Ocho murales acompañados por trajes de Niño de la Capea, Luis Miguel Dominguín, Antoñete o Antonio Ordóñez entre otros.

Reposa, aproximadamente a mitad de camino, un viejo habitante de Zahariche. Ofendido, de Eduardo Miura, nacido en Febrero de 1990 y llegado a Bilbao a la edad de cinco años contando con 602 kilos. La desgracia se apuntó al viaje y el imponente toro se rompió un pitón, quedando para siempre en el Botxo, asustando a los visitantes con su incuestionable trapío, obligando a mirar de reojo por si se arranca una fiera que murió hace 20 años. Su mirada es seria y grave. Es badanudo, astifino -aunque a buen seguro lo fue más- y rematado. El cuajo se aprecia en la culata.

Preside un museo que merece la pena. Visto en veinte minutos por un precio irrisorio, fotografiado con total libertad, recorrido sin molestos niños gritones o domingueros con chancletas. De eso no hay. Allí dentro todo es respeto, admiración, culto al pasado, a la tradición taurina y enfáticamente torista de Bilbao. Abre mañana y tarde. Lo mínimo es pasarse.

Medio Victorino

Vino a decir Victorino que no, que toda una feria no puede basarse en la denostada nobleza, la exagerada toreabilidad y los generosos premios. Que en San Sebastián, como en cualquier plaza, es necesario un toque torista, de pureza, de integridad, de lucha cuerpo a cuerpo, porque ese es, y no el arte por el arte, el sustento de la fiesta. Que la fiesta de los toros la paga el pueblo y pertenece al pueblo, y él, sobre todo en el norte, quiere emoción, riesgo, poder en los toros y valor en los toreros.

Y cerró Victorino una superflua feria en San Sebastián con una corrida de toros mala pero difícil. Corrida de toros difícil, que si bien debería ser un simple epíteto, se ha convertido hoy en un evento que sucede muy de vez en cuando. Puso Victorinín, que representó hoy a la legendaria ganadería, la nota discordante de una feria plana y fútil. Emotiva, sí; reivindicativa y representativa, también; pero aburrida.

Fue el abreplaza el mejor toro de la corrida. Dejó un sabor agridulce por su injusta muerte, a base de imprecisiones varias con la espada en forma de pinchazos. Empujó con bravura el peto de Óscar Bernal y se movió con alegría y prontitud en los tres pares de banderillas. También aprovechó para aprender la lección y recortar ya en el tercero, claro, porque no todo el monte es orégano y Victorino es Victorino. Que uno tiene un prestigio y el cárdeno no podía menos que sostenerlo. Urdiales lo recibió con la templanza justa de quien conoce la escasa fortaleza de la materia prima con la que trabaja. Se dobló con el toro, pero no le apretó en exceso, no fuera que perdiera las manos. Y de ahí a los medios, a torear, que el tiempo corre. Derechazos profundos, sueltos –no ligados- pero con fondo, con sentimiento, con el clasicismo y la ortodoxia característicos de riojano. La tercera serie por el derecho fue la más completa, y sin embargo los olés no tuvieron el eco de la cuarta, ya al natural, con esa mano izquierda lenta, suave, esa muleta rozando la arena y despertando la pasión de algunos, la emoción de otros. Pero aquello no fue a más, porque no se confió Diego con el mirón, que además tuvo su punto de resabiado y buscón por momentos. Pareció que habíamos recuperado a quien en 2014 levantó plazas y despertó fotógrafos. Volvimos a ver al torero con el encaste que mejor entiende, el albaserrada, y no ese Domecq o ese Núñez repetidor al que no templa y manda. Todo quedó en sentida ovación.

También el segundo mantuvo el interés del respetable: aunque menos bravo que el primero, fue un toro encastado, con poder y pies, que exigió mano baja y confianza, además de dos o tres metros, porque el encimismo de Morenito de Aranda no le gustó un pelo y protestó. No supo ver el burgalés que debía perder pasos entre pase y pase, recuperar la distancia que ofrecía al inicio de las tandas, o pegar cada pase de uno en uno, porque en la ligazón soltaba la cara Murrieto como diciendo quita de aquí que te pego un cornalón. Siguió al segundo un cárdeno oscuro muy mirón, listo y pillo como él solo, de los que levantaban la mano en clase y respondían la duda del profesor. También fue bravo, como picador y banderilleros pueden atestiguar. Metió riñones en el jaco y apretó ante la amenaza de las avivadoras. El inicio de faena de Paco Ureña fue tan contraproducente que cuatro mantazos orientaron al bicho; de ahí en adelante, el pitón izquierdo fue el de una alimaña y el derecho, aun con cierta nobleza, amagó dos o tres cornadas que sólo la firmeza y el arrojo del murciano lograron vacilar. Tiró del toro Ureña, pisó un terreno peligroso y expuso sus muslos a una cornada que parecía segura, para salir indemne con resolución y sangre fría. La apasionante lucha solamente fue entorpecida por una inoportuna música que jamás debió sonar (y así lo expresó la plaza). Terminó pecando de encimista ante la posibilidad de que se rajara el oponente.

Y a partir de ahí, muy a menos. Se desinfló Victorino y cargó con las culpas el hijo, a quien un amable señor del tendido alto le recordó tras cada toro lo malo que había sido el anterior. Vaya mierda, Victorino, y esas cosas. El cuarto fue el peor, por su flojera en el primer tercio y las broncas embestidas, topando en lugar de embistiendo. Urdiales agobió al descompuesto y acentuó su falta de clase. Lo intentó Morenito ante el quinto, geniudo descastado, que también topó e incluso repuso, se volvió sobre las manos para buscar los tobillos de quien mostró firmeza pero justo bagaje. Se pareció el sexto, pero tuvo el cierraplaza la virtud de salir por arriba, abandonando la jurisdicción de Ureña y permitiéndole al menos salir de la cara del toro, evitar la cornada tonta. El mérito del murciano fue echar la moneda al aire y arrimarse, mostrarse dispuesto, con ganas, con valor y buen concepto. Aun sabiendo que la cosa no iba de orejas, no le importó, porque qué leches, fue triunfador en San Fermín y aquí hay que jugarse el pellejo todos los días. Y lo cumplió a la perfección.